Relatos 2020: Laura López Alfranca con "Jinetes de fuego"

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  Relatos 2020

Jinetes de fuego

Por Laura López Alfranca

 

The sunDay times

6 de junio de 1939

La victoria del equipo líder contra los visitantes del Manchester fue rutilante.

Con apenas dos bajas entre sus filas, los integrantes del Chelsea se sobrepusieron en una remontada histórica. ¿Servirá para darles la final contra el arsenal?

 

Lord Lekker siguió tomándose su café y, pulcramente, pasó de leer la noticia de primera plana sobre el deporte rey. Eso hizo que varios obreros a su alrededor se quejaran sonoramente cuando el que sabía leer de todos ellos no pudo acabar de contar el relato del encuentro. Con una sonrisa cansada, cortó esa primera página tras leer las noticias alarmantes que llegaban desde Alemania. Los hombres se lo agradecieron invitándole al desayuno, pero no lo aceptó, asegurando que lo gastaran en algo de provecho y no en sobrealimentarle.

—O tómense unas buenas pintas a mi salud —pidió Lord Lekker con una inclinación, algo que fue recibido con mucho más agrado.

 El hombre se marchó con un gesto tirante cuando empezó a escuchar de nuevo todos los detalles del día de ayer. Habría agradecido poder oír a algunos comentando que aquel verano en la ciudad iba a ser muy caluroso, aunque apenas hubiera comenzado Junio; que su futura reina era una meretriz o una mujer elegante; el precio de la comida. Lo que fuera, menos que hablaran sobre el juego.

Caminó deprisa, tratando de mantener el periódico lo menos arrugado posible para después. Ai estaba muy interesado en el avance de las ideas de los nazis, aunque Lord Lekker no supiera por qué; el temor de su hermano le hacía sentir que podía ver algo que él no era capaz. Caminó tratando de esquivar los coches y el vapor lleno de carbón que manaba de ellos, manchando todo aquello que se encontraran en su camino. Las señoritas le saludaban con coquetería, pero él las ignoraba, más preocupado en lo que le esperaba al llegar al Royal Ascot y lo que ocurriría allí por la noche, cuando encendieran las lámparas de gas e iluminasen todo el escenario.

 

Caída.

Tierra quemándose.

Carne abrasada y humeante.

Muerte y gritos.

 

Lord Lekker se paró, apartó la bufanda que cubría buena parte de su cara, agarró su sombrero de copa para que no se moviera del sitio y deseó vomitar. Lo hizo cuando se combinó el olor de una alcantarilla y el del vapor sucio de los coches, pero, además, su traje le pinchó la sustancia correspondiente para evacuar su cuerpo.

Se sentó en un banco, mientras la sirena de una fábrica sonaba con fuerza para que los obreros entrasen. Escuchar los pasos metálicos y los cuerpos más parecidos a esqueletos negros que a personas en una fila perfecta, moviéndose con disciplina marcial, crispando con mayor fuerza sus nervios. ¿Serían esqueletos de autómatas rechazados para otros trabajos o humanos de verdad? Ya no se podía saber con fiabilidad.

—Será mejor que vaya al estadio —se dijo y más al mirarse la ropa completamente manchada.

Como se apurase demasiado, le confundirían con algún desarrapado que tratara de colarse para ver el macabro espectáculo. Además, Ai estaría esperándole y al periódico, por lo que decidió meterse en alguna de esas nuevas cabinas de teléfono completamente rojas y pidió que uno de los enterradores del derby viniera a recogerle. La conversación no duró mucho, pero fue suficiente para que el vapor que mantenía el teléfono en funcionamiento le empapase por completo y le diera tanto calor, que la salir fuera de la cabina se convirtió en un frío gélido que le iba a poner enfermo. Tantos factores en su contra no le daban buena espina, era muy supersticioso. Todos los jinetes del derby lo eran y no era para menos.

—No, no es un buen día. No me gusta cómo puede acabar. —Siguió hablando consigo mismo, tratando de nombrar sus miedos y expulsarlos de su cabeza.

