Relatos 2020: Emma Maldonado con "El libro"

  Nowevolution  

 (234)    (3)    0

  Relatos 2020

El Libro

por Emma Maldonado

 

«Catalina y Lorenzo se conocieron en el baile de las estrellas: ella cubierta con un fino vestido de plata y él ataviado con un elegante traje de oro. Los dos danzaron en la pista bajo las miradas de las constelaciones aquella noche. Sin embargo, su danza no duró tanto como ellos hubiesen deseado. El firmamento no estaba de acuerdo con esa unión y ambos se vieron obligados al destierro del otro. De modo que, Catalina se hizo diosa de la noche, irguiéndose gris y plateada en medio de la oscuridad, mientras que Lorenzo amparaba a todas las criaturas bajo el cielo celeste del día. Pero ni las estrellas ni las constelaciones, y aún menos el tiempo, pudieron mantenerlos para siempre separados. Consiguieron burlar su maldición unas cuantas veces al año por lo largo de los siglos. Encontrándose los dos en el mismo punto y bailando la Gran Danza, los destellos de uno se fundían con la silueta de la otra, exhibiendo así su amor ante toda la humanidad, dando esperanza a todos los enamorados por siempre jamás».

 

 

Había perdido el tren que me llevaría a Roma y ahora debía esperar un par de días más, pues al parecer, no quedaba nada para las próximas cuarenta y ocho horas, ya que las huelgas de trenes eran últimamente abundantes por aquí.

Era mi primer viaje a Italia y mi italiano no era excepcional, ni mucho menos, pero había sabido ingeniármelas para hacerme entender. Debía permanecer aquí, en Bolonia, esos dos días, y no sabía nada de aquella ciudad; simplemente que por su estación pasaban todos los trenes y que por ello era el centro de comunicación del norte del país.

Me metí en una cafetería para probar uno de esos deliciosos capuccini italianos, estaba en el cuore della città, en Vía Zamboni. Me sorprendía lo mucho que podía comprender el idioma, aunque ellos hablaran deprisa. Así que, con esas, pedí mi café en cuanto entré. El camarero sonrió, supongo que mi pronunciación no era lo que se puede decir «correcta», pero al menos me había entendido bien.

Eché un ojo en derredor. Aquello no se diferenciaba mucho a los bares españoles; hablaban alto, estaba lleno hasta los topes. Lo que sí me llamó la atención fue ver a un hombre sentado escribiendo en una mesa.

Os preguntaréis: «¿Y qué tiene de raro?» En realidad, el acto en sí, nada, lo curioso era el artefacto que utilizaba para llevarlo a cabo: una máquina de escribir.

¿Cuántos milenios hacía que no veía yo una de esas? Apenas tenía vagos recuerdos de la que mi tía utilizaba cuando hacía algún escrito para su periódico escolar.

El chico parecía uno de esos escritores locos de la vida: lleno de papeles hasta las cejas, seis o siete bolígrafos a cada lado, cada uno de un color diferente, el pelo despeinado (de tanto tirarse de él, deduje, por la avalancha de pelotas de papel que tenía alrededor, suponía que de bocetos malogrados de su obra), descuidado hasta el extremo, con una vieja y anticuada máquina de escribir y tres tazas vacías pululando entre las bolas arrugadas.

El camarero trajo mi capuchino hasta mí; en él se dibujaba una cara sonriente de canela. ¡Estos italianos, qué apañados eran para elaborar sus cafés!

—Disculpe —me dirigí al camarero en el mejor italiano que supe—, ¿qué hace ese hombre de allí?

El camarero emitió un silbido cargado de intención.

—Chico, preguntarás mejor qué no hace. Viene aquí desde hace dos meses, se sienta en esa mesa todos los días y se pone a teclear como loco. Dice que su objetivo es escribir la mejor historia de amor de todos los tiempos. ¿El porqué? Pues ni idea, y se ve que es secreto de sumario, pues nadie ha conseguido sonsacárselo.

—No sólo eso. —Se me acercó otro camarero, que parecía haber puesto la oreja en nuestra conversación—. Se dice que la máquina tiene algo, y que busca y encuentra a su propio dueño. Yo, personalmente, viendo a ese pobre diablo, no quiero que me acerque esa cosa jamás, ¡se le está yendo la cabeza!

