Relatos 2020: Víctor M. Valenzuela con "Cronicas de la Singularidad: Pirineos"

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  Relatos 2020

Crónicas de la Singularidad: Pirineos

Por Víctor M. Valenzuela

Palacio del gobierno. Federación Ibérica. Pocos meses antes de la Singularidad.

 

La tensión se podía palpar en la lujosa sala de reuniones. Leonor, la todopoderosa presidenta del mayor banco de la Federación solía tener profundos encontronazos con el Presidente. Aunque su banco había apoyado su candidatura hubiera preferido alguien más inteligente. Hablaba en alemán con Brunhilde la tecnócrata impuesta por la Unión Europea como ministra de economía, una eficiente economista que contaba con la asistencia de las mejores IA del mercado, discutiendo estrategias y compartiendo metadatos para que los analizaran sus IA de análisis de riesgo financiero. Su asistente Sebastián hizo señas a Roberto y se alejaron hacia el pasillo.

—Cuídate, Roberto —murmuró Sebastián acercándose—. Ten muchísimo cuidado —le susurró al oído—, mi servicio de inteligencia dice que hay personas que están disgustadas con tu sentido de la justicia. Lo ven demasiado social e incompatible con los tiempos que corren.

—Gracias, amigo. No te preocupes son solo habladurías… —contestó Roberto intentando sonreír, él mismo tenia suficientes indicios que el ala más dura de los adalides del cambio de la Singularidad no le veían con buenos ojos.

—Por si acaso, ten cuidado. Eso que llevas —dijo dándole ligeros toquecitos a la compacta pistola que portaba—, no es suficiente protección y lo sabes.

—No creo que…

—No. Escúchame, por favor. Si quieres deja esa mierda de gobierno y ven a trabajar con nosotros. Necesitamos un experto en seguridad para nuestras empresas emergentes y no puedo pensar en nadie mejor que tú.

—Me halagas… Y en otras circunstancias firmaría contigo ahora mismo… Pero no puedo. Esto se está yendo de las manos, la Singularidad está cambiando el mundo y hay demasiados fanáticos Pseudoreligiosos sueltos queriendo implantar dictaduras feroces y también hay mucho integrista económico que quiere dejar a la población a merced del mercado como acabas de oír en la reunión. Creo que sí puedo hacer algo para mejorar las cosas debo intentarlo y estando dentro del gobierno me será más fácil.

—Ya nada será como antes, amigo mío… Los gobiernos van ser cosas del pasado, el mercado también… La Singularidad nos va a arrollar. Pero bueno… te entiendo. Si cambias de idea, llámame a cualquier hora y mando a recogerte.

—Gracias… De verdad…

Los dos hombres se abrazaron en silencio después de despedirse. Aunque eran muy distintos y representaban intereses dispares empezaron respetándose mutuamente y con el tiempo se podían considerar amigos, o todo lo “amigos” que la sociedad actual permitía.

Roberto estaba francamente preocupado, los informes de Inteligencia alertaban que la Singularidad ya había ocurrido y que en pocos meses se haría pública. Las predicciones indicaban que la mano de obra humana pasaría a ser prácticamente innecesaria en pocos años y que los medios de producción pasarían con el tiempo a ser robóticos. Aunque algunos estudios revelaban que sería necesario implementar rentas vitales para mantener a la población, él era bastante pesimista en ese aspecto pues conocía los entresijos del Poder. Un grupo que durante décadas se dedicó a hacer lo inimaginable para acumular poder y riqueza y que consideraba a las demás personas una especie de clase instrumental. Al quedar ese instrumento desfasado e inútil, la mayor parte de la población ya no era necesaria para garantizar la opulencia de las clases dominantes y no creía que ellos fueran a hacer algo para garantizar su bienestar.

Durante casi cuatro años Roberto intentó, dentro de sus posibilidades, convencer a todo el que podía para que se intentara remediar la situación. Pero sus argumentos eran considerados extravagantes y antisistema. El dogma de la autorregulación de los mercados seguía sonando en todas las mentes y parecía que nadie se daba cuenta que el propio mercado cambió para siempre y los viejos dogmas, que en realidad nunca funcionaron adecuadamente, ahora eran simplemente espejismos.

