Relatos 2020: Víctor M. Valenzuela con "Gungnir"

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  Relatos 2020

Gungnir

De Víctor M. Valenzuela

 

 

El Guerrero se dejó caer exhausto mirando con tristeza la devastación creada por la feroz batalla. La tierra presentaba profundas cicatrices que tardarían generaciones en curarse, la vida desapareció en incon­tables leguas a la redonda y la pes­tilencia de la violencia había corrom­pido todo a su paso.

No había cadáveres; el arma Gung­nir pulverizaba todo, dejando sólo el rastro de la destrucción. Por un instante le pareció oír el llanto de la Diosa Madre, herida por la simple visión de la barbarie liberada en su nombre.

Al lado del soldado, Gungnir se manifes­taba como una fluctuación en la visión, una negrura que no se podía ver, pe­ro que se apreciaba en forma de frío, angustia y miedo.

El Guerrero se levantó tamba­leante, maltrecho por sus heridas. Se concentró en Gungnir haciendo que el arma se replegase sobre sí misma; esperó la transformación y la recogió, guardándola con extremo cuidado. Se dirigió a trompicones lejos de aquel nausea­bundo lugar, intentando borrar sin éxito los recuerdos de la brutalidad. A su paso fue despojándose de las pie­zas de su maltratada armadura de comba­te, al llegar a la fortaleza fue direc­tamente a la gran sala del con­sejo.

—¡El Mal ha sido derrotado! —ex­clamó sin preámbulos al entrar en el círculo de los oradores.

—¿Estás seguro? —preguntó la mayor de las sabias. Tenía los ojos entrecerrados y la frente perlada de sudor por el esfuerzo de mantenerse en contacto con las demás mujeres del consejo.

—Pregúntale a la Diosa Madre —escupió con rabia el Guerrero toda­vía bajo la influencia de la batalla, olvidando las normas de cortesía del consejo.

—No será necesario. El Mal ha sido erradicado de nuestro mundo —in­tercedió el maestro guardián.

—Tienes nuestro eterno agrade­ci­miento —cantaron al unísono los miembros del consejo. El Guerrero se estremeció y estuvo a punto de des­mayarse.

—Necesita atención médica —ex­presó el maestro sanador de cuerpos.

—Todavía no —dijo el Guerrero reuniendo todas las escasas fuerzas que le quedaban —. Quisiera un favor, a cam­bio de mis servicios.

—Adelante —indicó la mayor de las sabias, irguiéndose en toda su majestuosidad.

—Demando que me borren los recuer­dos de las barbaridades que fui obli­gado a cometer —explicó con voz fir­me, a pesar de los temblores que re­corrían su cuerpo.

—¿Deseas conservar tus demás recuerdos? —preguntó la maestra sanadora de almas.

—Desde luego. No quiero olvidar a mis seres queridos —contestó con firmeza.

—¿Quisieras conservar tus habili­da­des?

—Sólo las constructivas —res­pon­dió sin titubear.

—Se puede hacer —dijo la maes­tra sanadora de almas después de consultar con sus hermanas.

—Que así sea. Serás liberado de tu carga y volverás a ser tú mismo —sentenció la mayor de las sabias.

El Guerrero no pudo agradecer al consejo pues cayó desplomado en mitad del círculo de oradores. Los sanadores se precipitaron hacia él y derramaron sus cánticos curadores antes de que fuera demasiado tarde. Se lo llevaron con delicadeza a la bóveda de regeneración, para que pudiera completar su cura.

—Es fuerte; tiene grandes posi­bilidades de sobrevivir —indicó el maestro sanador de cuerpos antes de abandonar la sala del consejo.

El maestro de los ingenieros se levantó con cuidado de su lugar en el círculo del consejo y caminó despa­cio hacia el sitio que antes había ocu­pado el Guerrero. Se agachó y al levantarse extendió su brazo izquierdo hacia el consejo. En la palma de su mano una pequeña esfera refulgía con colores imposibles.

—Debemos decidir qué hacer con Gungnir —dijo el veterano maes­tro ingeniero.

—Destruyámosla —exclamaron varias voces cargadas de nerviosismo.

—Imposible —bramó el maestro ingeniero —. Si fuera posible destruirla lo habrían hecho nuestros enemigos. La fabricamos para que fuera indes­tructible.