—¿Y cómo sabe eso? —le pregunté, tremendamente intrigado.

—Porque un señor mayor que frecuenta la cafetería desde hace años lo dijo en cuanto se sentó en esa mesa el primer día. No ha sido el único que ha tenido esa extraña manía en esta ciudad.

—Así que, ¿podría tratarse de una tradición familiar?

Los camareros se miraron entre sí y luego se encogieron de hombros, sin saber la respuesta.

—¿Y qué hace con los escritos?

—Nadie lo sabe, pero tenemos constancia de que al menos tres hombres han pasado por aquí con esa máquina y ese libro que ves ahí. También nos lo contó el señor que frecuenta la cafetería. —Me señaló con el dedo al mastodóntico volumen que había enterrado entre los papelorios del escritor.

Me quedé observando a aquel espécimen extraño de ser humano. Su historia era fascinante a la vez que inquietante.

 

 «Las tensiones entre España y Francia cada vez eran más patentes. El aire bélico casi podía palparse en el ambiente.

Para eso estaban allí los emisarios franceses, para poder poner paz entre los dos reinos.

Danielle era una de las damas que acompañaban a la princesa Béatrice y su séquito. Nunca había pensado que su señora la escogiera a ella para hacer tan largo viaje, pero así había sido y con ello tendría que aguantarse.

Eso que se decía en su país de «no hacer castillos en España», debía aplicárselo muy bien ahora que estaba en dicho lugar. Ella había tenido la utopía de casarse con su amado Pierre, sirviente del palacio de su Rey, como lo era ella. Pero ahora todo eso tendría que esperar. El viaje a España era muy largo, tardaría meses en volver a casa, si es que volvía. El carruaje de caballos no era tan veloz como ella había imaginado, Pierre seguramente encontraría a otra mujer en su ausencia, y eso hacía que le hirviese la sangre.

Cuál fue su sorpresa cuando, recién llegada a la corte española, Manuel, un joven y apuesto noble casadero, se fijó en ella. Él estaba bajo las órdenes de su señor, le rendía pleitesía y vasallaje, pero eso no fue impedimento para que su corazón le perteneciese a ella.

La princesa Béatrice encontró amabilidad en el real castillo castellano, pocas o ningunas eran sus intenciones de volver a Francia, y, con el paso del tiempo, eso mismo le acabó pasando a su dama de compañía.

Danielle y Manuel paseaban todos los días por los grandes jardines del palacio. Los dos eran ajenos a esa guerra que supuestamente estaba en marcha. No existía nadie más que ellos en ese tiempo y en ese espacio. Tanto era así, que querían aprovechar las buenas relaciones que se estaban forjando entre las figuras reales de la princesa Béatrice y el infante Don Juan para pedirle a los altos cargos que su enlace fuese celebrado inmediatamente.

Así fue cómo ellos se casaron, mientras la paz se establecía entre los dos reinos en aquellos años».

 

 La ciudad no estaba tan mal, probablemente ni siquiera me diese tiempo a ver la mitad de las cosas que la chica de información turística me había marcado en el mapa.

Ahora me disponía a subir a la Madonna di San Luca. Se suponía que en esa pequeña iglesia que se erguía a lo lejos, en la montaña, se había obrado algún tipo de milagro, y aún quedaban restos de ello.

Yo quería verlo, no tenía nada más que hacer, además, me parecía una bonita excursión, había que subir a pie bajo unos soportales rodeados de árboles y naturaleza.

Llegué con la lengua fuera a lo alto, ¡parecía más cerca desde abajo! Me encontré con que la pequeña iglesia estaba cerrada, así que no pude comprobar la magnitud de ese milagro. Sin embargo, con el aire que se respiraba en aquel remanso de paz, no pude menos que darme una vuelta por los alrededores. Las vistas que había de las montañas eran espectaculares, desde la ciudad poco podía intuir yo que allí se originaba un verde tan deslumbrante como el de la panorámica que estaba viendo.

No obstante, ni todas las instantáneas que hubiese podido tomar de aquel lugar me hubiesen dejado con la boca abierta como me la dejó él; el escritor.

Allí estaba, apoltronado en un banco, con su semblante serio, escribiendo sobre esa destartalada máquina del siglo pasado. La única diferencia que había con respecto a la cafetería era que no estaba rodeado de vasos vacíos y papelorios. Pero, aún así, tenía la misma pinta de desquiciado, y ese gran libro lo acompañaba junto con sus múltiples bolis.

