Relatos 2020: Miguel Matesanz con "Gracias por el premio"

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  Relatos 2020

Gracias por el premio

por Miguel Matesanz

 

 

Todo comienzo es un final, acostumbraba a decir uno de mis más queridos profesores de facultad siempre que iniciaba sus lecciones sobre literatura creativa en un paraninfo repleto de alumnos, cada uno de los cuales aspiraba a convertirse en el autor más respetado de las letras venideras. Yo formaba parte de esa nutrida concurrencia que escuchaba con arrobo las disertaciones de ese hombre sabio y un poco pagado de sí mismo acerca del equilibrio que siempre debe existir entre el fondo y la forma en una obra de creación. Sus palabras eran la mejor lavativa para las dudas que suelen angustiar a los genios en ciernes: todos salíamos del salón de actos convencidos de estar desarrollando nuestro talento en la forma debida, y en cuanto llegábamos al cuarto que teníamos asignado en el colegio mayor, nos aislábamos del mundo durante unas horas para poner en práctica los consejos que acabábamos de recibir y para persuadirnos a nosotros mismos de que besar los carnosos labios de la Gloria solo era cuestión de tiempo.

Fue en una de estas legendarias clases magistrales donde oí hablar, por primera vez, de Roberto Morcuende.

En aquella ocasión, Irune, mi compañera de cuarto, que una semana antes de la conferencia se había comprometido a acompañarme para completar las anotaciones que yo no tuviese tiempo de transcribir, hubo de salir con urgencia de la ciudad por el fallecimiento de un familiar. Estuve esperando que apareciera hasta un cuarto de hora antes de que comenzara la lección y solo advertí que había dejado una nota en la que me comunicaba su forzosa ausencia cuando abrí la puerta de la habitación para salir a la carrera en dirección al paraninfo: estábamos acostumbradas a que las corrientes de aire, en aquel cuarto, provocasen la desaparición de apuntes trascendentales, advertencias reiteradas del director de la institución o anuncios de fiestas poco recomendables, así que no me sorprendió encontrar la nota de mi compañera al otro lado de la puerta, extraviada, en mitad del pasillo. Arrepentida de la desproporcionada cantidad de barbaridades que le había dedicado a Irune durante la espera, me entretuve unos instantes parada en el pasillo, preguntándome si tenía sentido acudir a la conferencia. Faltaban pocos minutos para que esta comenzara y, a esas alturas, el salón de actos debía de encontrarse atestado. Tendría que hacer uso de las peores artimañas para acceder a un sitio desde el que pudiera escuchar al profesor con una relativa nitidez. Para un carácter severo como el mío, asistir a aquella clase en unas condiciones que no me permitieran tomar apuntes con la comodidad y exactitud necesarias, resultaba de todo punto impensable, pero finalmente me dejé llevar por el inquebrantable optimismo que siempre ha presidido mis decisiones y eché a correr en dirección a las escaleras que había en uno de los extremos del pasillo, convencida de que la suerte me acompañaría a la hora de encontrar un buen sitio desde el que disfrutar de la conferencia.

Mi optimismo siempre se ha mantenido a prueba de balas, pero la realidad, la forma en que esta se impone, es el arma más contundente de todas. Solo encontré un pequeño hueco en el extremo superior derecho del salón de actos. Una compacta ladera de cabezas descendía hacia el estrado en el que mi admirado profesor ya se preparaba para iniciar la lección. A mi lado, una chica de rostro ceniciento y voz trémula le comentaba su último descubrimiento a un compañero que yo no alcanzaba a ver. Conocidos de amigos de conocidos le habían hablado de un escritor prodigioso, desconocido para la gran mayoría de los lectores, que llevaba más de setenta años viviendo de la literatura sin que ninguna de sus obras se hubiera puesto jamás a la venta en un establecimiento comercial. Intrigada por esta curiosa historia, acerqué el oído a esa voz temblorosa y atrapé breves fragmentos de su dispersa narración. En el estrado, el profesor golpeó el micrófono con suavidad, nos dio las buenas tardes y afirmó, como era su costumbre, que todo comienzo es un final. La chica que tenía a mi lado guardó silencio y empezó a tomar notas en unos folios de color malva a una velocidad que, en otras circunstancias, habría despertado mi más mezquina envidia. Pero yo apenas percibía la detestable rapidez de su mano, ni tampoco era capaz de prestar atención a las palabras de ese profesor que siempre había reverenciado. Un extraño encantamiento había caído sobre mí, de forma inesperada, y en mi mente solo se repetían las dos últimas palabras que yo había logrado escuchar de labios de la chica del rostro ceniciento: un nombre y un apellido. Roberto Morcuende.

