Relatos 2020: Rosa Sanmartín con "René"

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  Relatos 2020

Historias de guerra

 

RENÉ

Por Rosa Sanmartín

 

I

Me despierto al sentir el contacto de alguien sobre mí. Todo está oscuro. Dos personas me tocan; lo sé, porque una de las manos es suave como la de Margot; la otra parece mucho más robusta. No sé bien qué hacen conmigo. La mano de la mujer me acaricia durante unos minutos. Intento hablar, interrogarles, pero las palabras no salen de mi boca. Tampoco oigo nada a mi alrededor.  Todo está en silencio.

Todo está en silencio y oscuro.

Me concentro en el olor que destila este lugar. Huele a sangre, a putrefacción. Quizá estoy en un hospital de campaña, aunque no oigo a los otros soldados gritar de dolor. Algunos compañeros, algunos de los que fueron heridos, me contaban cómo era estar en un lugar así: gritos, súplicas, soldados rezando para morir ese mismo día. Aquí no se escucha nada. Pero este lugar no es el campo de batalla. Allí no hay manos de mujer. Me habrán herido. Tal vez esté casi muerto. O prisionero; eso sí que no podría soportarlo. Si soy prisionero, prefiero morir. Ojalá no pase de hoy. Ojalá este despertar sea la antesala de la muerte.

Otra vez esa mano de mujer. Me muevo inquieto en lo que creo que es una camilla y siento que alguien me sujeta por los hombros. Noto un dolor agudo. Grito. No me oigo. Necesito saber qué está pasando, qué ha ocurrido, dónde estoy. La guerra. Luchaba contra los alemanes. Disparaba, a veces sin mirar. Lo importante era matarlos y vengar a mis hermanos de batalla.

Tengo veinte años y he visto morir a muchos amigos. Tantos, que he dejado de contarlos.

Ya no quiero amigos aquí.

Traigo a mi mente el recuerdo de Margot. La echo tanto de menos... Evoco nuestra infancia, cuando jugábamos en el patio de la casa de París. Mi memoria no ha muerto. Ojalá no se apague; ojalá esté conmigo hasta que yo desaparezca. Pobre Margot. No se sobrepondrá a mi pérdida. Solo nos tenemos el uno al otro. Siempre ha sido así, desde que éramos niños, porque padre siempre estaba trabajando y madre... Madre no estaba.

Me gusta recordar aquellos años en los que madre y yo salíamos a pasear cada tarde por los Campos Elíseos. Entonces todavía era un niño y no sabía lo que era el dolor. Allí nos reuníamos con padre. De esos días, puedo visualizar su sonrisa cuando nos veía acercarnos y cómo le daba un beso en los labios a madre antes de cogerme en brazos a mí. Alguna vez, incluso, le pregunté si la quería más. Él me pellizcaba la nariz y me decía que no.

Aunque yo sabía que me engañaba.

Cuando ella murió nada volvió a ser igual. Padre dejó de reír. Se pasaba los días metido en su habitación o en el despacho y rara vez acunaba a Margot cuando lloraba. Padre contrató a una institutriz para poder desaparecer más tiempo. Yo, mientras, me encerraba en mi cuarto y lloraba hasta que caía rendido pensando cuánto echaba de menos a madre. En esos días empecé a odiar a Margot por nacer. Su llegada había supuesto demasiados cambios.

Como padre, tampoco yo me acercaba a su moisés.

A los siete meses de su nacimiento, mientras comíamos en la mesa, Margot balbuceó una especie de ma-ma-ma. Todavía puedo ver la expresión de padre. Sentí tanta pena por él, que lo único que se me ocurrió decirle fue que madre estaba muerta por su culpa. Padre se levantó de la mesa y vino hacia mí. Pensé que iba a pegarme. Sin embargo, me cogió en brazos, me miró, y me dijo que no había sido culpa de Margot, que a madre la había elegido Dios para estar con él.

