Relatos 2020: María Angulo Ardoy con "Under my skin"

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  Relatos 2020

UNDER MY SKIN
María Angulo Ardoy

Publicado por primera vez en

Visiones 2016 (seleccionadoras:

Lola Robles y Conchi Regueiro)

I’ve got you under my skin

I’ve got you deep in the heart of me.

So deep in my heart that you’re really a part of me.

(Frank Sinatra, I’ve got you under my skin)

            Miró a la mujer desde la seguridad de su mesa, en la esquina del comedor. Nunca la había visto antes. Incluso vestida con aquel uniforme tosco, era hermosa. Tenía una rotundidad, una afirmación fiera y orgullosa en esas curvas excesivas, rara de ver. K se mordió el labio inferior. Le gustaría tocarla. Le gustaría sentir su piel bajo los dedos. Sentirse en su piel, también, en esa piel oscura, tersa y brillante. Se obligó a dejar de mirarla o pensar en ella y se concentró en su comida.

Un compuesto básico de proteínas, vitaminas, hidratos de carbono de cadena larga y lípidos diluido en agua depurada, sin una sola traza de un ser vivo en su composición. Ni un fragmento celular accidental en su plato sintético. Aroma a risotto con setas, decía el envase. Por cuanto a K respectaba, podría haber sabido a jabón, a papel o a leche de burra. En su vida había probado ni el arroz ni las setas, como la mayoría de habitantes de Urbe 3. Pero, a diferencia de ellos, K no habría notado la diferencia de sabor entre las setas y el papel.

            Dejó la cantina y regresó a su laboratorio con aquel maravilloso ritual de asepsia de entrada y salida y su relajante entorno libre de microorganismos. O macroorganismos. En su laboratorio, K era la única criatura orgánica autorizada y eso le permitía desprenderse de sus sempiternos guantes, de la máscara plástica adherida a su cráneo calvo, cara y cuello, desatender unas horas la ritual administración del spray aislante para mucosas de ojos, boca y faringe, quitarse los tapones nasales y óticos. Respirar el aire depurado con intensidad, sin miedo. Esas horas estudiando patrones de ondas originadas a años luz, deduciendo de ellas composiciones químicas, distancias y movimientos de los cuerpos celestes que las originaron, eran su remanso de paz. Incluso ahora, cuando el diseño del sistema de comunicación para la futura misión de colonización a Alfa Centauri Bb ocupaba toda su jornada.

            Al finalizar su trabajo, volvió a pasar por el ritual de ducha química, recreándose en el contacto del agua y los desinfectantes sobre la piel; rociado de sprays antisépticos y aislantes en piel y mucosas; colocación de máscara plástica en cara y cuero cabelludo, tapones nasales y óticos; mono desde pies a cuello, cerrado bajo la mandíbula, abrazando la máscara; guantes sobre el mono, calzado de suela gruesa de goma sujeto a medio muslo por elásticos; chaqueta de puños cerrados sobre los guantes y cuello cerrado hasta arriba. El tejido, además de impermeable, era antiséptico y evitaba la adhesión o proliferación de parásitos y microorganismos. Sin una sola sutura.

            El recorrido desde su laboratorio a la Burbuja, el ala de aislamiento habilitada para Mutables, era breve, pero rico en posibles contactos no deseados. Salir fuera del edificio del Instituto Tecnológico estaba prohibido para su subespecie.

            Al atravesar la Cantina, vio a tres Invulnerables entrando a la sala. Debían haber consumido algún estupefaciente, a juzgar por su inestabilidad, el volumen elevado de sus voces o sus risas ebrias. Siendo la subespecie más abundante, eran difíciles de evitar incluso en el Instituto. Comprobó de reojo la situación del personal de seguridad.

            — ¡Mirad qué cosita ha venido! —escuchó gritar desde la esquina opuesta.

            — ¡Vamos, cariño, que no mordemos! —insistió otra voz.

            K mantuvo la vista en el suelo, apretando el paso. No le gustaba tratar con Invulnerables, menos aún en estado de embriaguez. Al menos, las drogas de consumo legal tenían efecto sedante. Podrían molestar, pero no serían un peligro. Había dos vigilantes, por otra parte, controlando sus movimientos.

            Se alejó, escuchando a su espalda sus voces. Preciosidad. No nos dejes así. No pases la noche a solas, monada. Esa carita pide caricias. Dinos qué te gusta. ¿Es que no te gustamos, preciosidad? No, no le gustaba la gente embriagada. Menos aún si eran Invulnerables.