Tuvo varios encontronazos, enviaron matones a intimidarle. Por suerte eran mercenarios con muchos anabolizantes y pocas neuronas que ni siquiera leyeron su historial. Los vio venir y disparó primero y pregunto después. Era una prerrogativa de su cargo como alto comisionado de la Federación en el Ejército Europeo, tenía licencias legales inimaginables para otros ciudadanos en función de su cargo y de la bendita seguridad por encima de todo que imperaba en los gobiernos.

Al quinto año, llegó a la conclusión que a pesar de su cargo y sus contactos sus esfuerzos eran totalmente infructíferos. A duras penas consiguió conservar su trabajo, muchos pidieron su cabeza, pero el estamento militar seguía rigiéndose por estrictos códigos de conducta y él siempre fue un militar ejemplar.

Cuando estaba a punto de que la desesperación le abrumara definitivamente. Recibió un mensaje de su viejo amigo, Decano de la universidad de ingeniería tecnológica y experto en IA. Adjuntaba unas coordenadas GPS.

Este fin de semana nos juntamos varios amigos en una casa rural antes de que se vaya a todo a la mierda ¿Te apuntas?

Estaba lo bastante deprimido como para rechazar cualquier tipo de actividad social, pero hacía demasiado tiempo que no disfrutaba de la compañía de su amigo y después de pensarlo un rato le contestó afirmativamente.

Valle del Pas, Cantabria. Año cinco después de la Singularidad.

 

—Espera un momento… —comentó Martín alarmado al ver a Roberto entrar en el salón de la casa rural —A ese yo lo conozco… Es un pez gordo de los militares.

—Tranquilos… —dijo José levantándose de la butaca. Su perro Rufo corrió hacia Roberto y él se agachó para juguetear con el animal—. Nos conocemos desde hace bastantes años y es una persona estupenda. No tenéis que preocuparos con él.

—¿Seguro? La mitad de nosotros está en alguna lista negra —dijo Rebeca mirando con suspicacia a Roberto.

—Te aseguro que la lista negra donde está apuntado él y además remarcado en fosforito  es mucho más jodida que la que estás tú. Roberto lleva años intentando mover el sistema desde dentro —explicó José.

—Y no he conseguido una mierda… —dijo Roberto con una sonrisa forzada— Buenas noches a todos por cierto…

—Dejadme que haga las presentaciones —comentó José —.Este es mi amigo Roberto y efectivamente es un militar. En el sofá tenemos a Martín especialista en biotecnología y a su esposa Rebeca fundadora de la ONG Biochips para todos que aboga por democratizar los implantes biomédicos.

—Tonterías… Lo que realmente soy es un biohacker… —interrumpió Martín.

—Yo soy Patricia —dijo una joven que aparentaba estar en la treintena acercándose y dándole dos besos.

—Patricia, a pesar de su juventud, es doctora en economía y tiene varios artículos muy sesudos publicados sobre la Singularidad —intervino José—. Artículos que no son del agrado de todos por cierto.

—Ahhh... —titubeó Roberto—. Yo he leído sus artículos y los he usado para intentar convencer a gente del gobierno. Son geniales, estoy totalmente de acuerdo con usted.

—Me temo que debe ser la única persona del gobierno que me ha leído… —comentó Patricia con una sonrisa triste.

—Y aquellos dos —dijo José apuntando hacia la cocina—. Haciendo caipiriñas como si no hubiera un mañana son Manuel y Nina, él es escritor y ella paisajista ecóloga.

—De escritor nada. Soy ingeniero y escribo libros de ciencia ficción que solo leen cuatro frikis —comentó Manuel desde la cocina —. Ya quisiera yo y todo mi gremio podernos haber ganado la vida como escritor, eso no ha pasado nunca.

—Y creo que ya conoces a María, la manitas encargada del mantenimiento de la universidad. Es capaz de arreglar cualquier cosa si tiene las herramientas adecuadas.

—Y cinta americana… no te olvides de la cinta… —bromeó María—. Hola Roberto, encantado de volver a verte.

—María, que alegría volver a verte después de tanto tiempo —dijo Roberto abrazándola.

—¿Todavía mantienes tu antigualla de moto? —preguntó María.

—Pues claro. Y jamás hubiera conseguido restaurarla sin tu ayuda.

Incontables caipiriñas después, tres troncos consumidos  en la chimenea y una pila de canapés diversos devorados con la inestimable ayuda de Rufo, el grupo estaba ya lo bastante desinhibido como para empezar a hablar de la vida, el universo y todo lo demás.