Entonces, lleno de rabia, le grité que odiaba a Dios por ello. Padre me contestó que él, a veces, también, pero que teníamos que ser fuertes. Aunque ninguno de los dos lo éramos. Él seguía sin atender a Margot, nunca la cogía en brazos, nunca le sonreía. Lo único que se permitía hacer era pasar horas y horas en la oficina.

Comencé a pensar que, junto con madre, también había muerto padre. Y que Margot era la que tendría que haber muerto, la que tendría que haber desaparecido; porque así, padre, madre y yo seríamos felices. Igual que lo éramos antes de que llegara.

Todo era culpa suya.

Hasta que una calurosa mañana de julio de 1904, cuando jugaba en el salón, Margot se puso de pie, estiró los brazos y vino directa hacia mí. Todavía puedo escuchar su risa mientras daba sus primeros pasos. Se tambaleaba de un lado a otro con los brazos en alto como si quisiera mantener su estabilidad. Era la primera vez que caminaba. Después, mientras yo la miraba sonriente, perdió el equilibrio. La cogí fuerte entre mis brazos. Ella reía divertida por esa hazaña. Sus ojos verdes me observaban. Reí con ella. Me puse en pie y la abracé.

Ese día dejé de odiarla.

II

Amelie me despierta. Ella es una de las tantas enfermeras de guerra que nos atienden. Me ofrece la medicación, que tomo muy despacio. Todavía no tengo fuerza en el brazo derecho y el izquierdo sigue inmovilizado. Como mi pierna, que empeora cada día más. Llevo acostado en esta camilla dos semanas y no mejoro. Sigo sin oír nada. El médico viene a visitarme: “Poco a poco, poco a poco”, me dice mirándome a los ojos. No sé qué significa eso. ¿Que volveré a ponerme en pie? ¿Que volveré a hablar? ¿Que moriré poco a poco?

            Eso es lo que deseo. No he visto lo que aquella granada hizo en mí, pero sé que tengo destrozada la cara. Ese era el motivo por el que no podía ver. Habían colocado vendas por todas mis heridas. Amelie se acerca cada día a curarme, pero en su rostro noto una gran desazón. Por eso creo que estoy muriendo. Como mis compañeros. A todas horas veo pasar camillas con hombres muertos, hombres destrozados por la guerra. Ojalá pudieran darme una medicación que me hiciera dormir. No me quedan fuerzas para luchar. Si ese es mi futuro, que llegue cuanto antes y todo desaparezca, que se haga un oscuro en mi cabeza y ya no despierte más. Me gustaría quedarme dormido y morir. Eso es lo único que deseo ahora. Morir. No volver a ver más la cara de Amelie; su rostro descompuesto cuando se acerca a mí y ve el horror.

            Pobre Margot. Es lo único por lo que siento morir, por ella. Por no poder mirar sus ojos verdes. Me gustaría verlos antes de morir. Solo una vez. Me bastaría para descansar tranquilo. Después, si quieren, pueden tirarme a una fosa común. No me importa. Al menos estaré con otros soldados y Margot no tendrá un sitio al que ir a llorar. Así olvidará más pronto. Y padre. Otra pérdida más que soportar. Tal vez si le hubiese hecho caso. Tal vez si no hubiera venido… Pero ahora ya es tarde para lamentarse. Lo único que le pido a nuestro Dios es que me lleve, que me lleve con él y con madre. Descansar. Dejar de sufrir. Poder borrar el horror de mi cabeza.

