Relatos 2020: Javier F. Parrondo con "Xibalbá"

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  Relatos 2020

XIBALBÁ

 

Javier F. Parrondo

 

Recomendado edad +16

 

«Una semana. Una semana ya. Parados en mitad del océano Atlántico sin un ápice de viento, ni una gota de aire, ni aspecto de ir a soplar pronto».

La carabela del capitán Diego de Rodrigo, mal llamada en este caso la «Afortunada», se hallaba quieta en medio de un mar que simulaba a la perfección una balsa de aceite. Las velas eran inútiles trapos colgantes y un sol de justicia castigaba con sus rayos los tostados cuerpos de los tripulantes que desesperaban por la inactividad meteorológica.

 En todos sus años cruzando estas aguas de una orilla a la opuesta y viceversa, Diego nunca se había topado con algo como esto. Si, había vivido tormentas de gran destrucción de las que solo con ayuda de Dios se podía salir vivo, lluvia como latigazos de la Santa Inquisición, algunas olas de un tamaño tal que su carabela era un mero juguete de niño entre sus aguas embravecidas o también un par de días de calma chicha sin aire que les empujase. Pero esto que le sucedía ahora a la «Afortunada» no era nada que entrase en la definición de «normal».

Y esos malditos indígenas no se callaban.

Diego había cargado oro, plata y especias en un puerto en el Nuevo Mundo, adelantándose a esos portugueses que les seguían de cerca a los españoles en las labores de conquista de esas nuevas y paganas tierras. Conquista y saqueo, porque aunque el viaje era arriesgado y duro, el resultado económico resultaba más que provechoso. Antes de abandonar el puerto Diego aprovechó a subir a bordo unos cuantos indígenas para traerlos a España y vendérselos a algún terrateniente que necesitase mano de obra «muy barata». Sabía que sería un trato que le proveería de un buen capital y nunca venían mal unas cuantas monedas de más. Pero desde que los habían embarcado encadenados a la fuerza y los mantenían hacinados en un rincón mal ventilado y húmedo de la abarrotada bodega no se habían callado.

―¡YUM KIMIL! ¡AH PUCH! ―murmuraban en canticos como si clamasen por alguien.

El soniquete era continuo. Ni los gritos de su segundo de a bordo, Felipe, leal como un perro a su capitán, ni las varias palizas recibidas a manos de algunos marineros, les hacían rebajar el tono de sus plegarias. Porque eso es lo que parecían, plegarias. Diego no podía evitar encontrar gran parecido entre sus canticos y los rosarios que rezaba su madre en la iglesia.

Aun así, se convertía en un murmullo continuado que acompañaba cualquier acto que se llevase a cabo en cubierta, acabando con la poca moral que ya les quedaba a los marineros exasperados y desesperados por el parón contra natura de la carabela «Afortunada». El sonido de sus voces que ascendía desde la bodega por sus pies hasta sus oídos se mutaba en una machacona letanía que, a base de escucharla día y noche, ya empezaban a repetir los españoles inconscientemente.

La tripulación, desocupada desde hace una semana, comenzó a contar las provisiones y barriles de agua por lo que los chismorreos y cavilaciones de cuanto les durarían si seguían atrapados sin una gota de viento acabaron llegando a oídos del capitán. Las críticas a su inacción ante la falta de viento y la incansable canción de los indígenas que minaba la moral hicieron que Diego tomara cartas en el asunto y viendo el riesgo de sufrir un motín a bordo reunió a su tripulación bajo las velas inertes que colgaban laxas de sus palos.

―¡Marineros! Como capitán vuestro os aseguro que esta mala racha de viento pasará pronto y continuaremos viaje hacía España, a nuestra casa. Hasta dar con tierra tendremos que racionar el agua y los alimentos, pero os prometo que será durante muy poco tiempo.

―¿Y los indígenas? ―el que preguntaba era el misionero que retornaba a su patria y que le habían endosado a Diego en su barco un poco a la fuerza. Como negar a un religioso el viaje, aunque llevar a alguien gratis en su nave iba contra casi todo los códigos personales de Diego.

Envuelto en su sotana de misionero de color tierra y con la barba arreglada y el pelo cortado hacía poco, sus rasgos juveniles eran el contrapunto de la apariencia dura e inclemente de Diego, cuyas arrugas producidas por los vientos del mar durante años no hacían sino intensificar su carácter de hombre duro y de pocas palabras.

―Los españoles comeremos y beberemos primero. Esos salvajes están acostumbrados a pasar hambre y vivir con lo justo por la selva. No será ninguna novedad para ellos.

La tripulación aplaudió la decisión y vitoreó al capitán.