            Al llegar a sus instalaciones atravesó primero el vestíbulo con su cámara de asepsia. Se desnudó, disfrutó su ducha desinfectante, se puso el pijama estéril autorizado en la Burbuja y entró a su habitación evitando encontrarse con sus tres congéneres.

            —Abrir consola doméstica —ordenó en voz alta.

            Una pantalla con el menú debió abrirse ante sus ojos, pero K los tenía cerrados y esperó a escuchar la amable voz asistente. Solicitó acceder a sus mensajes y llamadas. Había dos o tres novedades sobre protocolos de seguridad, programas en curso o modificaciones en las instalaciones. La reunión del día siguiente. Un mensaje de E. Había decidido “disfrazarse” y bajar al Ociario de Nivel IV del Instituto, un área no recomendada a Mutables. Acababa de conocer a alguien de aspecto tentador y descarado.

            Maldiciendo, K abrió los ojos, comprobó la hora de aquel mensaje, se puso de nuevo la máscara, los tapones óticos y nasales, las botas y la chaqueta y se sumergió a la salida en una ducha antiséptica y otra impermeabilizante. Maldijo por enésima vez a E y su maldita tendencia a exponerse. A veces se preguntaba si de verdad compartirían los mismos genes.

            Bajó en el ascensor hasta la planta 10. Ociario nivel IV. Intercambios físicos controlados. Solían servir alguna sustancia neurotrópica de efecto suave y proponían juegos de contacto, según E le había contado. La participación no era obligatoria; siempre había mirones disfrutando al ver a otros tocarse. No entendía la obsesión de E con acudir a esos antros.

            La sala estaba poco iluminada y una serie de bancos, separados unos de otros muretes a media altura, la dividían como un laberinto. Debían ser el único mueble real. Sobre los muros se proyectaba una decoración holográfica con diseños geométricos sobre las paredes, mesas y lámparas fantasma y un falso humo dando una imagen de antiguo bar del siglo XX.

            Hacia la mitad del local, E compartía sillón con alguien de pelo azulado abundante y largo. Pelo; de ahí tanta fascinación. Lucía una túnica semitransparente y una sonrisa voraz. La luz y la distancia impedían apreciar si llevaba más ropa. Al acercarse pudo apreciar mejor la piel asomando bajo el finísimo tejido. ¡Por favor! ¿Alguien semidesnudo en un local sin aislamiento microbiológico? Podía tener una enfermedad contagiosa, tratarse de alguien imprudente, loco o Invulnerable. En cualquiera de los casos, un peligro.

            Observó las manos enguantadas de E acariciando el rostro desnudo de su amante, o posible amante. Al menos aún no había cometido una estupidez. ¡Mierda! Aún recordaba los efectos secundarios del día de la rata. Una maldita rata de laboratorio y E decidió acariciarla, sentir el dorso peludo. No, aquel día, K pudo asegurar con orgullo que no compartían los mismos genes.

            Se acercó con decisión y agarró a E por el cuello sin darle tiempo a reaccionar. Miró sus ojos, humedecidos por una lágrima incipiente. ¡Hacía falta ser idiota para dejar de ponerse el spray aislante cada dos horas! Soltando su presa un momento, buscó en el bolsillo de su chaqueta y le arrojó un bote del protector ocular y de mucosas.

            — ¿Se puede saber qué clase de estupidez querías cometer ahora? —le espetó.

            — ¡Oh, vamos! Sólo iba a divertirme un ratito… No sé… ¿Tú no tienes curiosidad?

            —Nos vamos —contestó K—. Ahora. Te llevo a casa.

            —Perdona, ricura, pero estábamos hablando —intervino la criatura del traje traslúcido—… y divirtiéndonos. Y no habíamos acabado. Espera tu turno.

            —Se viene conmigo. Asunto familiar.

            — ¡Oh, vamos, K! ¿Es que no tienes ojos? —imploró E— ¿O entrañas, o emociones? ¿No te parece irresistible? ¿No te apetece tocar, piel con piel, sólo un poco?

            —Nos vamos. Ahora. Para eso me has dejado el mensaje, ¿no? Para proteger tu estúpido culo de tus tonterías.

            Arrastró a su familiar gimoteante, fuera del local. Se dirigió al ascensor y marcó el piso 33. En el pasado había hombres y mujeres, repetía E. En el pasado se tocaban, intercambiaban fluidos, material genético. En el pasado se divertían.