Amelie vuelve a mi lado con un médico nuevo. Me hace una revisión exhaustiva. Observa detenidamente mi cara mientras dialoga con ella. No sé qué hablan. Después, me mira a los ojos y me pide que hable. Consigo realizar algunos sonidos guturales, o eso creo, porque es lo que resuena en mi cabeza. Parezco un niño recién nacido, aunque puedo pensar, recordar y sentir. Lo demás, creo, se apagó cuando caí en el campo de batalla. Amelie y él sonríen. No sé qué significa eso. Tal vez he hablado más de lo que imagina mi cerebro. Me miran los brazos. Consigo apretarle la mano con fuerza y vuelve a sonreír. La izquierda sigue inmóvil. Le toca a mi pierna. Sus caras, entonces, ya no expresan la misma alegría. Están preocupados. Amelie se aleja y vuelve con otro doctor. Revisan de nuevo mi pierna izquierda. Nada. Tampoco yo la siento. Me mueven, ahora, la derecha. Consigo doblar la rodilla con ayuda. Vuelven a la izquierda. Me miran y niegan con la cabeza.

El segundo doctor se va y vuelve con dos militares. Me trasladan. No sé dónde vamos. No sé qué quieren hacer conmigo. Se adentran en una habitación que huele diferente. Aquí no noto ese olor a putrefacción. Creo que estoy en un quirófano. En un quirófano de un hospital de campaña. Amelie se acerca a mí. Me aprieta la mano y susurra algo que no puedo escuchar. En mi cabeza hay un tremendo ruido, como un zumbido constante.

Despierto solo. Me mantengo quieto. Me duele el cuerpo. No sé cuánto tiempo permanezco así, sin pensar. Por fin una enfermera viene a verme. Sonríe. Supongo que eso es bueno. No lo sé. Amelie aparece por detrás. También sonríe. Estás a salvo. Hemos tenido que cortarte la pierna. Vivirás. Intento llevar mi brazo hasta allí. Tocarme la pierna. Me pongo nervioso. Grito. Amelie intenta calmarme, pero ya no hay nada que pueda hacerlo. Dejadme morir, les suplico. No quiero ser un mutilado. No quiero vivir atrapado en una silla. No quiero. No quiero.

Lloro. Lloro como si fuera un niño pequeño. Lloro por la angustia, el miedo y la pena. Pena de este cuerpo desfigurado. No quiero volver a casa. No quiero que me vean así. Prefiero morir. Que no puedan verme. Que me recuerden como el René que fui. El joven René.

Ahora comprendo por qué se reza. Por qué se reza para morir.


 

III

Acostado sobre la cama, con los ojos cerrados, recuerdo el día en que llegué a casa. Por la mañana, un doctor se acercó a mí y me inyectó algo en el cuerpo. Me dormí casi al instante. Cuando desperté, sentí un dolor intenso y muchas ganas de vomitar. Moví el brazo para avisar a las enfermeras.

Y apareció Margot.

Reconocí de pronto la estancia, la mullida cama, el olor a limpio y el perfume de mi hermana. Estaba tan guapa como siempre, aunque algo en su mirada había cambiado. Padre se acercó también. Él estaba viejo y desmejorado, el pelo blanco. Margot se acercó a mi cara y me dio un beso. Eso sí pude sentirlo. Me reconfortaba el calor de sus labios. Me miró a los ojos y empezó a llorar. Cada vez más fuerte.

Antes de la guerra, no lloraba nunca.

Pasaron semanas hasta que conseguí soportar el dolor físico que invadía mi cuerpo. Margot me administraba calmantes para poder sobrellevar las molestias. Se había convertido en mi enfermera. Me odié por ello. Soy yo el que tendría que cuidarla. En lo único que pensaba en aquellos días era en morir, en no sacrificar a mi hermana llevándola a una vida miserable cuidando de su hermano mutilado. Cuidando de una persona que no recobrará la vida. Pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Rezando.