—¡No sirve, no sirve! —gritó, arrojando una bola de papel al suelo.

Supuse que aquella sería la primera de muchas. Pero al cabo de dos segundos, comprobé que mi hipótesis había sido errónea.

Se levantó, cogió todo su arsenal de folios y bolígrafos, enfundó su máquina en una tela marrón y se marchó de allí corriendo.

«¡Qué tipo tan curioso!», pensé en ese momento. Seguí paseando por allí, olvidándome completamente de él. Aunque tuve que recordarlo pronto, cuando pasé por donde lo había visto en su amago de escritura: allí estaba su libro, pidiendo a gritos que alguien lo tomara entre sus manos.

Me acerqué al gordo y pesado tomo azul. Las tapas estaban algo desgastadas y las hojas un poco amarillentas, excepto una pequeña parte, al final del todo, que era blanca.

Miré a mi alrededor, pero el tipo no estaba, ni él ni nadie; solo el libro y yo. Lo llevaría a la cafetería para que se lo devolvieran al escritor cuando pasara por allí a tomarse sus veinte cafés.

 

 

«La joven morisca Aixa se crio en el pequeño valle al que sus antepasados llamaron Dalyat. Su padre Ahmed la quería y la valoraba sobre todas las cosas, pues era su única hija y la que continuaría su linaje después de él. Al viejo y noble nazarí nada le hacía más feliz que su hija se casara con un hombre digno de su posición.

Aixa se bañaba cada día en los antiguos baños árabes, heredados de su madre y cuidados con esmero por toda la población. Estando cerca del río que abastecía de agua a su pequeño balneario, ocupada paseando entre la naturaleza, un joven de armadura pidió auxilio entre las rocas del abundante afluente. Pocas eran las ocasiones en las que su padre la dejaba pasear sola, pero, precisamente, esa era una de ellas.

El caballero, jadeante por la guerra que estaba librando con el agua, no duraría mucho más aferrado a los pedruscos. Aixa fue en su auxilio. Lo ayudó a salir del río como pudo y lo dejó caer en la tierra, apoyándose ella también en el suelo, cansada por el esfuerzo.

El hombre escupió agua, respirando aún con dificultad. Ella suspiró de alivio; estaba vivo, y parecía estar bien.

 Pero Aixa nunca se hubiese imaginado cómo afectaría la llegada de ese guerrero a su vida. Nunca hubiese previsto que, cuando él la mirara por primera vez, ella se quedaría prendada de sus ojos verde mar.

Rodrigo tampoco había pensado que se enamoraría de alguien con quien, se suponía, debía llevarse mal. Pero ella, su piel morena, sus ojos oscuros y su cabello negro, lo cautivaron sin remedio.

Aixa era el enemigo. Rodrigo también lo era para ella. ¿Qué iban a hacer entonces?

Los cristianos avanzaban rápido conquistando las Alpujarras, Rodrigo era uno de los mejores espadachines del Rey Cristiano. Él y su ejército habían entrado al valle guerreando por la montaña. Los aldeanos de piel morena que allí vivían, no se lo habían puesto nada fácil y había caído por el río después de una funesta batalla.

Pero él ya no quería pelear, quería quedarse con Aixa para el resto de su vida. El padre de ella no lo permitiría, y el Rey de él tampoco.

Después de mantenerse escondido entre las cuevas de la sierra, llegaron a Rodrigo noticias de su batallón, que se acercaba hacia aquellas tierras. Los aldeanos del valle Dalyat estaban asustados. No podría ocultarse mucho más tiempo entre las sombras, Aixa estaría en peligro en poco tiempo y él debía hacer algo por ella.

Las flechas llovieron aquella noche, asaltando a toda la población. Pero Rodrigo conocía todos sus movimientos, sabía cómo actuaban los suyos. Alertó a Aixa de los caminos que su pueblo debía coger a través de la montaña, salvando así a todos los pueblerinos.

Aixa, a cambio de ese bien común que había logrado, pidió a su padre la libertad de elección; había decidido quedarse con Rodrigo, pese a saber que su gente jamás lo aceptaría.