Salvo su particular introito, no recuerdo una sola palabra de cuantas llegó a pronunciar el profesor aquella tarde. Solo tengo memoria del barullo en la salida y de la imposibilidad de encontrar, entre aquella confusión de voces y rostros, la voz y el rostro que yo buscaba. En cuanto el profesor hubo concluido su disertación, yo me volví hacia la chica que había estado sentada a mi lado durante la conferencia, pero apenas pude ver su espalda escabulléndose entre un muro de espaldas. Intenté alcanzarla, pero, como ya he dicho, no tuve ningún éxito. Muchas veces, después de aquel día, he terminado pensando que esa mujer quizá no fuese real. Puede que tan solo se tratase de una ensoñación destinada a provocar cuanto hice después. En modo alguno puedo estar segura del carácter real o imaginario de ese rostro ceniciento, de esa voz trémula. Solo puedo estar segura de mis actos a partir de aquella tarde, ahora que la que tiembla es mi mano al escribir esta confesión.

Volví al colegio mayor sin cruzar una palabra con nadie, aunque sé que, en el camino, algunos compañeros de clase me dedicaron un saludo o se interesaron por el contenido de la conferencia a la que yo acababa de asistir. Entré en mi cuarto y, hasta una semana después, no volví a salir, salvo para bajar, de vez en cuando y siempre a deshora, a los comedores del rectorado en busca de alimentos y bebidas que saciaran el hambre y la sed, provocados por las largas horas de investigación obsesiva. Irune llamó un par de días después de la conferencia y me comunicó que debía quedarse con su familia hasta que esta volviera a la normalidad. Le envié mis mejores deseos, y nada más colgar, me felicité por el tiempo en soledad del que iba a disponer en las siguientes semanas.

Antes de pasar a describir el procedimiento que seguí en mi investigación, debo detener este relato para explicarles a los lectores que nunca hayan perdido la cordura por el descubrimiento de un autor genial, desconocido para todo el mundo salvo para ti y un exiguo grupo de iniciados, lo peligroso que resulta dejarse arrastrar por lo que yo describiría como una obsesión creativa. Cuando descubres un estilo, una forma de encadenar las palabras, que consigue conmoverte hasta el más puro dolor, que te arranca de raíz del pequeño mundo que habitas y te transporta a un lugar del que no desearías volver, que trastorna tus percepciones hasta hacerte dudar de tu propia existencia..., cuando ese modo de crear y contar una historia te afecta como nunca antes lo ha hecho ningún otro, en ese mismo momento puedes darte por perdido, porque te habrás convertido en un rehén, serás la garantía que exhibirá un escritor egocéntrico para negociar con el maldito Tiempo, y así conseguir que su obra perdure por siempre. Pero puede suceder algo aún peor: en el caso de que también tú aspires a seducir a otros con tu propio estilo, con tu propia forma de encadenar palabras, puede ocurrir que sientas la tentación de imitar ese modo de contar que a ti te ha seducido, y con el que has llegado a obsesionarte hasta el remedo perfecto. Llegado ese punto, deberás tomar una decisión trascendental, y te lo jugarás todo al hacerlo. Créeme. Sé muy bien lo que digo. Me gano la vida encadenando palabras y te juro que cuanto acabo de decirte es cierto.