Pero una mañana Margot apareció en la habitación con una silla de ruedas. Entonces entendí que no podía dejarme morir, que Margot, a su manera, me necesitaba. Y quizá también padre. Aunque él casi no me visitaba. Otra vez estábamos solos Margot y yo. Comprendí que René, aquel René que creí desaparecido, debía hacer un esfuerzo por incorporarse, por mover su cuerpo. Hasta que consiguiera rescatar, de allá donde estuviese, al René de 1914. Y lo hice. Por dentro me rompía de dolor, pero en mi maltrecha cara yo intentaba dibujar una sonrisa para que Margot se sintiera feliz, para poder verla reír y alegrarse a cada paso que daba. Si conseguía poner el pie en el suelo y sujetarme con la muleta, ella aplaudía, si lograba apoyar el brazo e incorporarme solo en la cama, ella reía.

Tal vez por Margot merecía la pena luchar. Pero luchar sin armas.

Lo hice. Poco a poco me reincorporé a una vida en la casa, a veces con mis muletas, a veces con la silla de ruedas. Dejé de comer en la habitación y lo hacía con Margot, en el inmenso salón. Nos sentábamos uno al lado del otro. Ella me ayudaba a comer. Me hablaba. Me contaba cosas que casi no podía entender. Pero lo único que me importaba era verla sonreír, ver sus ojos verdes sin lágrimas. Tenerla cerca. Después de la comida, me acostaba a descansar. Y esperaba el regreso de padre que, como cuando madre se fue, era cada vez más tardío.

Porque para padre, René se había ido para siempre. Al principio, padre pasaba por el cuarto antes de acostarse y se sentaba en la silla, cerca de la cama. Pero poco a poco, dejó de visitarme. Siente repulsión por mis heridas. Lo sé, aunque él no lo haya dicho nunca. Supongo que el día que yo me vea, también sentiré repulsión. No lo culpo por ello. A veces me miraba desde la puerta con cara de lástima y salía sin decirme nada. Aquello fue lo peor, porque Margot se enfurecía con él y yo los veía pelearse por la noche cuando él regresaba. El zumbido seguía en mis oídos, pero comenzaba a escuchar, aunque lejanas, sus voces. Después de innumerables riñas, de reclusiones mías en la habitación para no verlos pelear por mí, llegaron los silencios. Los silencios en la casa. El silencio de Margot y de padre.

Nada más.

Después de eso, quise morir. Quiero morir a cada instante. Y cada día, cuando se hace de noche, rezo para no despertar. Y cada día, como si fuera una penitencia que tuviera que soportar, mis ojos se abren y sigo vivo.

Y yo, yo no quiero vivir.


 

IV

Ojalá me hubiera vuelto loco y no supiera qué es lo que pasa, qué es lo que sucede a mi alrededor. Pero mi cabeza es lo único que se salvó de aquella granada. Maldita sea ella. Todavía escucho un fuerte zumbido dentro de mi cabeza, balbuceo muy pocas palabras, mi brazo izquierdo lo cubre una gran cicatriz y casi no puedo moverlo, y mi cara… Mi cara ya no es la del René de los dieciocho años. No sé cuántas veces me han trasladado de mi habitación al hospital, ni cuántos médicos han venido a visitarme. Aunque nada sirve. Soy un mutilado de guerra, uno más de los tantos millones.

Sé que padre insiste en curarme, que no ceja en su empeño. No hay nada que hacer, padre. Lo sé. Él no. Por eso me somete sin cesar a operaciones que mi pesado cuerpo ya no soporta. Intervenciones para sacar la metralla de mi cuerpo o para mejorar mi aspecto. Descubro el fracaso de cada una de ellas por la cara de espanto que pone padre. No habla desde hace mucho. Aunque su cara me dice más que cualquiera de las palabras que pueda pronunciar.

A diario veo las imágenes que salen en los periódicos. Obligo a Sophie, mi enfermera, a que me los traiga. Ella se niega, dice que padre no le deja, pero al final cede y puedo ver las secuelas de la batalla. Hombres con cráneos hundidos, caras desfiguradas, rostros con agujeros que permiten ver lo que hay más allá; hombres con cicatrices que recorren de parte a parte su cara; hombres que utilizan máscaras para no enseñar lo que les hizo la guerra.