—Escondámosla —volvieron a decir varias voces en coro.

—Demasiado arriesgado. Si al­guien la encuentra puede someter al mundo; podría hasta matar a la Diosa Madre, si así lo quisiera.

Un bramido de dolor, increduli­dad, miedo y asco, recorrió el consejo al escuchar las violentas declaracio­nes del maestro ingeniero.

—Seguro que el maestro ingenie­ro tiene alguna idea —reveló la mayor de las sabias —. ¿No es así maestro? —concluyó con una sonrisa.

—Hay que hacer que traspase el manto de la Diosa Madre —dijo el maestro ingeniero con voz cansada.

—¿Cómo conoces esas artes? —exclamó casi en un grito la maestra sacerdotisa.

—Yo misma lo instruí —indicó la mayor de las sabias—. ¿De dónde crees que procede la energía de Gungnir? —preguntó mirando directa­mente a la maestra sacerdotisa.

—Pero eso podría romper el equi­librio… —empezó a protestar la maes­tra sacerdotisa.

—Está decidido —sentenció la mayor de las sabias —. La maestra sacerdotisa invocará a la Diosa Madre y ayudará al maestro ingeniero a que Gungnir cruce el manto hacia otro mundo.

Olaf se escurrió silenciosamente de­trás de un tronco caído e intentó sere­narse un poco. Recogió algo de mus­go del suelo aplicándolo a la herida que tenía en el costado; no era pro­funda, pero temía que se infectara. A lo lejos escuchó el relincho de un caballo y las voces de sus persegui­dores. Afinó el oído y respiró aliviado al no oír el aullido de los perros. Nece­sitaba esconderse, comer y beber, pensó. Intentó no imaginar lo que le harían si lo encontraban; ya era malo ser un esclavo huido, pero era peor un cautivo que había herido a tres guardias en su fuga. Se levantó y corrió agachado hacia otro escondite próximo.

No llegó a su destino: un brillo cegador, seguido de un trueno ensor­de­cedor, lo derribó como un muñeco de trapo. Se quedó allí caído, san­grando por la nariz, pensando que a algún dios iracundo no le gus­ta­ban los esclavos fugitivos.

Gungnir traspasó el manto que en­vuelve y sostiene los mundos y se materializó al otro lado. En unos mili­segundos se reconfiguró para la rea­lidad física del nuevo universo. Al a­dap­tarse a ese mundo primitivo per­dió inexorablemente parte de su inte­ligencia y poder. Aun así, seguía sien­do un arma y sabía que necesitaba un portador. Lanzó una búsqueda a sus alrededores y encontró un na­tivo. Era arcaico, pequeño, feo, blanquecino y parecía frágil, pero en su mente encontró un furioso guerrero y una noble personalidad. Reordenó su manifestación en ese espacio y se dejó caer a los pies de su nuevo portador.

Olaf se despertó angustiado al oír el tropel de caballos cercanos. Se le­vantó todavía conmocionado encontrando una lanza a su lado. No tenía ni idea de dónde había salido; pensó que se la habían arrojado para matarlo y que habían fallado. La aferró con todas sus fuerzas preparándose para morir luchando como le había enseñado su padre, antes de morir en combate contra los esclavistas.

Elentári olfateó el aire estremeciéndose al percibir el almizclado olor del ogro; la bestia no debía andar lejos. Recogió su plateado pelo para que no le es­torbase y sacó una flecha del morral; dedicó una rápida plegaria pidiendo perdón por la violencia que debería desatar.

Se puso en cuclillas en un claro del bosque con el arco en su regazo y la flecha clavada en el suelo frente a ella, esperando pacientemente a que la bestia la encontrase. Un rumor a su espalda le indicó que el ogro se acercaba. Tensó sus músculos y se preparó.

Un brillo cegador la envolvió y sus percepciones enloquecieron; sintió que se hundía en la tierra y le explotaban los pulmones. Creyó caer pesadamente sobre un suelo húmedo. Cuando abrió finalmente los ojos, el sol brillaba con un imposible color amarillo y estaba en el sitio equivoca­do del horizonte. La hierba era de un tono verde extraño y el bosque entero olía a bestias que no conocía. Tensó el arco esperando el ataque del ogro pero éste no se hallaba en su línea de visión. Se concentró bus­cando a su gente. Nada; ni un pensa­miento lejano, ni una canción en el viento. Gritó con to­das sus fuerzas al entender que la habían arrebatado de su mundo y de todo lo que amaba. Volvió a concentrase buscando más criaturas y sintió la intensa presencia de un poder maligno que no supo identificar y la mu­cho más frágil conciencia de al­guien que luchaba por su vida y necesitaba ayuda. Reco­gió sus armas y se dirigió a toda prisa hacia la batalla.