El padre rechazó la propuesta de su hija y ella y Rodrigo escaparon a lomos de un caballo, perdiéndose en la inmensidad del bosque».

 

 

No tenía ganas de café a las seis de la tarde. Había estado ocupado todo el mediodía en el hotel, y con el bufet libre me había puesto las botas. Además, allí la gente no tomaba capuchinos después de las doce de la mañana, y yo, que quería integrarme completamente con la cultura, no iba a ser menos.

¿Qué hice? Pues después del fracaso de la Madonna, decidí hacer turismo por la calle, ya sabéis, cosas gratis pero no menos interesantes. Tenía marcados mil lugares en mi mapa, entre ellos, unos cuantos que se consideraban «Los siete secretos de Bolonia». Había discrepancias con respecto a ellos, así que la chica de información me había marcado un par de ubicaciones más que no sabía si pertenecían a los sette segreti o no.

Ya había visto al diablo de Santo Stefano, las flechas de la batalla medieval, los atributos del Dios Neptuno de Piazza Maggiore, el conjunto de arcos que expandían la voz a través del eco y también al supuesto papa que usurpaba la estatua de San Petronio. Ahora me dirigía a Via della Piella para ver otro de los secretos, al parecer, el más espectacular: la finestra di Venezia. Se trataba de una pequeña ventanita por la que, si te asomabas, podías contemplar la bella Venecia.

A mí me había sonado todo a cuento chino, pero cuando llegué al pequeño cuadrado perforado en la pared, me quedé maravillado: era cierto, aquello era como ver la ciudad de las góndolas. Parecía una pintura: el canal de agua cruzaba en medio de los edificios. Al fondo, el cielo azul celeste componía figuras con las nubes de algodón. Y para terminar, un puente se adosaba a la postal.

Abrí los ojos de par en par: allí, sobre el puente, estaba él, el escritor, hablando con una chica animadamente. Los dos sonreían mientras sus labios se movían como en una escena muda.

Imaginaba que estaría buscando el libro como loco, debía decirle que yo lo tenía. Lo único malo era que no sabía cómo se llegaba hasta el otro lado del canal.

 

 

«Las mellizas Rose y Mary vivían felices en su condado. Eran unas niñas muy traviesas y siempre escapaban de las órdenes de su institutriz.

Un buen día, como otro cualquiera, escondidas en su pequeña granja, encontraron un pequeño conejo de orejas negras y lomo blanco. Se lo llevaron a casa. Su madre puso el grito en el cielo, y la institutriz se llevó grandes represalias por su pequeña escapadita matutina.

Las niñas no eran conscientes de la magnitud de su obra. Esa pobre mujer podría quedarse sin trabajo si a su madre así se le antojaba.

De esta manera, para que las niñas estuviesen contentas y ella misma pudiese dar sus clases, decidió llevarlas, por la mañana temprano, al aire libre para que corretearan por el campo hasta que se hartaran. Bunny, que así habían llamado al pequeño conejo, se les escapó de entre las manos. Las tres salieron corriendo detrás de él, alejándose de los terrenos de la familia Smith.

Mary cayó al suelo, hiriéndose en una rodilla, mientras que Rose se perdía intentando alcanzar a su pequeño conejo. Emma, la institutriz, la llamó a voz en grito, pero la niña no le hizo caso. Cogió a Mary en brazos, que no paraba de llorar, y fue detrás de la otra pequeña.

Rose se había dirigido hacia el pequeño embarcadero de la ciudad, ¿cómo iba a encontrarla allí en medio de toda esa gente?

Emma se inquietó pensando en la niña, y encima Mary no paraba de llorar entre sus brazos. La señora la despediría, de eso estaba segura, después de aquello no lograría conseguir ni una carta más de recomendación. Aunque para ella eso era lo de menos, se preocupaba por esas niñas de verdad. Eran traviesas, pero al fin y al cabo tenían buen corazón y no sabían lo que hacían.

En una de sus múltiples ojeadas por los botes flotantes, vio algo que la dejó petrificada: el conejo se encontraba sentado sobre un tonel de vino de uno de los barcos. Eso no hubiese sido un problema si el barco no estuviese partiendo en ese mismo instante mar adentro. ¡La niña! ¡La niña se había subido al barco o se había caído al agua en el intento!

«Rose», murmuró al borde del llanto, bajo la mirada inocente de Mary, que no podía entender por qué su maestra estaba llorando.