Lo primero que hice al llegar a mi cuarto, cuando apenas había pasado media hora desde el término de la conferencia, fue perderme en las entrañas de la red, buscando cualquier referencia que pudiera servirme para penetrar en la historia de ese misterioso escritor llamado Roberto Morcuende. Al cabo de pocos minutos, me sorprendió descubrir cientos, miles de informaciones parciales sobre él. Ya en ese primer acercamiento a su trayectoria artística, intuí que obtener una visión de conjunto, ordenada cronológicamente, de su vida y obra, me llevaría mucho más tiempo del que había estimado en un principio, porque no existía ninguna biografía centrada en su persona, no había ninguna relación detallada de sus narraciones, no aparecía ninguna asociación, ningún club, ningún círculo literario dedicado a tan enigmática figura. Lo único que encontré fueron datos fragmentarios, minúsculas piezas de un vasto rompecabezas que solo un prolongado período de tiempo y una férrea disciplina me ayudarían a completar. En esa primera noche de tanteo, acabé con la sensación de que Roberto Morcuende no existía; su nombre no era más que una cortina de humo destinada a confundir y dominar, una perversa humareda que ningún viento, por intenso que fuese, podría levantar, porque en su interior escondía una estrecha cadena de relatos, ensartados uno tras otro como maléficos abalorios.

Sin darme cuenta, en menos de doce horas, mi vida cambió por completo. Arrinconé mis estudios, mis obligaciones, los proyectos que me habían mantenido ilusionada hasta entonces, y me convertí en una especie de cenobita, dedicada únicamente a nutrir mi obsesión. Ahora no sabría explicar cómo logré aprobar la mayoría de mis exámenes. El año que le dediqué a Roberto Morcuende fue como uno de esos sueños que solo recuerdas a medias al despertar. Sé que me hice muy popular en los foros literarios de la red, siempre apareciendo de repente y recabando información sobre mi presa, como una cazadora compulsiva. Sé que visité bibliotecas, tiendas de libros antiguos y mercadillos de ocasión, buscando algún ejemplar de cualquier obra que estuviera firmada por Morcuende, pero solo hallé expresiones de extrañeza en los rostros de todos los libreros a los que interrogué. Estuve a punto de darme por vencida, pero no tardé en comprender que había planteado una estrategia errónea. De nada me serviría aproximarme al personaje, tenía que investigar cada relato, cada pequeño fragmento del rompecabezas, para ir sumando datos que fueran revelando la verdadera naturaleza del enigma.

En consecuencia, a partir del extenso listado de cuentos que había obtenido en mis consultas en la red, inicié una segunda fase de mi investigación que, a la larga, me proporcionaría resultados mucho más satisfactorios que los que había obtenido hasta ese momento. El plan era sencillo: consistía en seguirle la pista a cada relato, de manera que la suma de las informaciones proporcionadas por cada uno de ellos me permitiera establecer un historial completo de la actividad creadora de Morcuende. En los meses que siguieron, invertí buena parte de mis ahorros en llamadas telefónicas, sellos de correos, continuos desplazamientos por todo el territorio nacional, modestos detalles para con las personas que me atendieron y otros de mayor enjundia para con aquellos que me suministraron los datos más relevantes. No hubo archivo de ayuntamiento, por humilde que este fuese, que mis manos no inspeccionasen en toda su extensión. Gasté el dinero que me quedaba en afiliarme a todas las sociedades, ateneos e instituciones de carácter cultural del país, con el propósito de ganarme la confianza de sus miembros y así obtener, de estos, datos confidenciales que pudieran acercarme aún más a Morcuende.

Poco a poco, y a costa de mi supervivencia económica, logré trazar un mapa de la evolución creativa y vital de ese autor sin fama que había acumulado, en setenta años de trabajo constante, muchos más premios literarios que cualquier otro escritor. Un largo año de pesquisas me había desvelado los siguientes extremos (omitiré la relación de relatos, con sus correspondientes títulos y premios, para no sobrepasar la extensión que el sentido común me aconseja darle a esta historia):