Olaf se concentró e intentó calmarse. Esperó a que el primer jinete embistiera levantando su lanza, pero lo hizo en un ángulo equivocado y maldijo su torpeza, pues sabía que iba a fallar. Milagrosamente no fracasó y la lanza atravesó limpia­mente al soldado; intentó desclavar el arma y al hacerlo prácticamente cortó por la mitad a su oponente. El caballo estaba entrenado para el com­bate y se encabritó para patearlo. Por puro instinto alzó la lanza sobre su cabeza; el caballo relinchó de terror y corrió en estampida.

Se quedó mirando embobado la grupa del caballo que se alejaba a toda prisa, sintió un cosquilleo ex­traño en la mano que sujetaba la lanza y despertó de su ensoñación para ver al siguiente jinete, que galopaba hacia él con una jabalina en la mano. Su oponente la lanzó en un movi­mien­to ensayado y acto seguido desenvai­nó su espada. En una reacción instin­tiva, casi incontrolada, Olaf trazó un arco con su lanza y desvió la jabalina en el último instante. En el mismo movimiento volteó sobre su cabeza la lanza, que impactó en el caballo, derribándolo. Una parte de su mente pensó que la lanza debería haber­se partido con el golpe, pero la a­drenalina corría a raudales por sus venas y ensartó al oponente antes de que se levantara.

Dos jinetes se aproximaron parándose a más de veinte metros; lo miraron con rabia y de manera sincro­ni­zada tensaron sus arcos. Olaf se encomendó a los espíritus de sus antepasados preparándose para morir. Antes apuntó a su agresor más cercano y arrojó la lanza. Sabía que estaba demasiado lejos para hacer blanco pero era su despedida, su manera de decirles que no se había rendido. La lanza voló como una avispa furiosa y atrave­só limpiamente a uno de los perse­guidores. El otro miró incrédulo a su compañero, apuntó su arco… y cayó fulminado por una flecha que atravesó su cota de malla y se clavó certera­mente en su corazón.

Olaf contempló incrédulo, primero cómo su lanza recorría una distancia imposible; luego se quedó asombra­do sin saber qué había ocurrido con el segundo oponente. Un pequeño ruido a su espalda le hizo volverse.

Se encontró con una mujer de aspecto sorprendente. Tenía un largo cabello plateado, ojos de felino, unas orejas terminadas en punta y se movía con una gracia increíble, marcando cada pequeño músculo bajo una piel sin grasa. Despedía un tenue aroma exótico y agradable. Ella lo miró la­deando levemente la cabeza, como si sopesase algo, terminó por son­reír, mostrando unos pequeños colmi­llos afilados.

 —Tranquilo —susurró Elentári, aunque Olaf no la entendió, al mismo tiempo que con una velocidad imposi­ble para un humano, se abalanzó sobre él, lo sujetó y lo desarmó. Olaf intentó zafarse de su presa, pero ella lo aferraba con fuerza sobrehumana.

Elentári se separó y observó a Olaf con enormes ojos luminosos. Por unos instantes, su expresión fue inescrutable. Luego sonrió amplia­mente, lo soltó y él cayó sentado, ma­reado.

Observador llevaba varios ciclos estudiando el inminente cambio de intensidad de una estrella lejana, que respaldaría la validez de sus prediccio­nes o que lo llevaría a empezar todo su trabajo desde cero. Abrió su mente e invocó a las fuerzas de la naturaleza para que lo ayudaran a expandir sus percepciones. Sin previo aviso, la tra­ma de la realidad se rasgó y una pre­sencia pura, poderosa y terrible cruzó su plano de realidad. La distorsión que generó el portal lo succionó viéndose arrastrado con violencia por diversos planos, siguiendo la turbulen­ta estela de Gungnir.