Emma cayó de rodillas sobre el pequeño puente enmaderado del muelle, agachando la cabeza amargamente. Unas grandes botas se posaron delante de sus ojos y no pudo hacer otra cosa que levantar la vista hacia el dueño: un señor ataviado con una levita negra y un sombrero de bombín la estaba contemplando desde las alturas. Pero no solo eso, Rose se hallaba entre sus brazos, abrazada a él mientras moqueaba llorosa.

Emma se levantó en el acto, echándole los brazos a la niña, que no dudó en derramar lágrimas sobre su pecho mientras le decía que se había perdido y había estado muy asustada.

El honorable caballero explicó a Emma que había visto a la pobre criatura persiguiendo al conejo hasta dentro del barco; pues él mismo era uno de los pasajeros. En cuanto había descubierto que los padres de la pequeña no se encontraban a bordo, no había dudado ni dos segundos en dejar escapar su billete de ida; primero quería dejar a la pobre niña sana y salva con su familia.

El señor Standford no volvió a interesarse más por ese viaje perdido. De hecho, con el paso de los meses, se alegró de que la pequeña Rose hubiese montado en aquel barco erróneamente. Su esposa Emma le había reportado más alegrías que cualquier paisaje de las Américas».

 

 

Cuando llegué al otro lado del canal y contemplé que desde ese puente se podía ver la pequeña ventana por la que yo había estado minutos antes. Comprobé que no me había equivocado de lugar, pero el escritor y la chica no estaban por ningún lado.

Fui a la cafetería de Zamboni, quizás allí pudiesen informarme mejor sobre el paradero del chico, o mejor aún, devolverle el libro en mi nombre. Mi tren saldría al día siguiente por la tarde y aún tenía varias cosas que arreglar antes de mi marcha, y sobre todo, no sabía si volvería a pasar por allí o no.

—No, no, no —negó el camarero—. A nosotros no nos dejes nada que tenga que ver con esa máquina y ese hombre. Eso —señaló el libro de mala manera— está maldito, o algo le pasa. Todo el que lo toca se vuelve loco y yo no quiero acabar así.

Deduje que no volvería a ser bien recibido allí si me seguía interesando por el pesado tomo que sostenía entre las manos. Ahora me preguntaba cómo habían dejado al escritor estar allí dos meses seguidos, supongo que preferían no meterse con los locos y yo aún no había llegado a ese estado.

 

Paseé por los Giardini Margherita; había muchos jóvenes tirados sobre el césped, otras tantas personas paseaban en bici y una minoría corría con su perro. Resolví lanzarme yo también al césped, quedaban pocas horas de sol y estaba bastante cansado por la caminata que me estaba dando.

El libro azul me reclamó desde mi mochila. Lo saqué y comencé a hojearlo. Todo estaba escrito de la misma manera, con una letra idéntica. Supongo que obra de esa máquina «poseída» que el escritor trasladaba consigo de un lugar a otro. El libro no tenía pinta de diario, se dividía en una especie de capítulos, pero ninguno parecía tener relación con el anterior. Me dio mucha curiosidad, y comencé a leerlo por el principio. Ya que tendría que hacerme cargo de él hasta que encontrase a su dueño, intentaría descifrar el misterio que encerraba dentro. No me creía eso de que estuviese maldito, o al menos, eso esperaba.

 

 

«Kerstin tenía doce años cuando sus padres la llevaron desde su cómoda casa alemana a la espesa selva de la India. No se había imaginado para nada que el país asiático pudiese ser así. Tenía pocas noticias de la vida de los hindúes de la ciudad, pero mucho menos de los que vivían en casitas de madera en plena naturaleza. A sus padres les encantaba viajar. Se habían recorrido medio mundo mucho antes de que ella naciera, y esa era la primera vez que viajaban los tres juntos.

El lugar era bonito, claro que sí, pero Kerstin odiaba los bichos, las serpientes y toda la fauna autóctona que la pudiese rodear en aquel lugar. Las camas de dosel de su bungaló estaban bien, su habitación era la más bonita. Pero no podría estar todo el día encerrada. Sus padres ya le habían propuesto que fuese con ellos a dar una vuelta en elefante pero a Kerstin le había dado miedo y se había quedado en casa.