―Pero eso no es cristiano ―le retornó como queja―. Son hombres también, aunque aún no estén bautizados ni hayan conocido la Palabra de Dios. También sería humano dejarles subir a cubierta a respirar aire fresco.

―Con su ración haga usted lo que tenga a bien, padre Ignacio ―el tono que Diego usó cortó toda posibilidad de discusión―. ¡Quiero el barco preparado para que nos larguemos en cuanto se levante el más mínimo atisbo de aire! Si quiere resultar útil padre, rece para que sople el viento de una puta vez.

No era hombre que se dejase contrariar ni al que fuera buena idea enfadar, por esa razón todos los tripulantes se buscaron algo que hacer.

El capitán les echó un último vistazo a todos sus marineros y cruzó con su segundo una mirada de autoridad antes de retirarse a su camarote. Mientras andaba pisando con sus botas de caña alta y haciendo repiquetear las tablas de la «Afortunada» se dio cuenta que los rezos y murmullos de los indígenas le estuvieron acompañando durante toda su arenga.

―¡YUM KIMIL! ¡AH PUCH!

 

 

Día y noche continuó la cantinela. Al octavo día Diego fue testigo de cómo uno de sus tripulantes perdió la cabeza.

―¡Capitán! ¡Capitán! ―tronó la voz de Felipe, su segundo a bordo―. ¡Es urgente! ¡Venga!

Diego dejó aparte los mapas que estaba examinando con minuciosidad tratando de saber dónde demonios estaban varados y corrió tras su hombre de confianza.

Abajo, en la bodega, uno de sus marineros amenazaba a un indígena con un cuchillo en el cuello con la evidente intención de degollarlo. No era el primero, pues el cuerpo de otro yacía muerto en un charco de sangre. Diego trató de razonar con su hombre durante unos minutos repletos de tensión, pero solo le sacaba palabras incoherentes como «malditos» o «debemos castigarlos».

―¡Ellos son los culpables, capitán! ―voceó esta vez con toda claridad ―. ¡Matémosles y el viento retornará!

Acto seguido abrió la carne del cuello del desdichado hombre encadenado e indefenso derramando su roja sangre por su cuerpo y por el suelo ya empapado de antes. Diego de Rodrigo actuó por reflejo, agarrando la pistola su segundo allí presente y sin dudar, apretó el gatillo. Una detonación irrumpió en la bodega al dejar volar una bola de plomo hacía la cabeza del marinero que cayo hacía atrás muerto antes de rozar el suelo.

El silencio se acopló al penetrante olor de la pólvora e incluso los indígenas callaron durante un minuto eterno para todos.

La letanía volvió pasado ese tiempo y fueron elevando el volumen paulatinamente.

―¡YUM KIMIL! ¡AH PUCH!

―Arrojad los cadáveres al mar ―ordenó con voz firme―. Si alguien se acerca a estos lo mataré como a él. Son mucho más valiosos para mí que cualquiera de vosotros. Sus vidas valen más de lo que ganaréis en toda vuestra vida arriando velas y tragando agua salada.

El tono del capitán no permitía dudas en cuanto a que Diego valoraba más el dinero que le procurarían los indígenas que a su propia tripulación. Y ya le habían hecho perder a dos con el merme en el precio de venta que ello conllevaría.

Trepó los escalones hacía cubierta de dos en dos y se tropezó con el padre Ignacio que con su hábito remangado corría hacia él.

―¿Qué ha sucedido?

―Le tengo trabajo para que se gane el pan que se está comiendo. Diga unas oraciones para el marinero que el mar se va a tragar. O no lo haga, me da igual. Sus rezos no nos valen para nada porque ni Dios nos devuelve el viento.

Ignacio descendió a tiempo de ver como los marineros izaban los tres cuerpos a la cubierta y sin ningún tipo de escrúpulo los arrojaban por la borda con cierto desprecio, a vista del misionero. «Una digna tripulación, espejo de su capitán» pensó. Asqueado se arrodilló e ignorando las risitas de los marineros rezó por el alma del cristiano y por los dos indígenas. Por alguna razón, en su interior le parecieron vanas e inútiles las plegarias a un Dios sordo a sus suplicas.

Tras las oraciones se aproximó a los hombres encadenados y trató de comunicarse con ellos. Uno que aun llevaba restos de una pintura en la cara le intentaba explicar algo. El padre Ignacio llevaba varios años en el nuevo mundo y algo había aprendido del vocabulario de los indígenas. Entre gestos y chapurreando alguna que otra palabra consiguió sacar algo en claro.

 Y no le gustó.