La fecha de nacimiento de Roberto Morcuende no figura en ningún registro oficial, pero al menos resulta fácil deducir el año, ya que ganó su primer premio literario a la edad de nueve años, en 1.936. Se trataba de un certamen al que solo podían presentarse alumnos matriculados en el colegio en que Morcuende cursaba estudios. (Debo reconocer que no he logrado encontrar documento alguno que certifique la asistencia de un niño llamado Roberto Morcuende a esa escuela, pero existe un acta con las bases del certamen en el archivo de la institución, y en su apartado sexto establece que únicamente podrán participar en el concurso alumnos matriculados sin cuotas pendientes de abono). Todos los miembros del jurado, profesores del centro, votaron su relato. Esta unanimidad se repetiría en cada uno de los certámenes a los que Morcuende se presentara a partir de entonces. Resulta incuestionable que, a tan temprana edad, ya parecía apuntar un talento innato, una especie de don místico. Durante cuatro años, la guerra interrumpió la convocatoria de premios literarios, pero yo sospecho que, aunque las bombas tuvieran cercada su mesa de trabajo, Morcuende no dejó de escribir en ningún momento, porque el ritmo de creación que hubiera debido imponerse una vez terminada la contienda para poder presentar la cantidad ingente de relatos con que concursó en todos los certámenes convocados a lo largo de 1.940, resulta de todo punto inconcebible. Aunque cueste creerlo, Morcuende ganó treinta y cuatro premios ese año, todos ellos con cuentos cuya extensión oscilaba entre las ocho y las doce páginas. Estamos hablando de un crío de trece años, en un país devastado por una guerra civil cuyos efectos se prolongarían durante toda la década ulterior, y aún más allá. Estamos hablando de un adolescente que ganaba la totalidad de los certámenes literarios a los que se presentaba, y los ganaba con rotundidad, con la aprobación unánime de los jurados. Estamos hablando de un personaje que parecía llamado a convertirse en el escritor más importante no solo de su generación, sino de la historia de la Literatura española. No conozco otro caso tan espectacular de niño prodigio. He repasado enciclopedias, he consultado las actas de todos los certámenes literarios convocados a lo largo del último siglo en todo el mundo (¿de verdad estoy segura de haberlo hecho? ¿Soy consciente de la barbaridad que acabo de escribir?), y no he logrado encontrar otro candidato que pudiera rivalizar con un historial como el de Morcuende. Pero su gloria siempre ha sido tan efímera como el tiempo que dura un acto de entrega de premios. En todos estos años, más de setenta ya, casi nadie ha reparado en la colosal tarea de este hombre huidizo, ambicioso a su manera, y los que lo hemos hecho nos hemos apropiado de nuestro descubrimiento de tal modo que nos hemos prohibido compartirlo con los demás, lo hemos hecho tan nuestro que hemos sido incapaces de renunciar al privilegio del conocimiento exclusivo para que al fin se hiciera justicia con el mejor escritor de todos los tiempos. Los pocos que hemos sabido de él, los únicos que lo podíamos haber rescatado del olvido eterno, le hemos negado el reconocimiento masivo, le hemos robado lo que él nunca quiso. Puedes pensar que, al hacerlo, nos ha guiado un escrupuloso sentido del respeto para con sus particulares aspiraciones como escritor, pero a fuerza de ser sincera debo reconocer que, en mi caso concreto, solo el egoísmo ha dictado mis actos, y también el deseo de preservar una obra, que considero destinada a paladares selectos, de la vulgaridad general.

Entre los quince y los treinta años, Roberto Morcuende ganó todos los certámenes de relatos que se convocaron en el país. Nunca escribió una novela, o al menos ni la publicó ni la presentó a concurso. Ninguna de sus historias sobrepasó jamás las treinta páginas. En numerosas ocasiones se dejó entrevistar por algún plumilla del periódico local, pero nunca hizo la más mínima mención a cualquier aspecto de su vida privada; solo hablaba de literatura, de la forma en que se debían encadenar las palabras. No existen, o no se conservan, documentos gráficos de su persona. Ni una sola fotografía. No se le conocen amigos, familiares, amantes. Nunca ingresó en un hospital. Nunca presentó una denuncia, ni un pleito, ni fue denunciado, ni mucho menos detenido. No cursó estudios universitarios. Nunca desempeñó un trabajo por cuenta ajena, ni realizó actividad empresarial alguna. Solo escribió. Cuentos que no sobrepasaran las treinta páginas. Solo recogió premios. En metálico o en especie, le daba igual. Escribía, recogía su premio y desaparecía. Volvía a donde fuera que tuviera su domicilio, otro enigma que añadir a la lista, y empezaba un nuevo relato. Así lo hacía. Así lo ha seguido haciendo durante más de setenta años.