Cuando la perturbación cesó, Observador cayó presa del pánico al percibir que estaba en un mundo tan alejado del suyo que le sería impo­sible sobrevivir mucho tiempo. Un universo de realidad única y lineal, una tierra primitiva y mortal. Reunió todas sus fuerzas y consiguió estabili­zar su percepción del tiempo con el de la nueva realidad; por instinto, si­guió el rastro de Gungnir.

Allí estaba; se había adaptado al contexto de esa tierra y estaba a­compañado por dos criaturas. Una de ellas tenía conexión con la natura­le­za y supo que tampoco pertenecía a este entorno; la otra era nativa.

Sabía que debería transmutarse para poder sobrevivir, pero había agotado casi toda su energía. Encon­tró un nativo caído y lo observó. Estu­dió su representación física y utilizó sus últimas fuerzas para reparar el maltrecho cuerpo y reconfigurar el primitivo órgano mental para albergar su psique. Antes de abandonar parte de sus facultades para encajarse en la reducida mente de su anfitrión, se conectó mentalmente con las dos criaturas. El macho era primitivo y tosco, pero parecía tener una bondad latente; le transmitió conocimientos y despejó su mente de prejuicios. La hembra pertenecía a otra especie y tenía una mente que permitía una rudimentaria conexión con las fuerzas de la naturaleza. Le contó su historia y le enseñó el idioma del macho.

Elentári sintió una presencia cálida a su espalda y se volvió. Al terminar el movimiento, una daga estaba en su mano izquierda y en la derecha sujetaba delicadamente una pequeña y mortal estrella afilada. El guerrero que había abatido con su flecha la miraba con los ojos muy abiertos, llevaba la flecha que había arrancado de su pecho en la mano y con la otra se quitó el casco, mostrando unas facciones que no encajaban con las de aquel bruto.

Un millón de voces aparecieron en la mente de Elentári, cantándole, dibujando mundos, narrando historias. Ella miró de soslayo a Olaf, que se estremecía sujetándose la cabeza con las manos.

—Me temo que nunca más voy a poder hacer eso —dijo Observador con un suspiro —. La energía que es­ta técnica necesita no está al alcan­ce de este cuerpo.

Olaf se levantó y miró con ad­mi­ración a sus compañeros.

—Gracias, Elentári; me has sal­vado la vida —dijo dirigiéndose a ella—. Gracias, Observador; me has transformado en un hombre sa­bio.

—No podía dejarte en la ignoran­cia; no sería ético —explicó Observa­dor con un ademán.

—Si Gungnir te eligió es que me­recías ayuda —gruñó Elentári —. Me estalla la cabeza —concluyó.

—Me temo que aprender un idio­ma bárbaro siempre es penoso —bro­meó Observador.

—Las leyendas cuentan que los hechiceros no tienen sentido del hu­mor —dijo Olaf.

—No soy un hechicero —retrucó Observador.

—En este mundo sí lo eres —ex­puso Elentári.

—Vamos. Tenemos trabajo —di­jo Observador, girándose hacia el nor­te.

—Debemos ir al sur —expresó Olaf—. Al norte está el fortín de éstos —comentó, señalando a uno de los guerreros caídos.

—Debemos liberar a los demás esclavos —indicó Observador.

—Pronto anochecerá; debemos buscar un sitio para acampar —objetó Elentári en un tono que no admitía replicas —. Además, debéis asearos. Apestáis.

—Todos los esclavos olemos así —dijo Olaf con tristeza.

—Pensé que éste era el olor natural de los nativos —señaló Obser­vador.

—Por allí —indicó Elentári des­pués de olfatear el aire.

 

Ella los guio certeramente hacia un pequeño riachuelo y después de observar unos minutos el entorno eligió el lugar del campamento. Luego desapareció en el bosque.

—He cazado esto. Espero que se puedan comer —dijo ella al volver con dos faisanes.

—Has tenido buen ojo —expuso Olaf al ver las piezas.

—No esperaréis que me coma a un animal muerto —objetó Observa­dor con asco.

—No creo que tengas elección, de momento —indicó Elentári.

—¿Por qué quieres ir al sur? —pre­guntó Elentári a Observador después de la cena.

—Deseo desmantelar el complejo esclavista —contestó Observador sin titubear.

—Creo que moriremos. Pero te ayudaré —dijo Olaf —. Estoy cansado de huir.