¿De verdad cree padre que quiero vivir así? ¿Cree que algún día podré salir a la calle como esos hombres? Por eso quiero morir, porque nunca más volverá René. Pero él se siente culpable. Se siente culpable por no poder recuperar a su niño. Por no haber parado al insensato que se escondía tras un uniforme. Ahora es tarde. De aquella guerra, de esa guerra que sigue, que sigue matando soldados, de esa guerra no volvió René. Yo lo sé; y él también, aunque no quiera aceptarlo.

Por eso padre, por su culpabilidad, se ha escondido tras un silencio que me mata, que no puedo soportar, porque es el que se siente antes de salir a luchar. Antes de la batalla solo hay silencio, y miedo. El mismo miedo con el que me despierto por las noches bañado en sudor, mientras una única pesadilla se repite: el combate, los muertos. Amigos muertos, brazos y piernas separados de sus cuerpos, cráneos destrozados por la metralla.

¿Cuántas veces no nos habremos matado?

¿Cuántas veces no nos habremos muerto?

En mis sueños oigo a los compañeros gritar de dolor. Odio no estar sordo entonces. Me gustaría no escuchar sus gritos en medio de la noche. O su llanto mientras le piden a su dios que acabe pronto la batalla.

En mis sueños lo veo todo como si fuera una película; una película a la que yo sobreviví.


 

V

Padre, Margot y Sophie están conmigo en el hospital. Acaba de llegar el médico. Viene a quitarme el vendaje de la última operación. Todo se ralentiza. Tiemblo. Por delante de mí, solo una mano repleta de vendas ensangrentadas y sucias. Vendas que se desprenden de mi cara. Cierro los ojos despacio y visualizo la imagen del René de antes. Logro retener las lágrimas. No quiero que me vean llorar. Por la sonrisa de Margot entiendo que la operación ha salido mejor de lo esperado. Observo a padre. Sonríe, aunque menos que Margot. Eso significa que no ha ido del todo mal. Aún así, sé cómo estará. Os lo he dicho. Sé cómo acaban esas caras operadas, esas cicatrices que recuerdan a quien te mira que tú estuviste en el campo de batalla.

El doctor me observa con detenimiento. Toca mi cara. Está muy hinchado, es normal. El dolor y el hematoma remitirán. Me ofrece un espejo. Mis manos tiemblan al pensar qué es lo que se encontrarán al otro lado. Permanezco inmóvil, sin valor para mirar. Cuando logro vencer el miedo, acerco el espejo a mi cara. Pero solo consigo ver un gran moretón.

El médico dice que deberán operarme una vez más si quiero disimular la cicatriz. Margot está convencida de que con el dinero de padre podrá conseguir que deje de ser un cara rota, como dicen aquí. Se equivoca. Me enternece la fuerza que pone en que su hermano, que tanto la odió al nacer, se recupere. Sin embargo, yo estoy cansado de esto.

Aún no he conseguido superar la primera operación, la de mi pierna. Una pierna que, extrañamente, hay noches en que todavía la siento; noches en que noto un dolor agudo en la punta de un pie inexistente. Después de aquella intervención, Amelie me ayudaba a levantarme. Aquello fue peor. Entonces sí pude ver lo que había a mi alrededor. Montones de hombres se hacinaban en camillas semejantes a la mía. Gritaban de dolor, se agarraban los brazos que les colgaban después de una herida, la sangre ocupaba el suelo de aquel lugar. Era lo mismo que en la guerra, pero con hombres llorando y gritando como si fueran niños indefensos. La mayor parte del tiempo permanecía con los ojos cerrados, acostado. A veces me alegraba de la cantidad de hombres que llegaban al campamento, así las enfermeras no venían a por mí y yo no tenía que ver sus caras de horror cuando se acercaban. Entonces parecía un monstruo.