Cogió las llaves de la pequeña cabaña que sus padres habían alquilado y comenzó a caminar por medio del sendero que la mano humana había realizado dentro de ese verdor que daba miedo. Los árboles eran exageradamente altos, como jamás había visto por su ciudad en Alemania. Y no es que Alemania no tuviese verde, pero es que allí la naturaleza parecía estar viva; las ramas respiraban y crecían al son de los rayos de sol que las envolvía.

No sabía cuánto llevaba andado, pero le dio la sensación de que ya estaba lo suficientemente lejos como para volver a casa, esperaba que sus padres no hubiesen llegado aún, probablemente le regañasen por haberse ido sola por ahí. El paseo en elefante no duraba mucho y le habían dicho que pronto estarían de vuelta.

Algo entre las plantas captó su atención a lo lejos.

Desde donde estaba no podía verlo bien, pero el miedo se apoderó de ella.

De repente, unas orejas de gato aparecieron entre las hojas de los arbustos. Solo que, en realidad, no eran las de un gato, sino las de un tigre. Kerstin gritó de miedo. El instinto de supervivencia le dijo que corriera y eso hizo, como nunca antes lo había hecho. Se le ocurrió echar la mirada atrás, y efectivamente, comprobó que el tigre también había salido disparado detrás de ella.

Esquivó todas las plantas que pudo, se arañó con todas las ramas, y finalmente… cayó al suelo tropezando con las raíces de uno de los árboles.

El tigre llegó a ella a una velocidad trepidante. Rota por el miedo, se tapó la cabeza con los brazos, esperando que la fiera se la tragara.

Oyó una especie de rugido. «El tigre», pensó. Pero, cuando no sintió ni garras ni colmillos sobre su piel, se atrevió a quitarse los brazos de la cara. El tigre no estaba, sino un chico moreno de piel y de pelo, con unos intensos ojos azules, que la contemplaba mientras le ofrecía una mano.

¿Estás bien? le preguntó en inglés con un acento que jamás había escuchado.

Kerstin cogió su mano y él la ayudó a levantarse.

Sí, pero el… No pudo decir nada más, pues ahí estaba su mayor temor, sentado sobre sus patas con aire gatuno y amenazador, el tigre.

Se estremeció, e instintivamente se puso detrás del chico, mirando al animal como si fuese a matarla en ese mismo instante.

—Pila no muerde, está domesticado. Pero le gusta jugar y asusta un poco.

¿Un poco? ¡Casi le da un infarto!

Me llamo Garud. Ya conoces a Pila y ese es GreLe señaló a lo lejos con el dedo.

Kerstin alzó la cabeza y vio que Gre no era un tigre como había imaginado, sino un enorme elefante.

Ella también se presentó. Garud la invitó a subir en Gre y comenzó a ver todo aquello con otros ojos, tanto que no sabía cómo no se había atrevido a subir encima de ese maravilloso animal como sus padres le habían sugerido.

Cuando Kerstin volvió a casa después de las vacaciones en la India, no perdió el contacto con Garud; iniciaron una amistad por correspondencia que acabó despuntando en otra cosa, algo más intenso: amor.

Ahora Kerstin vive en la India con Garud, y Pila la acompaña a ella y a Gaura, su hija, cuando deben ir a la aldea donde Gaura va al colegio».

 

 

El día anterior no me había dado cuenta de que la noche me había caído encima hasta que las letras del libro azul habían comenzado a desdibujárseme. Ahora estaba amaneciendo, y ese día no podría perder mucho tiempo leyendo. Tenía mil cosas por hacer: pagar la cuenta del hotel, comprar algo de comida para el viaje, empaquetar todas mis cosas y validar el biglieto antes de que se me olvidara, si me pillaba el revisor, sería mi ruina, y no podía perder más trenes ya (ni más dinero).

Después de cruzarme media ciudad en un alocado viaje en autobús urbano, llegué a la estación de tren. Las palabras «il treno arriva in ritardo» se me clavaron en las sienes.

Otro retraso más. ¡Maldita huelga! En fin, por lo menos no ponía «cancellato».

Me dirigí al Parco della Montagnola, que no estaba muy lejos de la estación de tren, y podría volver en breve sin necesidad de correr. Desenfundé el libro de la tela donde lo había envuelto; era tan viejo que, por si acaso esa maldición existía, no quería romperlo. De todo lo que había leído, no se me ocurría otra cosa que pensar que lo siniestro de poseer tal ejemplar residía en sus historias de amor: quizás quien lo rompiese no encontrase pareja jamás, o algo así.