—¿Por qué? —preguntó Elentári mientras limpiaba y afilaba una de sus flechas.

—Porque la esclavitud es la ma­yor aberración que he oído en mi vida —dijo Observador con el ceño fruncido.

—En ese caso, te ayudaré; mi pueblo tampoco la tolera en mi mundo —indicó Elentári.

—Me temo que verás atrocidades aún mayores en éste —dijo Olaf con tristeza

—Mejor descansemos. Tendre­mos una larga jornada entonces —ex­puso Observador.

Por la mañana levantaron campa­mento y siguieron el curso del arroyo.

—¡Qué demonios…! —gritó Olaf, dejando caer la lanza de repente.

—¿Qué te pasa? —preguntó Elentári.

—La lanza me ha quemado la mano —gruñó Olaf.

—¿Me dejas intentar sostenerla? —preguntó Observador.

—Claro. Pero ten cuidado.

Observador recogió a Gungnir con precaución y, al tocarla, la esencia del arma entró en contacto con la mente del hechicero. Le narró que su pueblo la creó para erradicar un mal arcano y que luego la enviaron a través de los abismos cuánticos que sostienen y confinan las varias realidades, para evitar que pudiera poner en peligro el equilibrio de su civilización. También le dijo que se detuvo en aquel plano de realidad porque había detectado que el Mal que combatía era muy fuerte en ese lugar. Observador asintió en silencio y finalmente entendió por qué sentía aquel extraño desasosiego desde que había llegado, y por qué tenía la extraña y huidiza sensación de que debía combatir contra algo.

—Debemos buscar un herrero —dijo Observador, soltando a Gungnir con reverencia.

—¿Para qué quieres uno? —pre­guntó Elentári intrigada.

—El arma también viene de otro mundo y dice llamarse Gungnir —dijo Observador después de un momen­to —. Me ha contado muchas cosas. Pero quiere que forjemos tres dagas.

—¿Tres dagas? —dijo Olaf—. Yo mismo puedo hacerlo. Sólo necesi­taré una forja.

—¿Por qué quiere que hagamos tres dagas? —insistió Elentári.

—Quiere que incorporemos una pequeña porción de la lanza en el acero de las dagas —contestó Obser­vador lacónicamente.

—¿Y…? —continuó insistiendo E­len­tári.

—Bueno… —dudó Observa­dor —. La comunicación con Gungnir es difícil y no siempre hay puntos de referencias comunes. Pero parece que se siente sola y que además quie­re protegernos.

—Esto es una locura… —empezó a decir Olaf.

—Entender a los espíritus de la naturaleza siempre es difícil —dijo Elentári, haciendo una pequeña re­ve­rencia —. Encontraremos una aldea hacia el este —concluyó.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Olaf extrañado —Si nunca has estado aquí antes…

—Puedo oler el poblado —dijo ella, arrugando ligeramente la nariz.

Elentári los guio directamente al po­blado, sólo parando ocasionalmente, cuando el viento cambiaba de direc­ción, para enseguida volver a encon­trar el camino. Una vez en el poblado lo encontraron vacío y con señales de lucha.

—Los esclavistas también han estado aquí —dijo Observador.

—Están barriendo toda la comar­ca —indicó Olaf.

Encontraron el taller del herrero y Olaf empezó a preparar la forja. Observador lo interrumpió y empezó a enseñarle técnicas más elaboradas. Elentári buscó por el pueblo hierro que pudiera servir para fraguar las armas. Horas después empezaron el duro trabajo de transformar hierro impuro en acero de buena calidad, siguiendo las indicaciones de Obser­va­dor. Cuando finalmente estuvieron listos los cuerpos de las dagas, Ob­servador le pidió la lanza a Olaf y al sujetarla se desprendieron tres peque­ños fragmentos.

Observador colocó uno de ellos en la hoja de la primera daga separándose un poco. El puñal empezó a brillar mientras el pequeño pedazo de Gungnir parecía licuarse y envolver la lámina del arma.

—Dice llamarse Huginn y te ha elegido a ti —dijo Observador, tendién­dole la daga a Elentári.

—Muninn dice que sólo debes utilizarla para defenderte. —Observa­dor le tendió el segundo puñal a Olaf, después de repetir el proceso.