—En serio… ¿Cuánto creéis que aguantaremos antes de irnos definitivamente al carajo? —preguntó José

—No mucho. Últimamente estoy trabajando en proyectos muy raros… —comentó Manuel con una expresión sombría en su rostro.

—¿Qué entiendes tú por raro? Digo bueno… no te ofendas pero considerando lo que escribes. Creo que tu definición de raro es muy particular —dijo José entre risas.

—Muy gracioso… —retrucó Manuel —. Pues requieren básicamente que ayudemos a entrenar a IA muy específicas, capaces de gestionar edificios mucho más inteligentes de lo normal. Como sabéis, en algunos campos las IA todavía no son autosuficientes en su aprendizaje y requieren de expertos para que las dirijan en sus redes de aprendizaje profundo. Una vez que aprenden ya no somos más necesarios…

—Y si añadimos a eso. Que a gente de mi entorno nos contratan para diseñar ecosistemas cerrados autosuficientes. Pues… —intervino Nina.

—No os entiendo… ¿A dónde queréis llegar —preguntó María, era la que más había bebido y la que aparentaba estar más sobria.

—Creemos que grandes grupos de gran capital están proyectando y construyendo ciudades para aislarse allí del resto del mundo. Ciudades automatizadas, controladas por IA y mantenidas por robots. Y por supuesto blindadas y armadas para evitar que nadie sin permiso se acerque —explicó Nina.

—¡Mierda…! —exclamó Rebeca—. Eso explicaría lo de la micro fábrica de biochips.

—¿Micro fábrica de biochips? —preguntó Roberto desde la cocina—. Esto… ¿Alguien más quiere un café?

—Sí, hay una empresa que ha patentado una micro fábrica de biochips totalmente automática. Su capacidad de producción es ínfima y no sería ni mínimamente rentable comparado con los precios de la mega factoría de Namibia. Pero para una ciudad que quiera ser autosuficiente… —explicó Rebeca —.Si queréis os mando enlaces a la información que tengo  al móvil.

—Vaya… Así que estos cabrones quieren realmente hacer ciudades estado. Yo había leído algunos informes de inteligencia en ese sentido, pero misteriosamente desaparecían de la red gubernamental a una increíble velocidad alegando que no tenían fundamento —dijo Roberto poniendo sobre la mesa una bandeja con tazas y una humeante cafetera—. Bueno. Pues me temo que ya vemos la cara de la verdadera Singularidad… Una minoría va a vivir como dioses del antiguo Olimpo y a los demás que nos den… —comentó después de apurar su taza de café, se quedó absorto mirándola, donde se veía el emblema de la federación unida de planetas, la alzó enseñándosela a José que se encogió de hombres con una sonrisa cómplice.

—Tenemos que hacer algo, deberíamos hacerlo público… —indicó María con rabia.

—No servirá de nada. Nosotros venimos denunciando hace años el problema de los costes abusivos de los biochips y es siempre chocarse contra un muro. Si hay un grupo con suficiente dinero que vea sus intereses comprometidos da igual el follón que montemos que  siempre acabamos silenciados —comentó Martín con amargura.

—Yo llevo dos intentos de palizas, un atropello, varias llamadas al orden y un intento de asesinado por un sicario que afortunadamente no era de los buenos —explicó Roberto, sirviéndose otro café —. Doy fe que es pegarse contra un muro inmenso y con matones que custodian el muro no sea que alguien lo abolle con los cabezazos...

—Habrá algo que podamos hacer… —expuso Nina.

—Pues… Como no montemos nuestra propia ciudad estado… —aventuró José—. Pero claro a menos que alguno de vosotros sea un supermillonario y lo haya mantenido en secreto todo este tiempo que nos conocemos…

—Espera… ¿Qué has dicho? —preguntó Roberto, levantándose de un salto del sofá.

—Ha dicho que nos hagamos nuestra propia ciudad estado —comentó María.

—Sí eso. Eso es… Amigo mío… sigues siendo un cabronazo genial —dijo Roberto mientras se acercaba rápidamente a José y lo abrazaba riéndose sin parar.

—Voy a preparar otra cafetera… Creo que nos hace falta a todos… —comentó Patricia ya de camino a la cocina.

—Sí, sí. Café, más café… Pero no porque esté borracho, lo necesitaremos para discutir el plan de cómo hacernos nuestra propia ciudad estado y escapar de la que se nos avecina —explicó Roberto soltando a José no sin antes estamparle un sonoro beso en la mejilla.