El hombre, por suerte, no tuvo que esperar mucho hasta que llegó uno de esos coches negros y alargados, que bien valían tanto para los jinetes vivos como muertos. Lord Lekker se sentó al lado del conductor y agradeció que este le tendiera una manta para calentarse. Era un tipo de piel macilenta y enjuto, muy típico de la ciudad de Ascot que se levantaba alrededor del estadio, aunque fueran cuatro chapas de madera mal colocada. Todos ellos sobrevivían de las “sobras” de los derbis que los reyes regalaban con tanta amabilidad, a pesar de lo que ello suponía para los jinetes al ver sus monturas menospreciadas así. No podían quejarse, solo salvar lo que sus protegidos deseaban salvar, como el cerebro o el corazón, la cosa variaba según la procedencia de sus compañeros. La posibilidad de perder a Ai le hizo temblar de los pies a la cabeza. Pero se contuvo, debía seguir dando una imagen desapasionada o se delataría… o el traje le inyectaría cualquier mejunje para que mantuviera su papel y no provocar a l sociedad. Sé el prototipo de jinete, sé el prototipo de jinete… mejor dicho, sé el prototipo de jinete de puertas para fuera.

—Las apuestas están trece contra dos en su contra a pesar de la victoria de ayer, ¿va a apostar? —preguntó el hombre con el desapasionamiento propio de su profesión.

—Sí, todo lo que gané ayer a que conseguimos el tesoro y ganamos —le dijo con voz monocorde.

—Si sobrevive, entre lo que gane de dinero conmigo y lo que le dé su ilustrísima majestad, podría retirarse —le animó el otro con un gesto cortante que podía parecer una sonrisa.

—Y lo haré. Cuando consiga el título, me dedicaré a cualquier otra cosa que nada tenga que ver con esto. Habré comprado mi contrato —aseveró Lord Lekker con algo más de alegría en el cuerpo, por suerte, el traje le pinchó, tratando de frenar sus impulsos.

—¿Quiere que vaya luego a recoger a sus hijos? Perdón, sus protegidos —preguntó el conductor y él asintió.

—Pero recuerde, no quiero…

—No se preocupe, mi señora no les dejará ver el encuentro ni aunque le pagaran todo el oro del mundo. Tiene la rara fijación de que sus monturas son inteligentes.

El noble no respondió, solo trató de no mirar por la ventana a las destartaladas chabolas que crecían como setas alrededor del estadio Royal Ascot. Desde fuera, aquel edificio que primero fue plano, de cristal y de mármol, albergando en sus pastos verdes a un deporte mucho más noble que la carnicería que ellos realizaban ahora. Ahora, la piedra estaba quemada y las paredes de cemento añadidas se extendían por todo el campo por los lados y por la parte superior, dando lugar a pensamientos nada agradables sobre cárceles y cementerios siniestros. Los querubines habían perdido buena parte de su cara, quedando aberraciones grotescas.

Cuando tembló de miedo, el traje le inyectó otro compuesto, que empezó a marearle ante tanto mejunje revuelto en su cuerpo, debía estarle envenenando. Tembló con fuerza y un sudor frío recorrió su cuerpo rápidamente. El traje no hizo otra cosa que seguir inyectando compuestos químicos para tratar de recomponer su cuerpo sin mucho éxito.

—¿Se encuentra bien, Lord Lekker? —El sepulturero debía estar preocupado, porque jamás llamaban a los jinetes por su nombre, como si diera mala suerte.

—Lléveme a las caballerizas, deprisa. Necesito mi fuente de alimentación —pidió tratando de salir del coche, pero cayendo al barro sin mucha elegancia.

Lord Lekker fue transportado por varios chabolistas hasta las enormes caballerizas casi volando. Cuando los demás jinetes despidieron rápidamente a los extraños y cerraron la puerta, no dudaron en despojarle de su traje y dejarla medio desnuda, pero aliviada por quitarse aquellas ropas masculinas de encima. Su amigo Keller le inyectó el disolvente de los compuestos del traje, por lo que Lady Sarah Lekker sintió que su cuerpo volvía a la normalidad. Respiró aliviada y dejó que el cuerpo se llenara de sentimientos y sensaciones con una sonrisa, dejando que su física se reconciliara con su psique.

 

Era un alivio tener que quitarse la mordaza que le imponía el gobierno para que nadie supiera que eran personas de verdad y no autómatas. Autómatas masculinos, con una programación rígida y aprobada, todo ello para que las clases más bajas no lo usaran como excusa para un alzamiento popular. Los nobles disfrutaban sabiendo que tenían vidas humanas en sus manos, como en los coliseos de la antigua Roma.

—¿Cuánto tiempo llevas con el traje? —preguntó Olive abanicándola.

—No lo sé, puede que algunas horas. Tenía que ir a comprar la prensa para Ai y me temo que se me fue el santo al cielo —dijo la mujer sin preocuparse de cubrir su desnudez.

—Podrías haberte envenenado —le dijo Keller con una sonrisa socarrona—. Anda, ve con Ai, que se le ve preocupado.