—Esta es Ratatosk —comentó Observador, estudiando la última lá­mina.

— ¿Qué cualidades poseen? —pre­guntó Olaf, sopesando su arma.

—Lo ignoro —dijo Observador.

—Lo descubriremos en batalla —observó Elentári —. Ahora busque­mos la fuente de tanto mal y acabe­mos con él.

—No va a ser necesario —apuntó Observador —. El mal se acerca.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Olaf desde la puerta de la forja, miran­do en todas direcciones.

—Puedo sentirlo —dijo Observa­dor con un estremecimiento —. Pero, aunque no fuera así, ¡mirad! —Señaló a Gungnir, que resplandecía y parecía emitir un tenue zumbido.

—Si Gungnir desea entrar en ba­talla, yo no pienso defraudarla —in­dicó Olaf, asiendo la lanza.

—También puedo sentirlo ahora; se acerca una multitud —dijo Elentári.

—Acercaos, por favor —señaló Observador —. Cogeos de la mano.

Observador cerró los ojos y em­pezó a murmurar en un idioma desco­nocido para los otros. Elentári fue la primera en sentir la conexión; re­cibió la estrategia de Observador y una imagen detallada del campo de batalla. Olaf tardó un poco más, pero también percibió los conocimientos de Observador y se sorprendió muchí­simo al recibir elaboradas técnicas de combate de Elentári. Observador también bebió los conocimientos de ella y recibió los instintos de lucha y supervivencia de Olaf.

— ¡Por Buri! —exclamó Olaf tam­ba­leándose, al terminar la comunión.

—Tranquilo; el mareo sólo durará unos instantes —dijo Observador, mientras lo sujetaba.

El singular trío abandonó el taller del herrero y, sin mediar palabra, se dirigió al claro que había entre el po­blado y el bosque.

Por el sendero vieron aparecer los primeros jinetes y el clamor de la horda que los seguía. Elentári hizo una mueca al sentir el olor de los barbaros; aun así, elevó una plegaria pidiendo per­dón por la muertes que iría infligir.

Encabezaba el contingente un gran caballero con una armadura negra. Cabalgando un enorme corcel también negro, levantó la mano deteniendo la columna a una distancia segura de los tres; pareció observarlos un mo­men­to y luego, ante otro gesto, seis jinetes se abalanzaron en tropel hacia ellos. Ninguno consiguió aproximarse. A una velocidad imposible para un humano, Elentári disparó sus flechas que atravesaron limpiamente las armaduras de los caballeros, dejándolos esparcidos por el campo de batalla. Una nube de flechas partió entonces desde la hueste ene­miga en dirección a ellos, pero nin­gu­na consiguió siquiera acercárseles; estaban de­ma­siado lejos. Las flechas de ella seguían abatiendo caballeros a pe­sar de la gran distancia.

El caballero negro pareció perder repentinamente la paciencia y ordenó un ataque fron­tal; una muralla de caballos desboca­dos y de humanos enfundados en acero se dirigió a ellos implacable­men­te. Observador avanzó unos pa­sos, desenvainó a Ratatosk alzándola sobre su cabeza. Absolutamente to­dos los caballos se encabritaron enlo­quecidos y acabaron derribando a sus jinetes. El claro se convirtió un caos de corceles corriendo en todas direcciones y de caballeros confusos; los más próximos desenfundaron sus espadas corriendo enloquecidos hacia Observador. Olaf también se lanzó hacia ellos empu­ñan­do a Gungnir; saltando, esquivando, realizando un baile macabro y aniquilando a diez combatientes en unos escasos momentos, las técnicas de combate de Elentári y la conexión caso mística con la lanza lo trasformaron en un guerrero siniestramente eficaz. Ella observaba fascinada cómo Olaf luchaba siguiendo sus propias técnicas. Salió del embrujo y continuó disparando sus flechas con precisión diabólica hasta quedarse sin pertrechos. Buscó alrededor encontrando un caballo; se acercó cantándole en el idioma de los bos­ques hasta que el animal se tranquilizó permitiendo que lo montara, desenvainó a Huginn y con su antigua daga en la otra mano fue conduciendo el caballo sólo con las piernas, atravesando el campo de batalla y dejando un rastro de muer­tes certeras y casi quirúrgicas a su paso.