En el pasado, pensó K, esos intercambios de material genético y contacto conllevaban infecciones. El sistema reproductivo imperfecto suponía un riesgo de enfermedad y muerte para portador y cría. En el pasado, la aparición del Virus de la Mutación Humana Silente provocó una epidemia de difícil control; contagiado por vía sexual y de padres a hijos durante generaciones, provocaba mutaciones imprevisibles en la descendencia. La mayoría de ellas, mortales.

Tras varias generaciones afectadas, por fin se perfeccionó un sistema reproductivo asexuado, realizado por entero en laboratorio. Sólo en algunas Reservas, aisladas microbiológicamente del exterior, se mantuvo la reproducción tradicional. La epidemia se controló en sólo dos generaciones, pero muchas de las mutaciones ya eran inherentes a la nueva especie humana.

En el pasado, se eliminó el contacto sexual por innecesario. También, y casi por completo, el contacto físico, salvo en entornos controlados.

Y entonces se describió y aisló la subespecie Mutable. En teoría aquellas criaturas permeables a todo ADN del exterior deberían haberse extinguido y, sin embargo, su capacidad de reparación genética los hacía adaptables, resistentes a imprevistos, longevos. Fueron clonados, aislados y protegidos en espera de poder extraer una utilidad terapéutica de sus peculiaridades. De eso hacía más de 200 años.

— ¿Cómo puedes portar nuestro don y no desear utilizarlo? —increpaba E—. ¿No deseas tocar, sentir, saber cómo es ser como ellos?

            —Como ellos, los miles de millones de bacterias de su piel, los cientos de miles de millones de gérmenes en el aire...

            — ¡Puedo controlarlo, K! Te aseguro que puedo controlar qué fragmento de ADN absorbo.

            — ¿Cómo con la rata? —Recordó K— Tuviste que someterte a depilación láser para eliminar el vello, en cuanto a las orejas… ¿sabes lo desagradables que resultan?

            —Créeme, no fue lo peor…

            — ¡No me lo cuentes! —plantó ante E su palma enguantada—. Suerte tuviste de tocar una rata de laboratorio bañada en antisépticos, imbécil.

            —No me creerás tan idiota como para tocar una contaminada.

            — ¿No? ¿Y qué ibas a hacer hoy? ¡Por todos los seres vivos! —el disgusto de K iba en aumento al recordarlo—. ¡No llevaba ni la más mínima protección cutánea!

            —En serio, he perfeccionado el sistema. Llevo años experimentando en el laboratorio. Creo tener la clave —confesó E, exultante—. Puedo tocar a alguien y absorber sólo lo que quiero.

            —Y por eso me has llamado para interrumpir tu experimento.

            —Para presenciarlo, K. Para mostrarte cómo me convierto en su igual, en Invulnerable.

            —Por supuesto. Porque nuestra permeabilidad al ADN ajeno es selectiva. Porque  podemos distinguir al tacto las cualidades genéticas más interesantes y absorber esos genes sin llenarnos otros.

            — ¡De verdad, puedo hacerlo!

            —En serio, E, ¿te has parado a pensar en quién o qué podía ser tu amante? —interrumpió, mirando impaciente los números del ascensor—. No sé, pongamos, por ejemplo, Invulnerable. ¿Sabes cómo interactúan? ¿Qué les produce placer? ¿Sabes cómo acaban quienes buscan demasiado contacto con Invulnerables?

            — ¡Vamos, K, no se puede pensar mal siempre! Parecía amable.

            Son amables. Son gente muy amable insensible a contactos sutiles. La excitación los lleva a golpear y perder el control, amablemente. Nueva Evolución estaba integrada por Invulnerables, en su mayoría. ¿Conoces las relaciones con Algohedonistas? Se excitan con el dolor, propio o ajeno. Nunca lo provocan sin permiso, pero pueden ser muy convincentes. ¿Con Cerebrales, la subespecie gobernante…?

            — ¡De acuerdo! Si fuese por ti, nadie se divertiría. Has ganado. Mantendré mi experimento en secreto y nadie se beneficiará de mis estudios.

            Al llegar a su destino, entraron juntos a la instalación, sin tocarse para evitar el contagio de posibles gérmenes del exterior. E  atravesó primero la entrada con su protocolo de asepsia. ¡Sería idiota! Ni siquiera en la Burbuja era sensato tocarse, entre Mutables, por el riesgo de transmitirse nuevas mutaciones o adquisiciones genéticas. Cuánto menos con criaturas externas.