Todavía hoy lo soy. Soy un cara rota. Como los otros.


 

VI

Sophie ha descubierto que puedo oírla. Parece una estupidez, pero para mí significa mucho. Supone que es la única que me observa, que está atenta a lo que me pasa. Margot y padre creen que todavía tengo secuelas, que no puedo escuchar lo que se escupen cada día. Por eso, también, les hago creer que no me he recuperado. No son palabras de amor, no son como esas que pronunciaban antes.

Sophie, en cambio, siempre tiene palabras cariñosas conmigo, intenta que me levante cada vez más, que mueva mi pierna, mis brazos, que me convierta en la persona autónoma que he de ser. Dice que para eso son las operaciones. Para que pueda moverme sin necesitarla a ella. Aunque quiero necesitarla. Cada día que pasa me gusta más estar con Sophie. Siento que a su lado sonrío más de lo que creía. Incluso hay momentos en que consigo olvidar lo que soy, un mutilado. A menudo me trae libros que comienza a leer sentada en mi cama. Cuando lo hace, dejo de atender a la lectura y la observo a ella. Solo quiero mirarla, observar cómo mueve sus labios, cómo se iluminan sus ojos azules. En ese momento quisiera abrazarla, besarla...

Segundos después, recuerdo cómo soy y me dejo caer sobre la cama.

Ella, entonces, sonríe dulcemente, me acaricia el rostro y se marcha. Supongo que cree que quiero dormir, aunque lo único que deseo es soñar con ella.

Sophie, pero, es inalcanzable para mí, aunque la pueda soñar.

¿Crees que no me he dado cuenta? Me dijo una mañana. Sé que puedes oír lo que te digo. Por eso hoy te levantarás solo y saldrás al jardín sin tu silla de ruedas. Esa en la que te escondes. No te lo permitiré. No puedes engañarme. A mí, no.

Le sonreí. Mis labios, por fin, esbozaron una sonrisa al saber que no me equivoqué con ella, que lo que sentí el primer día que entró en mi casa, el día que cruzó la puerta de mi habitación, era real. Ella estaba allí, quieta, sonriendo, los ojos azules, el pelo negro recogido en un moño, la cara pecosa, especialmente en los pómulos, al lado de su pequeña nariz respingona. Cuando se acercó a mí me miró con ojos cálidos, como con vida, y eso era algo raro en aquellos días.

Su vitalidad se contrapone a la pasividad con la que padre deja pasar las horas. A veces, cuando logra vencer el miedo y el estupor que le produce ver a su hijo, aparece por la habitación, casi siempre a altas horas de la noche. Procura no hacer ruido ni molestarme. Pero habla. Habla porque cree que no puedo entender todo lo que dice; que duermo o que todavía no le escucho. Llorando, me dice que nada es como él hubiera imaginado, que no es esta la vida que pensó para mí. Se me escapan las lágrimas cuando le oigo. Dice que comprende a Margot, todo lo que le recrimina, todo lo que le reprocha día tras día, porque él también se culpa por haberme dejado marchar al frente, por no haber hecho nada, por no haberme detenido. Tendría que haberlo impedido, esas son las últimas palabras que pronuncia desde la puerta.

Me gustaría poder gritarle que no fue culpa suya. Que sabía que él no quería que me alejara de casa, que nuestro dinero hubiera podido parar ese destino. Sin embargo, entonces, yo era joven. Todas las chicas llevaban en sus carteras una foto del soldado en combate. ¿Iba a ser yo menos? Deseaba que alguna joven llevara la mía. En eso era en lo único que pensaba cuando me fui. No en padre, no en Margot.

Y me di cuenta, tarde, de que la guerra no era un juego ni un lugar en el que leer cartas de amor lejanas. No, allí no hay tiempo para eso.

En lo único que se piensa es en sobrevivir y en volver a casa.