En el otro extremo del claro, el ji­nete negro observaba con una mezcla de cólera y desdén cómo un insigni­ficante guerrero y un demonio con el pelo blanco diezmaban a su caballería acorazada; sacudió la cabeza como queriendo alejar la funesta visión y le gritó encolerizado a su segundo ordenando avanzar a la infantería.

Observador continuaba en el borde del claro murmurando para sí con Ra­tatosk alzada sobre su cabeza, gritaba algo incomprensible sujetando la daga con las dos manos; tenía una expresión feroz y todo su cuerpo temblaba con violencia.

El más fuerte y rápido de los guerreros encabezaba la carrera seguido por va­rios soldados de elite. Estaba muerto de miedo, pues había asistido a un simple esclavo sin armadura y a una extraña mujer diezmar a la caballería. A medi­da que avanza hacia sus enemigos sentía más aprensión y fue como si una muralla de pánico intangible le impidiese el progreso. En un momento dado no aguantó más y terminó corriendo espavorido en dia­gonal hacia el bosque, alejándose de la pesadilla. Los demás guerreros se pararon en seco al ver a su líder huir en estampida y, después de unos segundos de incertidumbre, se desató el caos con todos los brutos huyendo de la batalla.

El jinete negro lanzó una jabalina en dirección a Elentári, que consiguió esquivarla aunque terminó cayendo del caballo. En un movimiento fluido rodó sobre sí misma, corrió hacia un enemigo abatido arrancándole una de sus flechas. Descolgó el arco de su espalda apuntando con cuidado al jinete negro; la saeta impactó en el caballero pero rebotó inofensiva­mente en su armadura negra. El jinete desenfundó una pesada espada azula­da y galopó directamente hacia ella, mientras desesperada buscaba alrededor otra fle­cha.

Olaf sintió a Gungnir vibrar en su mano y sin pensarlo siquiera la arrojó en dirección al ca­ballero. El guerrero encabritó el caballo pero de alguna manera la lan­za alteró su trayectoria y acabó impactándole en el pecho. Por un instante la lanza y la armadura del jinete parecieron resplandecer y se escuchó un sonido estridente cuando Gungnir consiguió finalmente desgarrar la coraza y atravesarla.

Observador envainó su daga y corrió a trompicones en dirección al caballero caído. Al llegar, Elentári también se estaba acercando y Olaf ya se encontraba sobre él recuperando su lanza.

—No ha sido tan difícil —bromeó Olaf, tambaleándose. Sufría varias heridas, pero la mayor parte de la san­gre que lo cubría no era de él.

—Dilo por ti —comentó Observa­dor entrecortadamente —. He agotado un año de vida de este cuerpo, a pesar de la ayuda de Ratatosk.

—¿Eso es todo? —preguntó Elen­tári, mirando alrededor, todavía alerta. Parecía tranquila aunque sangraba de un corte en el hombro.

—No —responde Observador tajantemente.

—Hemos matado a ese bruto —señaló Olaf apuntando al cuerpo.

—Sí, pero el mal sólo ha cambia­do de cuerpo, aunque ahora es mucho más débil.

—Maldita sea —comentó Elentá­ri—; odio combatir. Solo se debe hacer para defenderse…

—Me comería un jabalí entero —apuntó Olaf, dejándose caer pesada­mente en la hierba.

—Primero dejadme que os cure las heridas; luego habrá tiempo para todo —dijo Observador acercándose a Elentári y examinando su hombro.

—Salgamos de aquí por si a alguno de esos brutos se le pasa el miedo y decide volver —dijo Elentári; luego cantó y del bosque surgieron va­rios caballos que se les acercaron —. Vá­monos; este mundo es grande y seguimos teniendo trabajo.

Los dos hombres observaron a la in­creíble mujer que ya se había subido a un caballo y galopaba hacia el oeste, siguiendo aromas que sólo ella podía percibir.

—Mírala; ni siquiera parece can­sada —refunfuñó Olaf.

— ¿Cómo estás tú? —preguntó Ob­servador, subiéndose a un alazán a duras penas.

—Medio muerto —dijo Olaf, gru­ñendo al montar—. ¿Y tú?

—Peor que tú, me temo —con­tes­tó Observador, mientras azuzaba al ani­mal para seguir a Elentári.

© Víctor M. Valenzuela.

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