            Había sido una jornada larga terminada en ese estúpido episodio. Si programaba un buen baño-sauna desinfectante, pensó K, podría desnudarse unas horas, notar el escozor de los productos químicos sobre su piel, aspirar los vapores de olor acre en sus fosas nasales, percibir cada gota quemando su cráneo al golpearlo. Sentir.

            Se encerró en sus habitaciones y consiguió no ver a E ni a nadie antes de acostarse ni a la mañana siguiente, al bañarse de nuevo y equiparse para salir. Tenía a primera hora una absurda reunión sobre el Proyecto de Colonia Alfa Centauri Bb. El equipo de K era responsable del diseño del sistema de comunicaciones con colonia cuyos mensajes tardarían, una vez establecida, más de un siglo en recibir respuesta.

            La colonia de Europa, costosa y poco rentable, ya parecía un gasto absurdo teniendo un planeta despoblado y abandonado. Recuperar los inmensos desiertos de la región del Ecuador sería más razonable. Sin embargo, el gobierno de Urbe 3 parecía empeñado en retomar la vieja Carrera Espacial y devolver a la especie humana a una gloria pasada ficticia.

            La mujer del día anterior estaba allí. Emilia Sow, dijeron. Un nombre clásico para una criatura del pasado. Llevaba la densa melena ensortijada sujeta tras la frente con una banda blanca e iba abrigada hasta el cuello. Sólo dejaba visible la piel oscurísima de su rostro.

            —Afectuosos saludos de parte de mi pueblo— saludó con una sonrisa de dientes blanquísimos—. Como habrán deducido por mi nombre, soy originaria de una de las pocas Reservas de Humanos Sexuados, en la Selva Alpina. El motivo de mi presencia aquí es hacerles una oferta. Según se nos ha informado, necesitan tripulantes para la primera misión de colonización a Alfa Centauri Bb. Mi pueblo, tras haberse informado sobre las características técnicas y requisitos físicos, se ofrece voluntario para llevar a cabo el proyecto. Seríamos un centenar de humanos sexuados, con la capacidad de reproducirnos y reponer varias generaciones de colonos de forma natural, ahorrándoles el coste en medios y energía de la técnica de clonación…

            Un murmullo recorrió la sala. Una cosa era permitir la presencia de Sexuados en el proyecto y otra enviar a Humanos Nativos a una misión de siglos, con riesgos imprevisibles. Eran una especie protegida, como pudieran serlo los gatos. Pondrían en peligro la misión, dada su alta tasa de enfermedad. No resistirían el viaje.

            —Señora Sow, me temo que su oferta es inaceptable —interrumpió al fin una de las personas responsables de seleccionar la tripulación—. Su subespecie es conocida por lo frágil y poco longeva. En condiciones ideales y con atención médica, raramente superan los 100 años de vida y en condiciones no ideales de salud. Es el mismo motivo por el que se descartó enviar Invulnerables a la misión. Se necesitaría una tripulación ya adulta con una esperanza de vida suficiente para completar la llegada al planeta y reproducirse una vez establecida la colonia.

            La discusión sobre posibles tripulaciones continuó aún una hora, sin permitir a Emilia Sow defender las ventajas de su propuesta. Al fin, K se atrevió a solicitar a su superior permiso para retirarse al laboratorio, dado lo innecesario de su presencia. Se marhcó con discreción, subió a la planta 26, cruzó las compuertas y se detuvo en su baño tanto como pudo antes de ponerse el uniforme de laboratorio y retomar su trabajo. Aquel día retrasó el almuerzo un poco.

            Acudió, como solía, al comedor de la planta 30, uno de los más vacíos. Escogió un preparado alimenticio de la máquina, añadió el agua destilada y se sentó en su mesa de la esquina. Cuando entró ella, Emilia, la miró desde su rincón. Ella devolvió la mirada, sonrió mostrando sus hermosos dientes imperfectos y caminó hacia su mesa.

            —Hola, ¿puedo sentarme? —saludó, ocupando la silla de enfrente sin esperar respuesta—. Es usted el Mutable, ¿verdad? ¿Ta?

            K. Como la letra. Y sí, soy Mutable.

            —Es mi primer Mutable, ¿sabe? Son ustedes raros de ver —esperó respuesta unos segundos—. Necesitaba hablar con los suyos, los Mutables.