Los jinetes del llamado equipo de Chelsea compartían muchos secretos entre ellos: su humanidad, su sexo real y, en algunos casos, sus secretos más íntimos. Era obvio que, si las caballerizas eran la antesala de la muerte de algunos, sus compañeros no perderían el tiempo juzgándose unos a otros. Preferían disfrutar sus posibles últimos instantes con sus familias y monturas, que reprochándose lo que hacían unos a otros.

Escuchó una cadena entrechocar nerviosamente y miró a Ai, preocupado por haberla visto medio envenenada por el traje. La mujer se acercó a él y le acarició primero los bigotillos suaves y, después, las escamas azules e irisadas, tan suaves y hermosas como el mar en calma. Bo Ai Da, dragón de la familia Lekker, emitió un suave gruñido grave de alivio y escribió en la arena del suelo, preguntándole a Fan Mei, que era el nombre que le otorgó a su hermana humana Sarah, cómo podía ser tan inconsciente.

—Tenía que traerte la prensa —dijo ella acurrucándose entre sus garras y acomodándose—. Parece que tenéis razón, hay algo en el nuevo líder de Alemania que es sospechoso.

Los demás dragones de alrededor, la mayoría originarios de Gales, África o España, prestaron atención y se comunicaban con esos extraños sonidos que causaban sensaciones a aquel al que iba dirigido, como si la magia innata de aquellos reptiles, pájaros, animales o lo que fueran realmente pudiera evitar que los secretos se propagasen aunque los comentasen en voz alta. Parecía que la ascensión de Hitler al poder les tenía muy preocupados. Como si esperasen que en aquel año 1939 fuera a ocurrir algún terrible suceso, sobre todo tras la victoria de los nacionales al finalizar la guerra civil española. Muchos de los allí presentes lo tomaban como una señal nefasta del futuro venidero; sobre todo los jinetes. Los humanos se volvían muy supersticiosos al vivir al lado de inmensas criaturas de leyenda llenas de magia.

 

 

De niña, Sarah Lekker no había sido muy dada a creer en fantasías de la bella gente y similares; le parecían historias infantiles para tenerla contenta. Hasta que su abuelo le trajo de sus viajes de China un huevo de dragón. Al principio pensó que solo sería una piedra enorme de color jade, que pesaba y sonaba lo suficiente para poderse creer durante unos instantes su historia. No supo por qué, pero cuando la dejaron sola con el huevo, sintió la necesidad de cuidar de él y protegerle. No se lo dejaba a casi nadie, tomando para sí esa responsabilidad. Tal vez, en el fondo, Ai había escogido a la niña antes de nacer o viceversa. Daba igual que no lo creyera, la chiquilla se concentró en su nueva labor de forma casi enfermiza.

Cuando llegó el día del alumbramiento auspiciado por un adivino oriental, la gente del pueblo más cercano recorrió kilómetros para ver como esa pequeña serpiente graciosa rompía su cascarón y se abrazaba al cuello de Sarah con cariño. Desde ese entonces, ninguno de los dos se había separado del otro salvo en algunas circunstancias: como los cuatro solsticios del año, cuando Ai desaparecía una semana sin decir a donde iba, pero llegando a aprender grandes secretos de los suyos; cuando Sarah fue a la universidad gracias a sus padres; cuando conoció a Jared y fueron de luna de miel… pero incluso durante su vida matrimonial o en la larga enfermedad de su marido, Ai permaneció a su lado.  El dragón cuidó de aquel hombre que ella había amado más que ningún otro aquel hombre, haciendo lo imposible por ayudarle. Cuando ella se quedó sin trabajo de institutriz a causa de las manos largas del dueño de la casa. Sola y teniendo que mantener a sus dos hijos, accedió a participar con ella en el macabro derby de Ascot, sabiendo lo que se jugaba. Era la única familia que le quedaba y les unía un lazo que nadie, ni siquiera el marido de Sarah, pudo siquiera doblegar o quebrar.

 

Si uno escuchaba las historias de los demás jinetes, todas eran iguales: pobreza, necesidad y un dragón amigo que accedía a ayudarle. Todos sabían a lo que se arriesgaban cuando entraban en las caballerizas: a la muerte prematura o, al acabar la temporada, tantas riquezas como pudieran imaginar, pero con la mente destrozada por lo que habían llegado a hacer.

Sarah, como los demás miembros del equipo, apostaba grandes sumas de dinero a su favor a los corredores de las chabolas. Muchos deseaban abandonar cuando antes los equipos y para eso se necesitaba dinero para pagar su contrato y ser libres.