Porque cuando ves a tu compañero muerto, rezas para no caer ese día, para resistir uno más,  para que la guerra termine de una vez y para siempre. En la guerra rezas para apuntar bien, rezas para que ese dios al que nunca te confiaste y del que nunca quisiste saber su nombre, se lleve a tu amigo y no vaya a por ti.

Porque en la guerra descubres que las balas son de verdad... y matan.

 

VII

La guerra ha terminado. Sophie, Margot y padre están felices. Después de más de cuatro años de lucha, por fin, se habla de paz. Y si no fuera por los millones de muertos que se llevó la guerra, hasta me parecería una palabra hermosa. No lo es. Mientras esa falsa euforia se vive en el exterior, yo quisiera permanecer encerrado en casa. No salir. No quiero encontrarme con el bullicio de aquellos que creen que todo ha terminado, porque sé que esa guerra no terminará nunca en los hombres que lucharon; en las mujeres que curaron. Nada volverá a ser como antes. Los muertos, los mutilados, los caras rotas estaremos ahí para siempre. Las heridas que dejó la guerra no cicatrizarán. Aunque eso es algo que hoy me guardo, que no quiero compartir con aquellos que sonríen como si todo volviera a ser como años atrás.

Pero Sophie me dice que hace sol, que quiere que salgamos a dar un paseo. Cómo negarme. Cómo negarme a esos ojos azules. Caminemos por los Campos Elíseos. Le he sonreído. Ella,  despacio, me ha incorporado en la cama y me ha dejado sentado para que pudiera vestirme. Los brazos ya han recuperado toda su movilidad y mi única pierna comienza a recobrar la musculatura. Si me esfuerzo tanto es por ella, porque cada progreso mío es una sonrisa en su rostro. Si no fuera por ella habría dejado de luchar tiempo atrás.

En el parque, me habla sin parar de lo bonita que está la ciudad, de cómo va tomando vida, de los escritores que caminan por París, de los pintores bohemios. En Montparnasse se juntan todos. Algún día te llevaré, me dice. Sonrío. Ella me mira y comienza a llorar. No sé qué significan esas lágrimas, pero no me gustan. Pienso si ahora que estoy mejor se marchará de casa, se buscará otro trabajo y llevarme a Montparnasse es una despedida. No quiero que se vaya. Balbuceo algo ininteligible hasta para mí. Me pongo nervioso.

Sophie, entonces, me enseña un libro. La vieja línea del frente. Lo he tenido guardado durante mucho tiempo, pero no me he atrevido a leerlo hasta ahora, me dice con lágrimas en los ojos. Niego con mi cabeza para decirle que lo deje, que no siga, que nada de lo que cuente esa narración será hermoso, que ella no tiene por qué leer esos libros. Ella tiene que sonreír.

La mano del tiempo descansó sobre la marca de la media hora, y a lo largo de toda la vieja línea del frente de los ingleses vino un silbido y un llanto. Los hombres de la primera oleada escalaron los parapetos, en tumulto, oscuridad, la presencia de la muerte, y habiéndose hecho con todas las cosas agradables, avanzaron sobre la tierra de nadie para comenzar la Batalla del Somme.[1]

Entonces, mientras sigue llorando, me confiesa que lo que más detestaba de la guerra era el olor acre de la muerte, el hacinamiento de los enfermos, la sangre por el suelo de los hospitales, los gritos, el llanto... Nunca imaginé que ella venía de la guerra. De una batalla que también libré yo. Ahora sé por qué llora. Le he cogido su mano y la he acariciado.

Y así, me he quedado en silencio durante demasiado tiempo. Ella conmigo. Dejándose acariciar.