            —Mutables, sin “los”. Gente rara de ver, la primera persona Mutable que conoce.

            —Lo siento. Me resulta complicado este lenguaje Urbanita. Supongo que sabe quién soy y para qué he venido, ¿no?

            —Estaba en la reunión y tengo oídos.

            —Verá, cuando me enviaron, el Consejo de la Reserva ya sabía cuál sería la respuesta del Instituto. Se opondrían a enviar humanos sexuados con la excusa de nuestra escasa longevidad—Emilia hizo una nueva pausa en espera de una interrupción que no llegó—. Es una excusa, por supuesto, pero si una especie longeva y más resistente viajase con nosotros, manteniendo a los sexuados en hibernación durante el viaje…

            —Necesita Invulnerables —cortó K—. Resistentes, duros, fuertes.

            —Violentos, impredecibles, con cierta tendencia a morir prematuramente de cáncer. Necesitamos personas inteligentes, serenas con capacidad de regenerarse, cambiar. Una especie cuyos individuos más longevos han sobrepasado los 120 años.

            —Muy pocos.

            —Los no expuestos a infecciones ni a las agresiones de otras subespecies menos respetuosas. En la nave, con los nuestros en estasis, tendríais un entorno aséptico. Por supuesto, se os proveería de una biblioteca genética con genes para facilitar la autorreparación.

            — ¿Por qué no una misión de humanos sexuados e ir despertando a aquellos necesarios para tripular durante el viaje?

            —Requeriría enviar una dotación de astronautas preparados y con formación, gente demasiado mayor para tener una vida útil en el espacio superior a 20 años, haciendo necesarias 4 o 5 tripulaciones para completar el viaje —aclaró Emilia—. Con su colaboración, se podría enviar una tripulación joven, en edad fértil, que despertaría ya en la Colonia, con las máximas posibilidades de éxito de la misión.

            — ¿Y por qué nos iba a interesar semejante proyecto?

            —En primer lugar, para salir del Instituto. Vivís encerrados en este edificio como nosotros en la Reserva.  En Segundo lugar, por el mismo motivo que a nosotros: la Fe de la Nueva Evolución.

            Nueva Evolución era una corriente religiosa de apenas 70 años de antigüedad. Proclamaban la necesidad de la mutación para sobrevivir. Integrada en su mayoría por Invulnerables, defendían el cambio a través de ritos que incluían el descuartizamiento e ingesta de Mutables o, en su defecto, de bebés sexuados. Prohibida y perseguida, casi había desaparecido hasta haría apenas 10 años, cuando se empezó a hablar de nuevo de robo y asesinatos infantiles. No de Mutables, para entonces ya a salvo dentro del Instituto Tecnológico.

            — ¿Viajar al espacio durante el resto de nuestra vida para conducir a la población de vuestra Reserva a un lugar inhabitable donde la mayoría morirá? —K comenzó a recoger sus cosas—. Suena mejor el encierro aquí.

            Se incorporó, llevándose el recipiente de su comida. Emilia le sujetó el brazo y se puso en pie. Si el traje fuese menos grueso, pensó, notaría el calor de aquella mano. Si no llevase tapones nasales, a esa distancia podría notar su olor. Olor a piel, sin químicos ni desinfectantes.

            —Se comen a nuestros niños, K. No a los adultos, sino a los niños. Igual que se comen a su gente. No podemos plantarnos y luchar. Son más, son fuertes, nadie nos ayudará porque resultamos incómodos al Gobierno. No oficialmente, pero les sería más cómodo un mundo sin Sexuados. Es nuestra mejor opción para sobrevivir.  

            —No, gracias —repitió K, soltándose y dando media vuelta.

            Al llegar al laboratorio no habría sabido decir por qué había contestado de forma tan seca y grosera a Emilia. Viajar al espacio sonaba tentador. Pasar años en un espacio aséptico, sin posibilidad de contaminación, en el espacio, podría ser su única oportunidad de aventura. Sin embargo no le gustaba la forma de acercarse de ella, la falta de tacto y modales.

            Al terminar su jornada engullió algo de camino hacia la Burbuja. Habría prolongado el baño, como de costumbre, pero no podía evitar imaginar, al notar el líquido quemando su piel, cómo sería el roce de los dedos de Emilia. Se secó y se vistió para encerrarse en su habitación a estudiar. Respondió un par de mensajes, uno de ellos de E, con un adjunto sobre su supuesto experimento y cómo había practicado para absorber ADN de modo selectivo. Lo cerró sin leer. Hoy no tenía la cabeza para locuras.

