Relatos 2020: Víctor Sánchez con "Zona de aluvio"

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  Relatos 2020

 

ZONA DE ALUVIO

 

Por Víctor Sánchez

 

 

Después de la Unidad reinó el caos. Hubo guerra, hambre, y muerte. También miedo, odio y destrucción. Los supervivientes buscaron refugio en el Núcleo Central donde había vivido una minoría a salvo de la guerra, pero se les dijo que allí no había sitio para ellos. Se los catalogó como “excedente” se les envió a la ruinosa Zona de Aluvio.

 

Yo vivía ya en Aluvio antes la Guerra de la Unidad. Cuando empezaron a llegar los excedentes, fuimos acogiéndoles a todos hasta que la zona estuvo superpoblada. Fue entonces cuando comenzaron los intentos de huida y aparecieron los rastreadores nocturnos. Se marcó a los adultos. Si alguien traspasaba el perímetro, la señal de activaba y era volado de inmediato.

 

¿Cuándo se te consideraba adulto? Al cumplir los diez años. Por eso mi padre, cuando calculó que iba a alcanzar esa edad, me pidió que escapara de allí. Me dijo que huyera hacia el Sur. A Alamed, el territorio libre.

 

Mi padre que dijo que no volviera a buscarlo. Que pronto vendría conmigo. Pero desde entonces no he sabido de él, ni de nadie de la zona. Había rumores de que Aluvio había sido destruida totalmente, que allí ya no quedaba nada, pero yo no lo creía. Me negaba a creerlo. Por eso Krisa y yo decidimos regresar al perímetro en busca de alguna señal de que pudiera estar vivo.

 

 

            –Yoser, Yoser…despierta. ¿Qué te pasa?

            –Estaba soñando…

            –¿Con tu padre?

            –Como siempre.

            Yoser se frotó los ojos, y miró los de Krisa, de un azul intenso, que apenas se atisbaban bajo su pelo enmarañado, en una informe melena que le cubría también los hombros, y caía hasta su cintura.

            –¿Siempre sabes lo que pienso, Krisa?

            –Siempre. Te conozco desde que éramos así. –bajó la mano hasta la altura de su rodilla.

            –¿Recuerdas el Sol?

–Lo recuerdo. Mi padre llevaba gafas oscuras porque le hacía daño su luz.

            Ahora los días eran siempre nublados y brumosos. Una perenne niebla gris a veces seca, a veces  húmeda, que se metía hasta los huesos, y cuarteaba o calaba incluso la gruesa tela de sus tabardos de tonos verdes. Era ropa militar de los viejos tiempos que permitía ocultarse entre los escombros.

Ambos se pusieron en pie y cargaron cada uno con su mochila, en la que llevaban  todo el alimento y el agua que les quedaba. Como si fuera una rutina, cada uno se caló su cuchillo en el cinto y el paraguas a la espalda, entre las cinchas de los macutos. Luego Ella se colgó del cuello los prismáticos, y él del hombro un antiguo fusil.

–¿Cuántos años tengo, Krisa?

            –Los mismos que yo, íbamos a clase juntos.

            –No lo sabes, reconócelo… Pues yo creo que tenemos por lo menos catorce.

            –Uf, tío, estamos en pleno desarrollo…

            –Ya lo he notado, ya…

Ella respondió dándole un codazo en la cintura.

–Pues yo también, no te creas.

            Estuvieron caminando todo el día, y cuando comenzaba a caer la luz, llegaron a una pequeña loma que permitía divisar, entre la bruma, lo que pudieran ser los límites de la zona de Aluvio. Se tumbaron boca abajo y Krisa extrajo de la mochila sus destartalados prismáticos para otear el terreno.

            –No se reconoce nada, pero… Allí. Echa un vistazo.