 

 

A la hora de la cena dos marineros se habían apuñalado uno al otro por un trozo de pan que ya empezaba a enmohecerse. Felipe extrañado, revisó en persona las provisiones restantes y descubrió con horror que todas se habían podrido. «No ha pasado tanto tiempo, no es posible», pensó alarmado. La fruta perdida, la carne agusanada, el pan verde de moho y el pescado rancio. Toda la comida perdida sin razón aparente. Además, parecía que los peces evitaban por todos los medios las cercanías de la «Afortunada» porque no eran capaces de sacar del mar ni el más pequeño de los pescados. Todo el alimento y la bebida que llevaban a bordo era incomible y Felipe no hallaba explicación racional para tal suceso.

Se lo comunicó a Diego, junto con la noticia de que el agua estaba también en mal estado. De color rojizo, para ser exactos y volviéndose grumosa y sólida. Jamás había presenciado escena como esa y era un hombre de mundo. No olvidó alertar que la tripulación hablaba de males de ojo y castigos divinos.

El capitán maldijo a gritos a todos los santos y patronos del mar y al salir enfurecido de su camarote topó con el padre Ignacio.

―Capitán, me veo en la necesidad de comunicarle lo que los indígenas llevan clamando todos estos días.

―¡Hable, padre! ¡Hable de una maldita vez! Peor ya no nos puede ir. No nos queda comida, no nos queda agua, su Dios no nos escucha y lo más irónico ¿sabe que es? Que estamos rodeados de agua por todos lados. Agua a babor, agua a estribor, agua y más agua pero ni una sola gota para beber.

Ignacio no se vio sorprendido por la noticia.

―He conseguido entenderme algo con ellos y parece ser que claman por un dios de la muerte. Yum Kimil y Ah Puch son sus nombres si no he entendido mal. Al parecer están seguros de que él ha detenido el viento para que no les arranquéis de su tierra.

El capitán soltó una risotada con un deje un poco esquizoide. Empezaba a verse superado por las circunstancias.

―¡Eso son estupideces de salvajes! ―clamó iracundo.

―Uno de ellos, el de la cara pintada es un… sacerdote para ellos, por llamarlo de alguna manera que nos entendamos. Me asegura que tiene la solución para que vuelva el viento, pero que los tiene que devolver a su tierra.

―¡NO! ―mordió la palabra entre dientes y se marchó.

 

 

Quinto día sin comida, ni agua, ni viento. La tripulación está fuera de control y el motín se respira en el ambiente. Diego acaba de matar a otro de sus marineros por rebuscar en los barriles de provisiones de la bodega a pesar de que de todos es sabido que están vacíos. Solo con mano dura y siendo expeditivo puede ir capeando la rebelión a bordo. El miedo es un buen acicate.

Pero no ve ya salida ya para esa locura de violencia y desconfianza que puebla la «Afortunada». En cualquier momento puede ser su espalda la que sea acuchillada.

―¡Padre Ignacio! ―grita desde el castillo de popa reclamando al religioso.

El desánimo se lee con claridad en la estampa de Diego. El capitán se rinde a la evidencia. Algo les ha maldecido y no les permite continuar.  A regañadientes recurre al misionero para pedirle que le explique la solución de los indígenas.

Los hace subir a cubierta y los escuálidos hombres morenos de piel pegada a los huesos por la falta de sustento son cegados por el inclemente sol. Un sol que brilla sin que una sola nube aparezca por el cielo para cubrirlo desde el alba al anochecer.

El padre Ignacio gesticula e intercambia extrañas palabras con el que apenas tiene ya pintura en la cara.

―¡Qué demonios dicen! ―brama Diego, harto de no enterarse de nada.

―Si no he entendido mal, estos paganos dicen que su dios solo se calmará con un sacrificio ―movió la cabeza negando algo―. Un sacrificio humano. ¡Es ridículo, capitán! Le estoy haciendo perder el tiempo, esta tontería no nos lleva a ningún lado.

―Explíquese, padre.

―Su dios está enojado y reclama un sacrificio de sangre para devolvernos el viento, pero luego debe usted retornarlos a su tierra, en cuanto empiece a soplar y se hinchen las velas. ¡Una ridícula idea pagana! Por esto es por lo que yo he luchado estos años entre salvajes y he trabajado tanto con ellos, para mostrarles la sabiduría de la Biblia y evitar estas salvajadas. He tratado de hacerles olvidar a sus dioses falsos mostrándoles el camino de la salvación, pero veo que hay casos que es inútil. Mis disculpas capitán, creo que debería apartarlos de su vista y centrarse en nuestros problemas. Yo seguiré rezando a Dios para que su aliento haga que nuestro barco se mueva.

Diego de Rodrigo miró fijo al indígena que le sostuvo la mirada.