            Los siguientes días pasaron en la rutina habitual. Alguna reunión improductiva; los paseos de la Burbuja al laboratorio, la cantina, laboratorio, cantina y Burbuja; escasas conversaciones con otros Mutables, menos aún con el resto del personal del Instituto; repasar semanalmente los trajes, los tapones, las reservas de desinfectantes y sprays de mucosas, el estado de la Instalaciones de la Burbuja. A propósito, procuró elegir las tareas que le permitían estar lejos de E y su constante cháchara sobre el experimento.

            Según decía, en breve tendría diseñado un experimento fiable de permeabilidad genética selectiva. La mayoría del tiempo, K estudiaba, trabajaba o leía sin interrupciones. En una ocasión E fue detenido fuera del Instituto. Había salido disfrazado, intentando camuflarse de Cerebral. Estuvo cerca de un mes en aislamiento hasta comprobar si había adquirido alguna mutación contagiosa por los minutos de exposición sin el traje para Mutables.

            El proyecto Alfa Centauri Bb seguía en marcha, pero la presencia de K en las reuniones no era necesaria y tan sólo acudía a las específicas sobre comunicaciones. No sabía si Emilia habría encontrado apoyos o si otro grupo había sido seleccionado. No importaba mucho. Aquellas tripulación subirían un día al espacio, sus mensajes tardarían cada vez un poco más en llegar hasta ser tan lentos como para no merecer la pena esperar una respuesta. Los habitantes de la Tierra olvidarían el ambicioso proyecto hasta que algún día, mucho después, alguien recordara la misión Alfa Centauri Bb y se sorprendiera de no haber recibido respuesta en tantos años. Tal vez se guardase un minuto de silencio en honor a las personas fallecidas.

            Habían pasado varias semanas desde el incidente en el Ociario cuando recibió un mensaje de E con el título “diseño de experimento. Fase V”, dirigido también a B y S. No se molestó en abrirlo. Hubo un cruce de respuestas y algún intento de hablar del tema en el salón de la Burbuja. K se refugió en su ducha desinfectante y se permitió el lujo de pasar horas sintiendo correr arroyos de químicos sobre su piel seca para no escuchar hablar del experimento.

            Una tarde, E regresó a punto de estallar.

            — ¡Serán idiotas! —bufó al entrar al salón— ¡Burócratas sin imaginación!

            — ¿Qué ha ocurrido? —preguntó B, levantando la vista de su pantalla.

            —El Centro de control de Interacción entre Subespecies me ha citado esta mañana —respondió, dejándose caer en un cojín—. Me han prohibido, pro-hi-bi-do, salir del Instituto bajo ninguna circunstancia o interactuar con miembros de otras especies.

            —Será por tu protección —intentó conciliar B.

            — ¿Protección? ¡Me han espiado! ¡Deben haber estado leyendo mis correos! ¡Todo mi experimento a la mierda!

            —Menuda pérdida —ironizó S, sin levantar la vista de su tarea revisando inventarios.

            — ¡Años de ensayos controlados! ¡El material conseguido a escondidas! —lloró E, hundiendo la cara entre las manos—. ¡Para nada! No me permitirán demostrarlo, no nos permitirán ser verdaderamente libres. ¡Libres de tocar, de salir al mundo! ¿Es que no lo entendéis?

            No, no lo entendía, pensó K. La vida, su vida, era aquella, protegidos, a resguardo de contagios genéticos, agresiones e imprevistos. A salvo. Con las repetidas duchas o el contacto del pijama y las sábanas por las noches como pequeños placeres cotidianos. Pero no dijo nada.

            Pocos días después, sin previo aviso, las puertas de la Burbuja se negaron a abrirse. K llamó al servicio técnico una, dos y tres veces. Una voz metálica le comunicó que no había ningún error. Se habían bloqueado las puertas hasta nueva orden desde arriba y ningún Mutable debía salir de las instalaciones. Sin salir de su sorpresa, K fue a los dormitorios para avisar del problema al resto. Aún estaban durmiendo. Todos salvo E.

            Intentaron hablar con sus superiores, conseguir explicaciones. Solicitaron información por todas las vías posibles, golpearon el cristal blindado, escribieron a tantas personas como fueron capaces de recordar. Nada. Habían pasado cerca de 6 horas cuando K recordó los mensajes no leídos sobre el experimento de permeabilidad selectiva y decidió leerlos en busca de alguna clave sobre el paradero de E. Necesitaba ocuparse en algo.