 

Los dragones siguieron comentando durante unos momentos las noticias, hasta que la sirena advirtió que quedaba una hora para el inicio de la gran final. Los jinetes se apuraron para colocarse los uniformes y formar delante del primer ministro Neville Chamberlain, que iba acompañado de la familia real, que saludaba y sonreía a cada jinete del Chelsea, dándoles ánimos. Cada jinete se mantenía firme, fingiendo ser un autómata y apenas esbozando una sonrisa a las hijas del monarca. Pero cuando se fueron y entraron los familiares, se perdió la compostura y se afloraron los sentimientos humanos.

Sarah se agachó para abrazar a Morgana y Alaric, que se aferraron a su madre, preocupados y exigiéndole que esa fuera ya el último partido. Por suerte, ganarían y podría retirarse a la casa en medio de la nada que heredó de sus abuelos. Cuando los desprendió de su cuello, los pequeños se aferraron al cuerpo de Ai, pidiéndole que se cuidara, que los dos tenían que volver enteros.

La sirena de que faltaba media hora y comenzaron a preparar a los dragones. Estos iban cubiertos por una armadura de escamas más o menos flexibles según el puesto que ocupase la pareja dentro del equipo. El de Sarah y su dragón era muy flexible para que pudieran buscar, el bozal que generaba vapor y potenciaba las propiedades de la armadura era más pequeño y dejaba que pudieran utilizar el aliento abrasivo del dragón. Colocaron las protecciones y convirtieron a sus dragones en estelas azules con los colores de su equipo. Otro pitido: quince minutos.

Todos se colocaron en los pequeños habitáculos cuadrados. El metal a su alrededor se cerró, dejando al jinete y al dragón aislados del mundo. Sarah sintió su corazón latir histérico al ritmo del traqueteo de los engranajes y los mecanismos que colocaban a la pareja de rastreo en lo más alto del estadio.

—Los del Arsenal tienden a dejar su cofre en el fondo y rodeada de trampas —le recordó Sarah colocándose el casco cuyo tubo les permitía comunicarse sin problemas—. Tratemos de accionar las máximas posibles, nos darán muchos puntos.

Era una máscara horrorosa, donde apenas podía ver salvo por los dos cristales donde estaban los ojos. Además el calor del uniforme, el vapor ascendiendo por el conducto de comunicación y que no tenía forma de hidratarse, era muy frecuente que eliminaran a los jinetes a acusa de los desmayos. Pero eso solo ocurría con un poco de suerte, lo más normal era que un dragón te abrasase, morir por la caída o porque te lanzaran cualquier arma contra ti.

—¡Bienvenidos al partido de final de liga de los Jinetes de Fuego! ¡Esta noche se batirán en mortal duelo el Arsenal y el Chelsea!

El coliseo rugió alrededor de la caja de metal, creando una sensación mareante en Sarah, que se abrazó temblando a s dragón. Este le transmitió calma con su gruñido, pero también estaba a punto de venirse abajo. Se subió encima de él, preparada para salir a enfrentarse a la muerte. Se ató en las piernas los arneses que le mantendrían unidos y suspiró, deseando que todo acabara rápido. Por última vez, la prisión se movió cambiando de dirección.

—Como pueden ver en los haces de luz, esa es la meta de los dos equipos. Ahí se encuentran los tesoros. El primero que lo encuentre y con menos puntos de bajas entre sus filas, será el ganador de la temporada —gritó el altavoz—. ¿Preparados para el juego?

La estrategia era simple: Sarah y Ai eran los más rápidos para rastrear, pero los más débiles físicamente. Debían encontrarse con Olive y Keller, sus guardaespaldas. Su misión durante el juego consistía en buscar sin descanso el cofre y esquivar a sus enemigos lo máximo posible. Evitar las trampas o accionarlas y tratar de mantenerse alejados de la acción: ellos no eran tan buenos combatiendo como el resto de su equipo, ni tampoco aguantaban tantos envites físicos. Pero si se necesitaban, actuaban, dado que eran muy ágiles y su fuego era poderoso. Demasiado y podían llegar a matar si no tenían cuidado.

Escucharon la sirena resonar. Su estridente pitido causó un eco mareante dentro de la caja, pero los dos compañeros se olvidaron de nada que no fuera encontrar el tesoro y derribar a la mayor parte de adversarios posible y, si podían, no matarles. Ahora falta ver cuál sería su escenario de batalla, dado que cambiaba a cada partido, y rezar porque les fuera beneficioso. Como el puesto de salida, que siempre era diferente y no sabías cerca de quién podía tocarte. Además de los objetos a tu alrededor que podías utilizar para  tus propósitos.