            Sobre el agrietado terreno, había una figura humana que corría a saltitos, desorientada y sin rumbo. Parecía una chica joven, como ellos, con una melena oscura muy larga. Vestía la ropa amplia de color parduzco propia de los excedentes. Varias prendas, una encima de otra. Sin duda era una fugitiva. Como ellos. Yoser no podía ver bien su cara, pero, había… algo familiar en ella.

–¿Qué te parece? ¿Es una excedente?

            En vez de contestar, Yoser levantó la mano para pedirla silencio. Habitualmente, el peligro llegaba primero a través del sonido, y había escuchado algo.

–¿Qué haces?–le preguntó Krisa en voz baja al verle dejar la mochila en el suelo y coger su paraguas.

–Voy a salvarla.

–¿A salvarla?...Pero, ¿de qué?

–Del rastreador que la persigue. Toma los prismáticos, y, si te ves en peligro, usa el fusil.

            Sin esperar la respuesta de su compañera, se deslizó sigilosamente por la pendiente del montículo hasta caer en una zanja justo al lado de los restos de una carretera. Cuando las gruesas botas de la fugitiva hicieron crujir la gravilla que tenía cerca, Yoser, que estaba tumbado boca arriba, alzó un poco la cabeza para verla. La llamó con un suave silbido y la hizo señas para que fuera con él.

A lo lejos ya zumbaba el rastreador, y, como no se decidía, la llamó en voz baja.

–Ven, o moriremos los dos.

            La bruma comenzaba a hacer espirales a medida que el ruido de las aspas se tornaba más cercano. Por fin, la chica se percató de lo que pasaba. Dio tres pasos y, de un salto, se lanzó sobre el cuerpo de Yoser, que reprimió un grito de dolor al caerle todo su cuerpo encima.

Al momento, el mortífero rastreador se hizo visible a unos metros por encima de ellos. Solo su estilizada y angulosa silueta negra causaba pavor. La joven apretó la cara contra su pecho, cerró los puños y los ojos como si fuera a recibir el fuego de los dos cañones que el aparato tenía en el morro. Pero el aerodeslizador no les tenía aun localizados.

–Nos va a freír –Dijo ella apenas en un susurro.

–Silencio –replicó Yoser.

Alertado por las voces cercanas, el ingenio mecánico desplazó sus aletas rotor hacia los lados antes de detenerse frente a ellos y activar con un ruido metálico sus potentes sensores de movimiento.

Justo en aquel instante, Yoser desplegó su paraguas apuntando directamente a la redondeada cabeza del rastreador. Al zumbido de sus motores laterales se unieron unas series sucesivas de chasquidos que formaban secuencias combinadas. Estaba desorientado. Con la niebla y la humedad no podía hacer lecturas termográficas fiables, así que encendió sus potentes focos luminosos pese a que todavía había luz natural. Se acercó a la zanja donde los dos jóvenes estaban ocultos. Les apuntó fugazmente, y, en un gesto instintivo, los dos encogieron las piernas a la vez para quedar por entero bajo la sombra del paraguas. Los rotores zumbaban sobre ellos y levantaban polvo y arena. El foco se desvió hacia un escombro cercano, pero el siniestro aparato seguía justo encima de ellos.

La chica empezó a temblar, y Yoser tuvo que sostener el paraguas con una mano para agarrarla con la otra por la cintura. Bajo la gruesa capa de ropa, parecía muy delgada.

El rastreador disparó una ráfaga de munición dura contra un enorme trozo de cemento. Luego pulverizó varias rocas cercanas con su rayo de plasma.

Aquella máquina asesina era capaz de arrasar en cuestión de segundos todo lo que había a su alrededor. Pero los rastreadores no actuaban así. Eran máquinas eficientes y sistemáticas. Localizaban, clasificaban y destruían. El ingenio volador paso todavía varios instantes junto a ellos, pero, al final, emitió varios pitidos prolongados y desapareció en la niebla.

Yoser lanzó un suspiro, recogió el paraguas y lo arrojó a un lado.