            A lo largo de las siguientes horas, su sorpresa fue en aumento. El experimento llevaba más de 3 años en curso, aunque hasta el incidente del Ociario no se hubiese comentado nada. Durante meses, E trabajó en su laboratorio de genética absorbiendo genes aislados de muestras de laboratorio en diferentes condiciones y midiendo su concentración en diferentes tejidos a lo largo de las semanas. Había diseñado tablas de variables exhaustivas pero, como comentaba, un solo individuo en condiciones de laboratorio no era representativo. Obtuvo permiso para trabajar con material celular y tejidos, en teoría en condiciones de aislamiento. De algún modo, E burlaba la vigilancia de sus superiores para poder entrar en contacto físico con el material. Tuvo varios incidentes desagradables, ninguno grave. ¿No había notado nadie los cambios o sus violaciones del protocolo de seguridad, o acaso sus propios superiores estaban interesados en sus resultados? No, ni siquiera sus convivientes, también Mutables, habían notado nada.

            En las últimas semanas, desde el envío del correo, el proyecto había saltado a una nueva fase. E se había expuesto al contacto con otros humanos, al principio dejando de usar durante unas horas sus aislantes de mucosas al salir a zonas contaminadas; atreviéndose a beber de un vaso compartido no estéril; su siguiente paso sería quitarse un guante. Y allí terminaban sus mensajes.

            Pasaron dos días antes de obtener ninguna información sobre el bloqueo de la Burbuja o el paradero de E. Parecían haberse olvidado de ellos cuando algún cargo intermedio del departamento de Riesgo de Contacto Entre Especies subió a la planta 33. Sin entrar a la Burbuja, habló con B, K y S a través del cristal blindado.

            —Lamentamos profundamente el incidente— comenzó leyendo de su reloj—. Desconocíamos la actividad de Mutable Serie2 Letra E y, de haber conocido…

            — ¡Por favor! —interrumpió B— ¿Nos pueden decir dónde está E?

            —Como ya se les informó…

            —No se nos ha informado de nada —aclaró K—. ¿Qué ha pasado?

            —P…por supuesto, cómo no… si me disculpan… —dudó el personaje—. ¿No les han dicho…? ¡Qué falta de delicadeza! ¿Cómo contarles…?

            — ¿Quiere dejarse de titubeos y contarnos por qué estamos encerrados y falta un miembro de nuestro grupo? —gritó S, apoyándose con las dos manos sobre el cristal y apretando la cara como si intentase atravesarlo.

            —Lamento comunicarles el fallecimiento de Mutable  Serie2 Letra E. Hace dos días fue encontrado un resto no identificable en el Distrito 15 y, tras un análisis cuidadoso y separando el material nuclear original del ADN adquirido…

            —Pero si sólo es un resto, podrían haberse confundido— sugirió B—. Podría ser cualquiera.

            — ¿Qué clase de resto? —quiso saber S—. ¿Es suficiente para deducir su muerte, acaso?

            —Se trata de un corazón Neohumano y el material nuclear parece corresponder inequívocamente a Mutable…

            — ¿Y el resto? ¿Encontraron algo más? Podría haber desarrollado dos corazones, por alguna mutación, o haber duplicado el suyo para…

            —Déjalo, B. Lo han matado —K se dejó caer en el suelo—. Es Nueva Evolución. Actúan así, ya lo sabéis. Devoran todo y dejan un órgano vital único como trofeo, en algún lugar visible.

            El desánimo cundió en la Burbuja. Los experimentos habrían llevado a E a asumir riesgos absurdos, sin compañía, hasta exponerse de forma imprudente. Se debió creer Invulnerable, invulnerable de verdad y no de especie. Idiota.

            —Debo notificarles que, ante los hechos acaecidos y por el riesgo de nuevas agresiones, se ha procedido al cierre cautelar del Ala de Aislamiento de Mutables para su protección —continuó la voz nasal, ahora de nuevo leyendo del reloj—. Se asignará vigilancia extra a su Unidad y se procederá a trasladar el material de laboratorio preciso para sus trabajos tan pronto como sea posible.

            — ¡Otra vez! —gimoteó B con la cabeza entre las manos.

            —Si necesitasen alguna otra cosa…

            — ¡Váyase! —rugió S—. ¡Váyase a su muy seguro infierno y déjenos llorar en paz!