No había fecha alguna en ninguna de las historias y no alcanzaba a entender muy bien el relato de Lorenzo y Catalina, aunque era bonito. La historia de Aixa y Rodrigo casi me había hecho llorar. La historia de las mellizas inglesas y su maestra me había enternecido. La chica francesa y el caballero me habían llamado sumamente la atención, y la chica alemana a la que por poco se la traga un tigre, reírme desesperadamente.

Había cientos de historias, cada una ambientada en un momento diferente con un escenario distinto. Me hacía pensar que el libro había pasado por muchas manos, y que su autor había estado recopilando todas esas historietas a modo de cuento en todos esos sitios que se narraban. No había llegado al final, pero estaba deseando alcanzar las páginas blancas, a ver qué era lo que había incluido en el volumen ese escritor tan extraño, porque eso parecía, que ese libro se estaba haciendo a trozos.

 

 

«Anabela, procedente de la adorable ciudad de Coimbra, había viajado al norte de Italia para iniciar su ruta por la tierra del Antiguo Imperio. Siempre había soñado con ver Pompeya, el Vesubio, Herculano, Capri, Napoles… Pero, como se suele decir, lo mejor se deja para el final, y por eso ella había empezado por arriba; había viajado desde Trento a Milán, y desde allí a la bella Florencia. Nunca había visto tanto arte en un mismo lugar. Se había quedado muy impresionada con la Galería de los Uffizi, la Accademia, donde el David de Miguel Ángel residía, el majestuoso Ponte Vecchio… ¡Todo!

Era por el magnetismo con el que la atraía esa magnífica ciudad, el motivo por el que había decidido retrasar su viaje hacia el sur. ¿Quién le iba a decir a ella que la misma noche que tomó esa decisión, colgaría también un candado, junto a muchos otros, en las famosas cadenas que bordeaban el florentino río Arno?

Gianluca estaba destrozado, Francesca lo había dejado. ¿Por qué? ¿Qué tenía ese Marco mejor que él? Se dirigía al río para intentar quitar ese candado del demonio. El nombre de ella no merecía rezar junto al suyo en esa tradición que toda su familia llevaba a cabo desde hacía tantos años.

Había ido a Florencia solo para eso, no había pisado esa ciudad desde que había estado con ella allí la última vez, colgando el que sería el símbolo de su amor. ¡Paparruchas!

Con los alicates en la mano, comenzó rebuscar entre todos los candados. ¡Había muchos! ¿Dónde podría estar el suyo?

Estaba completamente frustrado cuando una chica castaña, agachada como él, pero sin alicates, alzaba en su mano el objeto de sus delirios; el candado que hacía dos años él había dejado allí con Francesca.

¡Gracias, gracias, gracias! dijo avanzando hacia ella.

La chica se quedó a cuadros, casi había tenido el impulso de salir corriendo al verlo tan acelerado, pero sin embargo, sus brazos se le habían echado encima antes de que se hubiese levantado. El chico le había dado besos por toda la cara, agradeciéndole mil veces que hubiera encontrado su candado, que simplemente había cogido por azar porque tenía un corazón bonito grabado en él. Pero, por muy extraño que pudiese parecer, a ella le hizo gracia aquella avalancha de abrazos y besos. Tanto, que comenzó a hablar con el chico como si se conociesen de toda la vida. El portugués y el italiano no eran el mismo idioma, pero entre unas palabras y otras, los dos consiguieron entenderse.

Ese mismo día, ambos se hicieron la promesa de que, por muy mal que fueran las cosas, volverían allí para recordar su feliz encuentro. Para ella significaba su primer amigo en Italia, y para él, el comienzo de una nueva etapa.

Compraron otro candado, por eso de hacer la gracia, y allí lo dejaron encadenado a otros tantos, con sus iniciales dentro, sin pensar siquiera que, en un futuro no muy lejano, no representaría un simple encuentro casual, sino un amor trazado por el destino».