–El paraguas los desorienta. ¿No lo sabías? –dijo con una sonrisa.

Luego abrió con sus manos los puños de la asustada joven que estaba tumbada sobre él.

–Chica, no aprietes tanto que me vas a desencuadernar.

–¿Yoser?, ¿Eres tú? –Dijo ella levantando la cabeza para mirarle..

–¿Tora? –exclamó él.

            Los dos se pusieron de pie y se abrazaron. Era ella, sin duda, pensó. Su cara, su figura, su pelo negro como la noche, y la piel ligeramente oscura.

Krisa llegó poco después sujetando el fusil.

–Qué suerte habéis tenido, ya estaba punto de disparar.

–Krisa, mira a quién tenemos aquí. ¿Te acuerdas de Tora?

            Ambas se saludaron aunque sin excesiva efusión. Krisa miró a Yoser como preguntándole qué hacia ella allí. No le dio tiempo a más, porque se desvaneció, y cayó al suelo.

            Yoser se acercó a ella, la cogió por el cuello y la llamó, pero no contestaba. Luego le miró todo el cuerpo. Solo tenía una raja en el pantalón a la altura del muslo. La abrió y entonces vio cómo su piel blanca y fina empezaba a deshacerse y a brotar la sangre. Tenía el aspecto de una herida por halo de plasma, que, al no impactar directamente sino rozar de refilón con su aureola, no perforaba al instante, pero podía causar heridas muy profundas, incluso llegar a cortar la pierna entera y causarle la muerte, si no se actuaba rápidamente.

–Tora, dame tu cinturón.

Con su propio cinto y el de ella hizo un improvisado torniquete a ambos lados de la pierna para cortarle la circulación en esa zona. Luego extrajo su cuchillo de la funda del pantalón.

–Ahora, no mires si no quieres, pero necesito que la agarres por las manos, por si se despierta.

            Con Krisa tumbada boca arriba, y Tora de rodillas delante de su cabeza y apretándole las muñecas contra el suelo, Yoser se sentó sobre sus pantorrillas de tal forma que ella no pudiera mover las piernas. Aunque estaba desvanecida, le habló antes de levantar su cuchillo.

–Tengo que cortar por donde el halo aún no te ha perforado. Lo haré lo mejor que pueda, pero te va a doler.

            Tomo el trozo de carne y tiró de él. Luego comenzó a cortarlo. Tuvo que sacar fuerzas de lo más hondo de su ser para continuar, y, solo cuando estaba terminando, Krisa se despertó y comenzó a gritar. Sin embargo, al ver su pierna ensangrentada se desmayó de nuevo.

            Cuando Yoser tuvo el trozo de carne en la mano, como si fuera un filete de los viejos tiempos, lo miró y lo arrojó lejos.

–Rápido, hay que cerrar esa herida. Necesito toda el agua que tengamos y ropa limpia.

            Por suerte, les quedaba agua suficiente y algo de desinfectante. Tora ayudó todo cuanto pudo, pero no resistió a terminar, y también cayó desvanecida. En cierto modo Yoser se sintió aliviado. Ninguna de las dos le había visto vomitar a un lado mientras cosía y vendaba la pierna de su compañera.

–Esto…gracias por salvarme Yoser –le dijo Tora cuando despertó–, por curarme y todo eso…si no es por ti, ahora yo…

–¿Cuántas me debes ya, Krisa?

–No sé, unas cuantas –Los dos se miraron y rieron.

–Es hora de partir. Debemos buscar refugio para pasar la noche a salvo de los rastreadores.

Yoser le ayudó a levantarse. Por suerte Krisa era muy menuda y ligera, pero mucho más baja de estatura que él.

– Será mejor que te apoyes en Tora. Irás más cómoda.

–Si no te importa, prefiero apoyarme en ti.

–¿Pasa algo con Tora?