Cuando hubo ganado todos los certámenes de narraciones breves que se podían ganar en nuestro país, empezó a mandar cuentos a otras naciones. Entre los treinta y los cuarenta años, se hizo con todos los premios convocados en el continente europeo. Escribió más de doce mil relatos, cada uno en el idioma oficial del país al que fuera enviado. No parecían existir límites para su capacidad creadora; ejecutaba sorprendentes juegos de palabras en cualquier lengua o dialecto. En esos diez años, viajó por toda Europa sin que nadie reparara en el descomunal desafío que, cuento a cuento, estaba superando. Ninguna editorial del continente le hizo nunca oferta alguna. Era como si la industria literaria se mantuviera al margen de los concursos de cuentos, como si los considerase un mero entretenimiento de aficionados. Ningún editor importante parecía dispuesto a prestar atención a una hazaña como la que estaba protagonizando Morcuende. Entre los cuarenta y los cincuenta años, ganó todos los certámenes convocados en el continente americano. En este caso, el número de relatos presentados se triplicó con respecto a la década anterior. Me imagino el esfuerzo desarrollado por Morcuende en esos años y no puedo sino admirarme de la férrea disciplina a la que debió someterse. Quizás algunos pretendan apreciar, en esa actividad frenética, cierta tendencia patológica de su personalidad, pero quienes así opinen demostrarán, de forma categórica, un profundo desconocimiento del proceso creativo. Solo un gran artista, un creador excepcional, podría afrontar el reto superado por Morcuende. Entre los cincuenta y los sesenta años, rebasó las marcas de las décadas anteriores: obtuvo todos los premios de relatos convocados en el continente africano, en el asiático y en el australiano (supongo que cuando la Hermandad de Pescadores Ilustrados de la Antártida se decida a convocar el Primer Certamen de Narración Breve “El Polo Magnético”, Roberto Morcuende también se convertirá en el monarca absoluto de los premios literarios del sexto, y más olvidado, continente). Entre los setenta y los ochenta años, cuando cualquiera que hubiera estado en su lugar se habría concedido unas largas y más que merecidas vacaciones, se dedicó a enviar cuentos a todos los certámenes que habían aparecido recientemente en nuestro país, aquellos que no había podido ganar porque no existían cuarenta años atrás. Y ni siquiera en esta última década, en la llamada “era de las comunicaciones”, presidida por las bases de datos y las autopistas de la información, alguien llegó a percatarse de la triunfal, y al mismo tiempo ignorada, carrera literaria de Roberto Morcuende. Nadie lo hizo. Nadie lo ha hecho. Solo unos pocos afortunados, entre los que me incluyo.

Pero yo soy el único miembro de ese grupo tan reducido que ha ido más allá.

Mucho más allá.

Para los que saben leer entre líneas, creo que ya ha quedado establecido que nunca le he hablado a nadie de Roberto Morcuende (mis pesquisas sobre él siempre tuvieron una naturaleza oblicua). Lo considero mío, y no puedo añadir más comentarios al respecto, porque cualquier explicación que yo intentara dar aquí sobre ese sentimiento de propiedad resultaría mezquina para todos aquellos que nunca se han obsesionado, casi hasta la propia extinción, con lo que deberían llegar a ser. Recalco que nunca le he hablado a nadie de Roberto Morcuende porque nadie sabía que yo lo conocía, y mucho menos que yo había dedicado todo este último año a investigar sobre su vida y su obra. Sin embargo, hace una semana, recibí una carta, sin remite, con un matasellos de la ciudad en la que resido desde hace dos años. En su interior, encontré una breve nota escrita a mano, con una caligrafía apresurada, y un mapa de carreteras en mal estado con un itinerario marcado con rotulador rojo. La nota estaba firmada por Roberto Morcuende.

Nunca he sabido cómo llegó a dar conmigo. Supongo que eso ya no tiene importancia. Cuando persigues a un fantasma, lo más probable es que él te alcance a ti primero. Los fantasmas tienen esa capacidad: tan pronto están delante como detrás de ti. Tan pronto son los perseguidos como los perseguidores.