—Pero hombre… ¿De dónde vamos a sacar los recursos para construir una maldita ciudad? —preguntó José todavía abrumado por la reacción de Roberto.

—No vamos a construirla. Vamos a robarla… bueno a confiscarla… La ciudad ya existe… Bueno no es exactamente una ciudad pero nos valdrá… —comentó Roberto atropelladamente a medio camino de la cocina para ayudar a Patricia a preparar más café.

—¿Seguro que no estás borracho? —preguntó Manuel mirando  de reojo a Nina, ella se encogió de hombros a modo de respuesta.

—Estoy un poco chispado… Pero te garantizo que estoy totalmente lucido. Veréis… Hay una instalación militar en los Pirineos, es un antiguo búnker construido para albergar a la flor y nata del gobierno y del empresariado en el hipotético caso de una guerra nuclear o bacteriológica. Está medio abandonada solamente custodiada por unos pocos soldados y un pequeño equipo de mantenimiento —gritó desde la cocina.

—¿Alguien quiere infusión u os va bien café a todos? Bueno también hay más alcohol para el que se atreva… —comentó Patricia.

—Pero si lo intentamos acabemos todos muertos… —señaló María masajeándose las sienes.

—No necesariamente. Muy poca gente sabe que existe ese búnker, es alto secreto. Lo que tenemos que hacer es hackear el sistema y borrar todos los registros de su existencia. Luego ocuparnos de que los que sabían algo se apunten al proyecto… —explicó Roberto—. Oye, todo esto me ha dado hambre… ¿Alguien más quiere un sándwich? —preguntó a voces con la cabeza prácticamente metida en la nevera.

—Si me das acceso a la red militar yo mismo puedo hacer eso, puedo borrarlo todo —indicó Manuel—. ¿De qué es el sándwich?

—Pensadlo bien… Ya está construida, lo que tenemos que hacer es pertrecharla. Llenarla de gente que opine como nosotros y cuando todo esto estalle ya estaremos allí. Pues a ver… hay como siete tipos de queso distintos… Es agradable ver que ciertas cosas todavía no se han perdido.

—Pero… ¿No seremos entonces igual que ellos? Quiero decir abandonaremos los demás a su suerte… —preguntó Nina con expresión dubitativa.

—Puede que sí. Pero hemos intentado todo lo posible y no hemos conseguido nada. Por lo menos nosotros y mucha gente tendrá una oportunidad. Créeme, cuando todo esto explote o bien habrá revueltas caos y muerte o habrá una represión violenta con muchas muertes incluidas… —contestó José, después de meditarlo unos instantes—. A mí tampoco me gusta la idea del todo, pero no creo que tengamos muchas alternativas.

—Pero  ¿De dónde vamos sacar el dinero…? —comentó María casi pensando en alto.

—El dinero dentro de nada ya no valdrá nada, perderá su significado cuando la economía tal como la conocemos se derrumbe finalmente —aseveró patricia—. Es una idea arriesgada, pero yo voto por intentarlo, total no tenemos nada a perder…

—Mismo así para pertrechar el búnker ese… —insistió María—. Si queremos ser auto suficientes vamos a necesitar muchas cosas.

—Robaremos lo que podamos por supuesto… —sentenció Roberto—. Lo demás nos arreglaremos

— ¿Quién se apunta? —preguntó Manuel.

 

Ministerio de defensa. Años seis después de la Singularidad.

 

Un lluvioso y frio día de otoño, en el que alguna vieja cicatriz insistía en recordarle a Roberto que ya no era tan joven como él pensaba, le llegó un correo de Inteligencia con la ficha de una supuesta activista peligrosa.

Abrió la ficha y se encontró con la foto de una mujer de mediana edad llamada Esther, tenía unos ojos grandes y profundos y una sonrisa sincera. Una experta hacker, afiliada a grupos ecologistas y activista de ONG de diversa índole desde derechos civiles a presión contra el gobierno. Por un momento pensó que era una más de las muchas personas que los servicios de seguridad monitorizaban siempre intentado sofocar cualquier tipo de revuelta pues la sociedad era una bomba a punto de explotar y cualquier chispa podría provocar un caos. Pero, algo le llamó la atención, ella había sido de las primeras en clamar contra La Santa Iglesia de la Singularidad y su discurso fanático y reaccionario. Siguió leyendo la biografía de Esther y pasó a buscarla en las redes sociales, encontró mucho rastro de activismo, pero nada ilegal. Nunca supo en que momento quedó atrapado por ella, pero en un instante dado pensó que era el momento de poner en marcha la segunda fase del descabellado proyecto que habían urdido una alocada noche regada de caipiriñas y café a la luz de una chimenea en una vieja casa de campo con algunos amigos de toda la vida. 