 

VIII

Sophie entra para prepararme el baño. Me niego. Le digo que esperaré a que venga Margot para ayudarme, como otras veces. No sirve de nada. Lo cierto es que, ahora, no quiero que ella me vea desnudo, sin una pierna y con el brazo lleno de cicatrices. No es la primera vez que me ve. Pero antes no me importaba. Ahora sí. Me da vergüenza solo pensar en cuántas marcas tiene mi mutilado cuerpo. Cuando mis ojos miran al suelo, ven un único pie; cuando observo mis brazos, los veo llenos de heridas de metralla; cuando soy capaz de levantar el rostro y dirigirlo hacia el espejo veo la enorme cicatriz que recorre la mejilla. No quiero que me veas así, Sophie.

Ella sigue sin atender a mis gestos, a mi negativa para entrar en el baño. Desisto. Sus delicadas manos desabrochan la camisa y los pantalones. Le digo que no con la cabeza e intento hacerlo solo. Ella me sonríe y dice que es su trabajo.

Solo soy su trabajo.

Decepcionado, me dejo hacer. Me mete en la bañera de agua caliente. Intento sentir el calor sobre el cuerpo. Sophie comienza a lavarme. Me pasa su mano por la espalda lentamente, casi es una caricia en mi piel. Después, moja el pelo y deja caer el agua como si fuera una cascada. Sonrío al ver su cara infantil. Coloca ahora sus manos sobre las cicatrices del hombro. Las frota una y otra vez, despacio. Balbuceo algo similar a un "no me duele". Sophie me mira y toca con los dedos mis labios. Sigue acariciando mi torso con agua ya templada.

De pronto, sus manos salen del agua y se seca. No sé qué ha pasado. No habla. Solo mira hacia el suelo. Balbuceo más y más, porque quiero decirle que vuelva conmigo, que quiero tenerla cerca, sentir sus manos, pero no consigo hablar. Quiero abrazarla. No quiero que se vaya nunca de mi lado. Está a punto de salir. Y entonces, sin saber cómo, me escucho decir: “Sophie”.

Suena extraño. No es mi voz, pero ella se gira. Eso es lo que importa. Me fijo en su rostro y veo que está llorando. Saco mi brazo del agua y lo extiendo para que vuelva. Se acerca lentamente, se agacha hacia donde yo estoy. Tomo su mano y la dirijo a mi pecho. Acaricio su mejilla para borrar las lágrimas. Ella acaricia mi cara, mis labios. Dejo de sentir vergüenza. Comienzo a desabrocharle el vestido.

Así, desnuda, parece una diosa, tan blanca, tan dulce...

Un pie entra en el agua, después el otro. Su cuerpo queda delante de mí. Su mano recorre mi pierna mutilada. Le pido con la mirada que no lo haga, pero ella sumerge sus labios bajo el agua y me da un beso donde yo dejé de sentir, allí donde ya no hay nada. La acerco hacia mí y la beso. Siento su cuerpo, su pecho excitado. Mis manos se acercan a su ombligo, incluso más abajo. Acarician, despacio, lugares antes no habitados. Sophie arquea la espalda hacia atrás y el pelo negro cae sobre el agua mientras de su boca sale un gemido. Se incorpora para besarme el cuello, la boca. Mis dedos no dejan de acariciarla despacio, poco a poco. Sophie coloca las manos sobre la bañera y tira el cuerpo hacia atrás. Entonces, mi sexo busca el suyo. Siento cómo nuestros cuerpos se tensan, se agarran a ese instante de placer hasta que un largo gemido nos deja sin aliento.

Un silencio lo invade todo. No quiero pensar mi vida sin Sophie. Quizá el final de la guerra sea una realidad. O al menos lo sea para mí. Para nosotros.

Nosotros sí es una palabra hermosa.

Mucho más que la palabra paz.

 

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Web autora: https://www.rosasanmartin.net/

 

[1] Masefield, John: The Old Front Line, 1917.

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  •  Comentarios ( 1 )
Silvia
 Silvia
Muy conmovedor; me gusta
Su comentario ha sido enviado con éxito. Gracias por comentario!
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