 

El escenario por el que se movían durante el partido correspondía en aquella ocasión a un laberinto de matorrales de la mortífera rosa azul, muy venenosa y de espinas tan duras como el acero. Solo podían ver el color plateado de las hojas y el ultramar de los pétalos; parecía que estuvieran en una prisión vegetal. Tenía que encontrar a los demás, necesitaban seguir la estrategia de todos unidos, era su única posibilidad de sobrevivir.

—¡Fuego bajo! —gritó Sarah.

Su dragón escupió a la derecha su llamarada eléctrica y azul y comenzaron a moverse tres corredores para poderse situar. Se escuchaban los gritos de la multitud y los movimientos de los equipos, situándose para encontrar a los suyos y localizar a los contrarios entre las sombras; además, no podían usar muchas veces el fuego o el jinete caería inconsciente. Sarah jadeó sofocada ante el aumento de la temperatura y del vapor para mover aquel inmenso armatoste, pero la energía térmica les aguantaría para varios movimientos. Entre las matas se podían ver objetos que Sarah podía coger. Aguardó y tomó unos arneses con cuerdas que le permitían separarse de su dragón y lanzarse a por otros objetos más lejanos; un tridente que se estropearía en un par de usos y una bomba de luz y otra de humo.

Arma en ristre, escucharon la llegada por los corredores de otro dragón y se movieron derecha e izquierda para alcanzar a un dragón asaltador de color rojo.

—¡Luz! —gritó la jinete y lanzó la bomba al momento.

Los dos cerraron los ojos mientras Ai se movía a los pies del inmenso enemigo, mientras este gemía de dolor. La mujer alzó el tridente para romper la parte baja de los arneses. El arma se deshizo antes de que pudiera acabar de limar todas las tiras de cuero, pero no aguantarían muchos asaltos. Con suerte, tendrían un enemigo menos del que preocuparse.

—¡Fuego bajo! —volvió a repetir Sarah.

Sería ir hacia el noroeste, pero el enorme oponente tendría que maniobrar el triple para poder cambiar de posición en tan poco espacio. Sarah se encontró en el camino una espada con mejor aspecto y la tomó con fuerza. El calor le hizo sudar copiosamente, su corazón bombeaba sangre, pero cada vez con mayor lentitud a causa del calor. Ai dio un bandazo que Sarah no entendió y comenzó a lanzar un fuego mientras caía en picado hacia lo que en la visión de la mujer era el techo. El sofoco aumentó demasiado rápido y la pareja entró en el núcleo del campo de batalla. Dentro de este se había creado un espacio donde se luchaba de forma encarnizada. Los pétalos y las hojas caían incendiándose, así como la sangre de diferentes colores y de cada especie. Era una hermosa lluvia macabra que la empapó.

El dragón se lanzó contra el grupo de dragones y Sarah pudo ver que Keller estaba en serios aprietos. Enarboló la espada y cortó los arneses del enemigo, haciendo que el jinete cayera y el dragón se lanzara tras él. Sarah suspiro de alivio y de envidia, al ver que el tipo tenía un paracaídas que no dudó en utilizar. El problema era que su dragón no pudo frenar a tiempo y se chocó contra los rosales, arrastrando con él a su jinete, que gritó de dolor cuando se clavó  en las espinas.

—Era el otro buscador —se quejó Sarah.

Su dragón gimió de miedo, porque sabía qué iba a ocurrir. Necesitaban sentir la magia del cofre y darse prisa, porque ahora ellos eran el objetivo a batir y no sobrevivirían contra las moles del Arsenal.

—¡Busca, rápido! —pidió la mujer, deseando poder acabar con el partido—. ¡Hueco arriba, derecha, derecha!

A su alrededor comenzó a caer bocanadas de fuego y vapor abrasivo. Le alzando en la espalda, haciendo que el metal comenzara a arder tanto como para sentir su piel aullando de dolor y su voz con ella. Ai comenzó a moverse en zigzag aumentando el aturdimiento de su jinete. A su alrededor se generaba demasiado fuego y vapor, impidiendo ver. Los pasillos eran estrechos, pero aunque eran pequeños y ágiles, los demás miembros del Arsenal no dudaban en atacar con todas sus fuerzas para derrotarla. Seguramente la mayoría de sus adversarios se habían quedado detrás para distraer a los demás jugadores. El segundo más rápido de sus rivales estaría buscando el cofre, aunque fuera perder una fuerza de choque contra el Chelsea y los dos más fuertes estaban ahora tratando de acabar con Ai.

Fue entonces que consiguió visualizar lo suficiente tras el vapor, sobre todo al escuchar un grito de su dragón: el cofre del Arsenal a la izquierda, que sería el equivalente al suelo si estuvieran rectos. Sarah soltó sus arneses y cayó a plomo hacia la izquierda de su montura. El cofre se acercaba y sintió el fuego acariciando las plantas de sus pies.