–Era tu novia en clase, lo recuerdo perfectamente.

–Vamos, Krisa, ¿eso cuando fue, en primero?

– En primero y segundo, pero ahora es mucho más guapa.

–Lo sé, y tú también. ¿Qué pasa con eso?

–Os he oído –dijo Tora, que les observaba desde la distancia.                                                        

 

 

            –No creí que hubiera sobrevivido nadie –empezó a contar Tora mientras caminaban–. Toda la zona está arrasada.

            –Un momento. ¿La zona es esto? –Le preguntó Yoser.

Ella asintió como si nada.

–¿Aluvio? –repreguntó Krisa con desconfianza– ¿Tanto nos hemos adentrado?

La otra volvió a asentir, pero bajando la mirada.

–Sí, pero está… destruida.

            Yoser tiró de los prismáticos de Krisa y subió corriendo hasta un afloramiento terroso.  Se tiró al suelo como la vez anterior, y comenzó a otear el horizonte. Solo se veía tierra seca y cascotes, entre la neblina, y socavones, trincheras, cráteres de impacto, como si fueran los restos de una batalla. . Era un lugar desolado y solitario. Había destrucción pero no se veían cadáveres. Debían haberlos pulverizado a todos.

            Cuando bajó tenía la cara desencajada.

            –Debemos resguardarnos –les dijo a las dos chicas–. Los rastreadores nocturnos pueden aparecer en cualquier momento. Me ha parecido ver los restos de una torre de vigilancia cerca de aquí. Podemos pasar ahí la noche.

            Caminaron sin hablarse, y, al llegar, dejaron sus pertrechos en lo que quedaba del interior de la torre.

            –Dormid las dos un rato. Yo haré la primera guardia.

            –De eso nada. –Krisa le arrebató el fusil del brazo, se fue con determinación hacia la desvencijada y herrumbrosa escalera metálica, y comenzó a subir con dificultad arrastrando la pierna.

            Yoser no tenía fuerzas para discutir con ella, así que buscó un agujero en la pared y se tiró al suelo en una esquina. Tora fue a su lado.

            –Todavía no te he dado las gracias por salvarme, Iosy.

–Hacía años que nadie me llamaba así, ni siquiera Krisa.

            –¿Krisa es tu novia ahora?

            Yoser esbozó la primera sonrisa en mucho rato. Luego se pensó la respuesta.

            –Krisa me gusta, y ha sido siempre mi amiga, pero sólo tú has sido mi novia.

            Tora se apartó la melena negra de la cara, bajó la mirada, soltó una tímida risita, y se tendió a su lado, con la cabeza sobre su torso y la mano sobre su cintura.

 

 

A primera hora, cuando la gris luz apuntaba el comienzo del día, Yoser volvió a buscar con los prismáticos, y, cuando subió Krisa cojeando hasta la atalaya, tenía la mirada perdida en el brumoso horizonte.

            –Se lo que estás pensando –le dijo–, y no sé si es una buena idea.

            –En cuanto Tora esté lista, las dos regresaréis a la zona libre. Yo me quedaré unos días más echando un vistazo. Y no puedes quedarte conmigo. No estás en condiciones.

            –Sabes que si tú te quedas yo también me voy a quedar.

            –Y yo –dijo Tora llegando desde atrás–. Tu padre me caía bien y…si conseguimos recuperarle a él es un poco como si…

            –… Las dos recuperáramos también a los nuestros –concluyó la frase Krisa.

            –Gracias, chicas.

            Los tres se abrazaron. Krisa no lloraba nunca, pero Yoser notó cómo se le escapaba una lágrima por la mejilla. Tora también empezó a sollozar y, al final, él también lo hizo.

            –Seguro que está vivo, Yoser.

 

                       

Por VICTOR SANCHEZ GONZALEZ

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  •  Comentarios ( 1 )
Carolina
 Carolina
Una historia que te deja con ganas de más aventura
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