―¿Cómo debe hacerse? ―preguntó directamente al hombre de la pintura en la cara.

Como si le entendiera, hace una marca con su dedo índice desde el nacimiento del cuello hasta el ombligo. Diego comprende. No tiene más opción, se dice a sí mismo. Si el Dios cristiano no les hace caso ni se preocupa por su destino, quizá el de los indígenas sí lo haga.

―Sujetad al padre Ignacio ―ordena a sus hombres con voz carente de ningún tipo de modulación o sentimiento.

―¿Está loco, capitán? ¿Piensa hacer caso de un salvaje pagano? ―reclamó el religioso―. ¿Va a cometer un asesinato y además de un siervo de Dios? Por favor, capitán, reflexione. ¡Recapacite!

―No tengo más salida, padre. Si voy a renegar del Dios cristiano, del Dios de mis padres, no puedo permitir que uno de sus sirvientes me atormente con su presencia.

―¡Es una creencia pagana, capitán! ―chilla Ignacio desesperado al ver la total convicción de Diego en lo que va a hacer―. ¡Le espera el infierno eterno por esto!

Los marineros dudan, pero en este momento temen más a su capitán y atan al misionero apartándose a un lado. Diego le da al indígena un puñal de considerables dimensiones y un pequeño empujón en dirección al religioso. Felipe, su segundo, sigue la situación con emociones encontradas, pero se mantiene fiel a su capitán.

―Lo siento, padre Ignacio. De todas maneras, tenía muy claro desde hace tiempo que me aguarda un lugar en el infierno por todo lo que he hecho durante mi vida. Pero juro que adoraré al dios que me saque de este atolladero.

El indígena y los suyos canturrean melodías con los ojos cerrados. El cuchillo se eleva sobre el cuerpo en tensión del padre.

―¡Capitán, no! ¡Por favor! —suplica Ignacio

El filo desciende despacio ocultándose en la garganta, ahogando las últimas suplicas del misionero. Luego, va serrando con pericia su pecho hasta la barriga. Algunos marineros, hombres curtidos en el mar y alguna que otra batalla, se van vomitar una inexistente comida por la borda.

El indígena mete sus manos en el pecho y con esfuerzo parte sus costillas para después sacar un corazón latente en un mar de sangre.

―¡Buluc Chabtan! ―chillan a coro―. ¡Buluc Chabtan! —y ofrecen el corazón vivo al cielo.

Diego cree que llaman a otro dios. Le parece haber escuchado ese nombre antes. Si, un dios de los sacrificios y la destrucción. Aquel hombre del puerto que le narró historias salvajes mientras bebían vino aguado bajo la protección de una tienda hecha de lona. Buluc Chabtan. Si, lo recordaba de forma cristalina.

―Estamos malditos para la eternidad por esto, capitán ―fue lo que afirmó Felipe aterrorizado por lo que había permitido justo antes de colocarse la pistola en la sien y volarse la tapa de los sesos.

Los indígenas callaron.

El cielo se ennegreció de nubes oscuras como el carbón. La tormenta que parecía iba a ser de enormes dimensiones se acercaba a toda prisa, y por delante de ella llegaba el aire. Suave brisa al inicio, terrible huracán luego. Las velas se hincharon como los ánimos de los marineros allí atrapados.

Los gritos de la tripulación estallaron de alegría. Tras tantos desaires y desgracias volverían a casa. Se acabó la tragedia, estaban vivos para contarlo.

Diego no estaba tan alegre. Sentía un vacío en su interior y no era el hambre que atenazaba su estómago. Era como si se hubiese arrancado algo él mismo. Supo con seguridad que su alma ya no le pertenecía.

Miró al indígena que aun sostenía el corazón del padre Ignacio en la mano y adivinó su mirada interrogativa. Quería saber si Diego cumpliría su palabra de devolverlos a su tierra.

―¡No! ―contestó a la mirada inquisitiva―. ¡Rumbo a España!

El hombre de la escasa pintura en la cara observó con pena tras el capitán y exclamó señalando con el dedo.

―Xibalbá ―susurró.

Diego se giró y resaltado contra el negro y tormentoso cielo que ya anegaba en lluvia y aire toda la cubierta, un rayo enormes dimensiones y perfectamente dibujado cayó en mitad de la «Afortunada» partiéndola en dos con eficacia quirúrgica.

Mientras sus marineros y los indígenas se ahogaban en el mar revuelto y eran devorados por las olas que separaban las dos partes de la carabela, el capitán Diego de Rodrigo no necesitó traducción para la palabra Xibalbá.

Infierno, cual otro si no.

 

 

Twitter: @capitanpip

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