—¡Fuego, arnés! —consiguió decir mientras seguía cayendo.

La mujer se agarró al cofre, que era inmenso. Se colocó de tal forma que el material comenzara a romper los rosales para detener su caída, pero sintió su espalda acuciando el golpe. Cuando temió escuchar algún crujido, sintió su dragón usando su magia y deteniéndola con una garra. La jinete agarró con fuerza el premio, subió a duras penas por el cuerpo de su dragón, alcanzó su silla y se ató. Los requisitos para que dieran por finalizado el partido.

La sirena sonó ella volvió a escuchar algo más allá del dolor de su cuerpo y su miedo. Solo faltaba comprobar que sus compañeros hubieran eliminado a suficientes miembros del Arsenal, porque con sus heridas podían considerarla una baja más que cuantificable. Se quitó el casco, como los del equipo rival y gritó aliviada al sentir el vapor escapando de su cuerpo. Los tres se miraron, sonrieron y se llevaron dos dedos a la nariz para felicitarse por el encuentro, como los dragones con sus gemidos.

Los arbustos ardieron rápidamente, dejando el suelo de hierba para que se posaran las monturas. Los jinetes cayeron y, mientras, unos autómatas médicos les examinaban, contabilizando las heridas y magulladuras, para luego aplicar una medicina rápida.

—Aunque han conseguido el cofre, el Chelsea ha tenido dos bajas por eliminación y eso les resta muchos puntos —explicó el comentarista.

—¿Quién ha sido? ¿Ha sido muy grave? —preguntó al autómata que le atendía.

—Uno de tus guardaespaldas y un buscador de premios. Esta vez os han alejado por completo para evitar que os agruparais y han añadido muchos más enemigos para comprobar vuestra fortaleza —comentó el autómata en un susurro, mientras la curaba—. Llevan meses testando a todos los equipos de la liga.

A diferencia de lo que hacían creer al pueblo, los seres de metal eran más humanos que los bárbaros que apostaban sobre las muertes de los jinetes dragones. El que la atendía era delicado al quitarle el armadura y aplicarle un ungüento que le estaba aliviando enormemente.

—La pérdida del buscador y la forma hace que el Chelsea pueda acercarse más al Arsenal —insistió el comentarista.

—Los equipos de otros deportes extremos están teniendo los mismos test, no sabemos que pretenden —comentó, preocupado—. Advierte a los de tu equipo.

—¡Victoria del Chelsea por puntos y tesoro! ¡Qué gran juego, señoras y señores! —finalizó el comentarista—. ¡Ha sido una dura batalla hasta el final!

Sarah fue tumbada en una camilla, al igual que Ai. Ambos fueron llevados a las caballerizas para ser atendidos de sus quemaduras. La mujer se sintió aliviada al ver que todo había acabado y más, al comprobar que sus compañeros caídos estaban allí, felicitándola por su gran labor. El dragón tumbó su enorme cabeza encima del regazo de la mujer, preocupado. Pensaba que esas pruebas tenían que ver con lo que estaba agitando al continente, por lo que deberían prepararse para lo que viniera, fuera mañana o dentro de un par de años.

Sin embargo, no tuvieron que esperar mucho tiempo hasta que el resto del equipo y el primer ministro Chamberlain aparecieran por la puerta. La montura no se movió, protegiendo el cuerpo femenino de su jinete de miradas indiscretas:

—Caballeros, seguramente hayan escuchado las noticias que nos han llegado del reto de Europa sobre Hitler. Como comprenderán…

Lo único que les quedó claro a todos los presentes, era que no podían dejar el país y estaban obligados a presentarse a filas si Bretaña entraba en guerra, sobre todo a sus dragones; a fin de cuentas, ellos eran personas, y no autómatas, por lo que estaban atados a la lealtad a su país. Saberse tan expuestos y encontrarse con que que muchos compañeros de toda la liga muriesen para divertir a las masas, fue un golpe muy duro para los miembros del equipo. Las monturas gruñeron y aseguraron que no lo harían, que jamás lucharían por los humanos en sus guerras sin sentido. Por último y como gesto de buena voluntad, el gobierno había anulado sus contratos, por lo que todos quedaban libres de sus contratos para emplear sus recién obtenidas riquezas como quisieran.

Era un pequeño reconocimiento para sus futuros héroes.