Ya tenía reclutado a varios militares descontentos y se aseguraron el control del búnker a base de enviar allí a soldados del grupo. También algunos miembros del equipo de mantenimiento que prácticamente llevaban viviendo toda la vida en el búnker se unieron al proyecto. Ahora había que empezar a reclutar personal civil al margen del grupo que José tenía ya incorporado en diversas universidades entre profesores y alumnos. Manuel usando sus credenciales de la red militar se dedicó a borrar concienzudamente todo rastro de la existencia y ubicación del búnker y había hecho lo mismo con un cargamento de armas destinado a una base militar que acabó desviado hacia los Pirineos.

Transfirió la información de la ficha de Esther a un archivo personal y borró la información que la identificaba como presunta terrorista en el recién fundado ministerio de Seguridad Ciudadana, al hacerlo le saltó un alarma avisando que Esther también estaba fichada como presunta hereje por la sección de la Inquisición de la Santa iglesia de la Singularidad. Frunció el ceño pues ni siquiera él podía acceder a los datos de la Inquisición que estaba asumiendo demasiadas funciones últimamente. Empezó a urdir un plan para reclutar a Esther y su célula “terrorista” para la población del búnker de los Pirineos.

 

 

Palacio del gobierno. Federación Ibérica  Año siete después de la Singularidad.

Después de una reunión más tensa de lo normal en el que quedaba patente que se había llegado a un punto sin retorno en la situación de país. Leonor y Sebastián se levantaron de sus respectivas sillas dejando con la palabra en la boca al mismísimo Presidente.

—En realidad hemos venido a despedirnos… —dijo Sebastián—. Roberto, nos complacería que te unieras a nosotros, puedes acompañarnos ahora mismo si lo deseas.

—Leonor, Sebastián. Es un honor que contéis conmigo, pero tengo obligaciones. No obstante os agradecería si me dejaseis en el centro de mando que se ha montado en el aeropuerto militar —contestó Roberto, había agradecimiento en su mirada aunque en su interior su mente bullía de preocupación.

—Te llevaremos encantados. Nuestro helicóptero está a tu disposición —dijo Sebastián después de cruzar una rapidísima mirada con Leonor.

—La oferta sigue en pie. Serás bienvenido siempre que quieras —dijo ella ya de camino a la puerta seguida de cerca por los dos hombres.

Roberto se despidió y abandonó el helicóptero que levantó vuelo enseguida perdiéndose en la lejanía. Busco un lugar tranquilo en el hangar y activó un teléfono militar de alta seguridad.

—Hola Esther —dijo Roberto al establecer la comunicación fuertemente encriptada —. Ha empezado. Ya se ha destapado el pastel de las Ciudades Estados, ahora todo va ser muy rápido ¿Te encargas de avisar a lo demás?

—Sí claro… Esto…

— ¿Qué te pasa? —preguntó Roberto al notar la preocupación en su voz

—La Inquisición ha arrestado a mi hermana y vendrán a por mí.

—Tranquila… —comentó Roberto—. Haré que te envíen la información de cómo hackear los calabozos. Tú entra en el sistema y haz que la suelten, y yo enviaré a alguien a recogerla y trasladarla a lugar seguro.  Dentro de dos días. Te recojo en el punto de encuentro y subimos al búnker. Si algo va mal avísame sin falta.

—Ten cuidado —dijo ella.

—Te quiero... —terminó de decir él rápidamente antes de colgar cuando su IA asistente le avisó que alguien intentaba rastrear su teléfono.

Colgó el teléfono, hizo señas a dos de sus hombres para que lo acompañaran y se dirigió a la universidad a hablar con José, esperaba que hubieran podido reproducir la vacuna aunque tenían pocas esperanzas. Lo más difícil todavía estaba por llegar, pero ahora intentó concentrase en el siguiente paso del plan.

Victor M. Valenzuela 04/2020.

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