            El personaje murmuró aún algo más sobre disposiciones y seguridad antes de que K cortase la comunicación con el exterior. Permanecieron sentados, en silencio, sin mirarse, mucho tiempo. Poco a poco se levantaron en silencio para volver a sus habitaciones. Sólo quedaban tres.

            Los siguientes días, sin salir de la Burbuja, se fueron haciendo tensos. La rutina habitual de soledad y falta de contacto con otras personas hacía fácil no añorar conversaciones, amistad o muestras de apoyo. Lo difícil era no tropezarse en las áreas comunes al salir a comer, caminar o bañarse. Cada cual trabajaba en su habitación. No hablaban de E.

            Por las noches, se escuchaba llorar a B en su cama. Por las mañanas tenía los párpados hinchados, pero nadie preguntaba nada. Hasta que no pudo más y estalló una tarde, en el salón, al tropezarse con K cuando intentaban entrar al baño.

            — ¡No aguanto más! —gritó B.

            —Cálmate. Puedes pasar primero, no tengo prisa.

            — ¡No! No aguanto lo demás. Este encierro, no saber nada, tener miedo… lo de E.

            Intentado fingir una serenidad que no sentía, K le puso una mano sobre el hombro. A través de la tela se notaba el hombro huesudo, la piel tibia de B. Con un escalofrío, pensó cuánto hacía desde la última vez que tocó a otro ser humano, Mutable o no. Era agradable ese casi notar a B bajo la mano.

            En un gesto rápido e imprevisto, B transformó ese contacto en un abrazo. Los brazos delgados se agarraron con fuerza a su espalda, notó el corazón ajeno palpitándole contra el pecho, un olor acre a desinfectantes camuflando un olor humano, tan familiar y a la vez tan extraño.

            —No aguantaré más tiempo aquí, K —le susurró al oído—. Tengo miedo.

            No contestó. Respiró el olor de aquel cuello tibio, poner sus labios, apenas apoyados, sobre la piel ajena. Mantuvo el abrazo en silencio y, poco a poco, a su memoria acudió una alternativa. No era perfecta, no significaría ser libres. Pero sí vivir sin miedo mucho tiempo, ayudar a otros, ser aventureros, valientes por una vez en su vida.

            —Espérame un momento —susurró al oído de B—. Voy a buscar a S. Hace un tiempo me hicieron una propuesta y tal vez ahora nos sea útil.

            Volvió segundos después e indicó a sus dos congéneres que se sentasen.

            —Hará al más de un mes, una mujer, una sexuada, hizo una propuesta ante el equipo del Proyecto alfa Centauri Bb —comenzó. No era necesario explicarles el proyecto. S había trabajado en la parte técnica y todo el Instituto lo conocía—. Proponía llevar una tripulación de sexuados, jóvenes con capacidad reproductiva, para establecer la colonia. Tendría la ventaja de facilitar la repoblación de la misma varias generaciones. El proyecto fue desestimado por la escasa longevidad de su subespecie. Formar astronautas lleva años y la esperanza de vida útil y reproductiva de sexuados adultos es escasa para una misión tan larga. Las crías no sobrevivirían al viaje.

            “Pero los sexuados tenían una oferta más. Proponían llevar una tripulación Mutable, en condiciones ideales de aislamiento y dotación genética para la autorreparación, con una carga de Sexuados en hibernación. Rechacé su propuesta. Sería condenar a nuestra subespecie a su extinción en la Tierra…

            — ¿Y qué sentido tiene nuestra vida ahora, encerrados en la Burbuja “por nuestro bien”? —preguntó S.

            —Por eso os lo cuento hoy. Es una oferta, no tenemos por qué aceptarla. Sería una gran aventura, sí.

            E tendría celos si no fuese…— un sollozo interrumpió la frase de B.

            Sorprendiéndose de su propia osadía, K cogió l mano desnuda de B y la apretó con fuerza. A continuación tomó también la mano de S. Se miraron en silencio.

            Aquella noche, por primera vez, los Mutables durmieron en una misma cama, en contacto. Durmieron, por primera vez en muchos días, sin los llantos de B en sordina, los paseos de S por su habitación o las horas mirando el techo de K.

            A la mañana siguiente solicitaron entrevistarse con el equipo encargado del proyecto de Colonia en Alfa Centauri Bb y con Emilia Sow. Tenían una propuesta para ellos.

 

Facebook: María Angulo Ardoy

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