Lo que debería haber sido una celebración por haberse librado del contrato de esclavitud, se tornó en un futuro aciago para los jinetes del Chelsea. Discutieron hasta altas horas de la mañana, deteniéndose solo cuando se dieron cuenta de que estaban atrapados: a los jinetes no les dejarían escapar, no habría lugar en la tierra donde no trataran de encontrarles, pero era posible que sus familias fueran capaces.

—Hemos ganado una fortuna en oro, solo necesitamos sacar el suficiente para que los nuestros puedan vivir bien. No necesitamos todo —comentó Keller.

—Y aun así, es más que posible que podamos sacar la inmensa mayoría y darles a los nuestros una buena vida —comentó Lia McCarthy animado.

—¿Y a dónde los mandamos? —preguntó Olive—. Por lo que hemos leído, ese loco de Hitler pretende extenderse por todo el mundo.

—Nuestros dragones sabrán qué lugar es mejor, ellos les protegerán —comento Ben Rouge.

Sarah estaba lo suficientemente curada de sus quemaduras para poder moverse sin dificultad, aunque le quedara una cicatriz; a pesar de lo que le tiraban, decidió recoger a sus hijos y volver a su hogar. Poco iba a solucionar con las palabras y solo deseaba poder marcharse y disfrutar lo que le quedase de libertad. Puede que de vida, porque dudaba que pudiera sobrevivir cuando se supiera que era una mujer, seguramente los otros soldados trataran de aprovecharse de ella. Sintió que se estremecía del miedo.

Su dragón le lamió la cara, recordándole que podían huir y que jamás les encontrarían. Los dos con los niños podrían empezar lejos de lo que se avecinaba, como la montura y su jinete:

—Dudo que pudiéramos volver a Inglaterra después, puede que incluso nos persigan. No podemos escondernos eternamente y esperar que se olviden de nosotros, jamás lo harán —sollozó Sarah, sintiéndose sin escapatoria—. No queda más remedio que luche. Si los dos desertamos, harán lo imposible para dar con nosotros. Al menos una de nosotros debe quedarse para que se apacigüen. Si me entrego, tú podrás escapar con mis niños.

Ai insistió que sería él quien luchase, que podía hacerlo, pero se calló cuando Sarah le dijo que el ejército, el de cualquier bando, le torturaría para saber dónde se habían ido el resto de los dragones; e incluso que experimentarían con él, deseando encontrar la forma de conseguir dragones artificialmente. Su hermano no era cobarde, pero hasta ella debía reconocer que la perspectiva era aterradora. La única esperanza que quedaba, era que al final todo se quedara en unas pobres amenazas y su vida siguiera como hasta ahora.

Sarah miró al corredor de apuestas, que lejos de sorprenderse por verla como una mujer, se acercó a ella con una enorme funda de almohada con sus ganancias. Lo último que se supo de ella, fue una lluvia de billetes cayendo sobre todo el circuito de Ascot. Se dijo que hubo disturbios y muertes, pero eso formó parte de la leyenda negra de la última liga de Jinetes de Fuego.

 

***

 

En la historia hay episodios que parece mejor olvidar, hacer como jamás hubieran existido y fingir que todo fue bien; en mi caso, lo que vi en aquella estación abandonada cerca de Hamburgo me ha obligado a recordar lo peor de mí… lo que  viví durante la Gran Guerra. Mi nombre es Gustav Koch, uno de los muchos jóvenes que se unió a las juventudes hitlerianas para evitar que se sospechara de ellos sin necesidad. En mi caso, tenía demasiadas papeletas para ser juzgado según las nuevas ideas del país; pero eso poco importa. Fui un soldado mediocre hasta que la realidad de la guerra pudo conmigo y mi moral, o lo que quedaba de ella.

 

Huí de Hamburgo en los primeros bombardeos de la operación Gomorra, fue como si mi instinto hubiera sabido que aquello iba a ser horrible. Caminé tratando de escapar sin saber muy bien a dónde dirigirme; pronto el ser alemán sería un estigma del que no sentirse muy orgulloso. Llegué hasta una parada abandonada de ferrocarril en mitad de la nada. Durante las horas que dormí allí, estaba convencido de seguir escuchando las bombas caer sobre Hamburgo. Pero me equivocaba en parte.