Con el dinero que me prestó un familiar que tiene la infrecuente virtud de no hacer preguntas cuando se le pide una subvención a fondo perdido, alquilé un vehículo pequeño, no demasiado rápido, pero bastante confortable. Metí en una mochila mi neceser de viaje, un cartón de tabaco, una cámara de vídeo y una pequeña parte de la pila de folios que había acumulado en mi investigación sobre Morcuende. Salí de mi habitación, de la facultad, de la ciudad. Recorrí cerca de trescientos kilómetros siguiendo la línea roja que la mano de Morcuende había trazado sobre el mapa de carreteras. Los campos, las estaciones de servicio, los pueblos, pasaron ante mí como los números invertidos de una cuenta atrás. Como elementos de una metáfora cuyo significado último se me escapaba.

No tuve que preguntarle a nadie. El itinerario marcado por Morcuende me llevó hasta una parcela, delimitada por un murete de piedras, al borde de una carretera secundaria. Aparqué en un rodal desyerbado, próximo al portillo de la finca. Cogí la mochila y salí del vehículo. Un viento inesperado me hizo lagrimear. Con la visión enturbiada, apenas acerté a distinguir la figura fruncida de un anciano que me saludaba desde el fondo de la parcela y desaparecía por detrás de una sencilla vivienda de una sola planta.

Estaba en mitad de una inmensa llanura, azotada por un viento cortante, sin promontorios, sin árboles, sin flores, sin postes eléctricos, sin más casas que la que tenía ante mí. Una planicie baldía que parecía haber sido arrancada de un Tiempo mucho más antiguo del que yo procedía.

Había viajado hasta el corazón del invierno, donde todo permanecía yerto, a la espera de la vida.

Di un paso al frente, y otro, y otro más. Abrí el portillo. Tuve la sensación de que alguien reía, del otro lado de la casa, pero pensé que quizá fuese el viento el que provocaba sonidos maléficos, divirtiéndose a mi costa. Avancé por la tierra reseca, tan muerta como el paisaje que me rodeaba. Rebasé la fachada posterior de la vivienda y vi al anciano sentado en una banqueta, frente a un terreno roturado. A la derecha del hombre que podía ser Roberto Morcuende, había una banqueta vacía, y entre esta y la que ocupaba el anciano, en el suelo, una hoz herrumbrosa.

Me aproximé. El anciano no volvió su rostro hacia mí. Mantuvo la mirada fija en los surcos de la tierra. Creí entender lo que él esperaba de mí: ocupé la banqueta vacía y esperé, junto al hombre al que había perseguido con más ahínco del que habría empleado para hacer mío al más fogoso de los amantes.

El viento me atravesó como una guadaña de hielo.

La parte superior de un folio brotó de la tierra yerma, en uno de los surcos. Distinguí con total claridad la línea horizontal que separaba el encabezamiento del texto inferior. Me llevé las manos a la boca, en un vano intento de ahogar un gemido de horror. Acababa de descubrir el secreto de Roberto Morcuende y solo se me ocurría comportarme como una adolescente histérica. Mientras ese primer folio terminaba de emerger al exterior, advertí que habían empezado a brotar dos más en diferentes surcos. Y otro más, ¡el cuarto! Y en el surco más alejado, a mi izquierda, estaba apareciendo un quinto folio, y un sexto, y...

Me abracé el pecho, no sé si para protegerme del frío o para aplacar los temblores de pánico que sacudían mi cuerpo. Roberto Morcuende, a mi derecha, se levantó y avanzó con su paso de anciano hacia las hojas caídas en los surcos.

De pronto, mientras él se arrodillaba para recoger los frutos de esa extraña tierra, yo caí en la cuenta de que no habíamos cruzado una sola palabra, y supe que nunca lo haríamos, porque la hoz estaba allí para que yo la tomara y la usara, porque Roberto Morcuende, arrodillado entre dos surcos, de espaldas a mí, esperaba que yo hiciera lo único que tenía sentido hacer en esas circunstancias. El escritor que yo había perseguido hasta ese lugar estaba esperando que lo relevara.

Ocurrió todo tan rápido, desde el momento en que recibí la carta de Morcuende hasta que hundí la hoz en su espalda, que apenas fui consciente de la transformación que se estaba operando en mi interior mientras arrancaba los catorce folios de las manos muertas de ese anciano inofensivo y los colocaba en su orden correcto y leía en voz bien alta, contra el viento, las primeras palabras del relato que me convertiría en un fantasma:

—Todo comienzo es un final.

 

 

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