Una luz cegadora me despertó en medio de la noche y pude ver aviones jugando en el cielo. Juro que eso era lo que hacían y más cuando me fijé que se trataban los escuadrones de la liga. Ver los colores de los Jinetes de Fuego de Hamburgo volando en el cielo con los de Stuttgart y otros miembros de la Bundesligao la Feuerliga fue increíble. Como encontrarme que se dedicaban a volar y enfrentarse entre ellos sin derribarse, parecía que siguieran jugando en la liga de Jinetes de Fuego y no tratando de enfrentarse a los supuestos enemigos del Gran Imperio. En las carcasas se podían ver sus números y las formas de sus dragones, por lo que era un peculiar homenaje a estos. Cuando llevaban un rato volando, vi a otros unirse a su vuelo y pude reconocer que eran provenientes de las demás divisiones europeas. Había tantísimos que era imposible contarlos todos. Parecía una exhibición aérea. Y tan rápido como comenzó, acabó con todos los aviones estallando en mil pedazos al chocarse entre ellos, como si hubieran perdido su agilidad… tal vez fuera verdad esa leyenda que aseguraba que todos fueron saboteados y se mataron entre ellos sin disparar ni una sola vez. Qué rápido olvidamos a nuestros héroes.

Corrí al punto exacto donde aquello había ocurrido y encontré trozos de fuselaje devorados por la hierba. Pero había un trozo de la cola con los nombres de los dragones de los Jinetes de Fuego que no dudé en tomar. Encontré prácticamente todos los que había visto volando aquella noche. Me cuesta creer que durmiera cerca del lugar donde se desarrolló la batalla de los Jinetes de Fuego, donde murieron buena parte de ellos.

Estuve años buscando a las familias de los Jinetes de Fuego, que escaparon para evitar cualquier represión si su pariente era declarado traidor; no se volvió a restituir el juego, no solo porque no quedaran dragones, sino también por lo inhumano que era mandar a personas a la muerte. Adoraba los Jinetes de Fuego, hasta que supe que eran personas reales matándose para poder escapar de sus deudas y sacrificando a sus dragones.

Con respecto a las acusaciones de deserción o posibilidad de ella (para así poder volver a nuestro tema), sería capaz de contar una novela de terror. Puede que a los rasos se nos dejara muy tranquilos, pero vi cómo castigaron a uno que trató de huir, un pobre campesino que tuvo la mala suerte de tener un dragón… Esas imágenes siguen persiguiéndome en mis pesadillas. Como no obtuvieron a sus monturas para luchar, sé que esos pobres infelices acababan sufriendo por parte de todos los demás soldados. A veces sospecho que jamás llegaron a luchar, que les boicotearon sus aviones como pago por “traicionar a la patria”. Fui testigo entre las filas alemanas y, por lo que sé, no era algo exclusivo de los míos.

 

Por aquellos asuntos por los que tuve que alistarme, fui compensado al final de la guerra y decidí utilizar aquel dinero tratando de encontrar a los descendientes de los Jinetes de Fuego. No pude encontrar a unos cuantos de los alemanes hasta que el telón de acero cayó; cambios de regímenes, apertura de fronteras… la guerra tardó mucho en liberarnos y con ellos, que a muchas personas les llegara la verdad.

Curiosamente, a quienes más me costó encontrar fue a los hijos de Lord Keller del Chelsea, que resultó ser una mujer viuda que trataba de sobrevivir y que falló cuando llegó la lucha; hizo lo imposible para evitar que persiguieran a su familia alistándose. Si hubiera dicho que era una mujer, podría haberse marchado… o no, dependería del escuadrón. Sus letras fueron las más complicadas de descifrar, dado que estaban escritas en chino; hasta que no visité el país por placer, nadie pudo decirme lo que significaban: Bo Ai Da. Los británicos eran los que más dragones chinos tenían y no fue difícil dar con ella en los archivos de los museos.

Encontré a los dos hijos, ahora adultos y con sus vidas resueltas gracias al oro que ganó su madre en Estados Unidos. No se sorprendieron mucho de mi historia, como tampoco lo hizo su dragón Bo Ai Da, la única montura que vi en mis viajes, dado que el resto desaparecieron sin dejar rastro… pero solo cuando dejaron a las que consideraban sus familias humanas a salvo.

A día de hoy, cuando pienso en la expresión de aquella soberbia criatura, tan triste y desesperanzada, que pensaba que volvería a ver algún día a la que yo creo que era la que decidió que sería su pareja para toda la eternidad. Por lo que sé, acabó desapareciendo como los demás especímenes de los suyos a causa del gobierno estadounidense, que deseaba sonsacarle todo lo que sabía y experimentar con él. Como todos los países del mundo.

Pero a veces vuelvo a ese prado en los aniversarios de la batalla de los Jinetes de Fuego y miró como durante el día nublado, los dragones lloran por aquellos que perdieron. Por las noches, los fantasmas de aquellas pobres almas atrapadas en el infierno de la guerra, siguen jugando sin importarles los vivos que les recordarán durante milenios.

 

Laura López Alfranca

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