 

 

Acababa de terminar de leer todos los relatos. En la última parte, donde las hojas ya eran blancas y no amarillas, me había encontrado con un relato a medias. El de una portuguesa, una tal Anabela que había viajado hacia el norte de Italia desde su país natal. Me había enterado de poco más, pues las páginas parecían haber sido arrancadas.

—De modo que tú eres el siguiente —me apeló alguien.

Cuando levanté la vista del libro vi una figura ya conocida para mí, mirándome maliciosamente divertido: ¡el escritor!

—¡Hola! —lo saludé nervioso—. Esto es tuyo, lo sé, lo sé —le dije, enseñándole el libro de tapas azul oscuro—. Lo encontré encima del banco donde te sentaste ayer, en la Madonna di San Luca.

Pensaba que me iba a acusar de robo; si era un tipo lunático, como decían los camareros de la cafetería, pensaría que se lo había quitado sin que él se diese cuenta. Pero no, no me acusó de ladrón, sino que me mostró unos cuantos folios, me cogió el libro de las manos, lo abrió por el final, sacó un pequeño bote de pegamento, y con maestría, insertó las hojas donde empezaban las páginas rotas.

—Deja que se seque un día entero. —Puso el libro en mis manos de nuevo—. Ahora esto te pertenece. —Dejó su bolsa de plástico en el suelo, la abrió y sacó un objeto envuelto en tela marrón.

—No, no, no —dije abriendo los ojos de par en par—. No quiero tener nada que ver con la máquina maldita.

El escritor loco, que ahora parecía más cuerdo que yo, soltó una sonora carcajada.

—No está maldita, hombre. La máquina no tiene más función que recopilar tu futura historia de amor.

—¿Mi… qué?

—Tu historia de amor. Si has leído el libro, verás que se trata de eso, de una recopilación de relatos donde los protagonistas que se conocen acaban juntos—. Asentí sin poder hablar de la impresión—. Bueno, pues ahora te toca a ti. Yo ya había escrito la mía, pero mi sobrinita cogió el libro y arrancó mis páginas, por lo que tuve que volver a reescribirla.

—¿Por eso ibas a la cafetería todos los días? Para recordar lo que habías escrito.

Él afirmó con la cabeza.

—Justo en esa mesa escribí hace dos años lo que mi pequeña sobrina hizo mil pedacitos en dos segundos. Quería concentración, porque había cosas que no recordaba bien, pero como no la encontré, fui a la Madonna di San Luca a ver si me ayudaba su silencio. Justo después, en mi casa, me vino todo de golpe, pero el libro no estaba.

—¿Anabela es tu chica entonces?

Él sonrió, resplandeciente.

—Sí, exacto. Yo me llamo Gianluca y soy el demente de los alicates, como leerás en las páginas que he inserido ahora mismo. Anabela y yo llevamos juntos dos años. Ayer era nuestro aniversario, pero en vez de celebrarlo en Florencia, lo celebramos en Bolonia. Ella está estudiando aquí desde septiembre. No quería que nuestra historia quedara en el olvido así que…

—¿Y todos los autores habéis escrito todo este libro con esa máquina destartalada? —inquirí, muy sorprendido.

Él soltó una risita.

—No se escribe tan mal con ella, de verdad. Y no, algunas de las historias originalmente estaban en hojas sueltas. Al parecer, el libro, o los manuscritos en ese entonces, encontraban a la persona que debía leerlos. Emma, la institutriz de las mellizas, decidió plasmarlo todo en un único tomo, dejando espacio suficiente para albergar mil relatos más. Este fue pasando de mano en mano, junto con la máquina. Llegan a ti sin que tú lo quieras, como ahora los has encontrado tú.

Levanté una ceja, incrédulo.

—¿Me estás diciendo que esto quiere decir que encontraré el amor dentro de poco?

—La leyenda cuenta que sí, y a mí me pasó. Mi abuela tenía la máquina metida en su baúl, desde que la heredó de su tía Marta. Ella nunca le había prestado atención a todo este embrollo, y yo no sabía nada de las historias de amor. Pero, en cuanto me enteré de que mi novia Francesca se había ido con mi peor enemigo, Marco, me encerré en el sótano de casa, a llorar —hizo una mueca de disgusto—, y allí la encontré entre sus trastos abandonados, junto con el libro. El destino la tenía ahí para mí, como tú encontraste el libro que yo olvidé ayer en el asiento del banco. Las dos cosas van juntas desde que Emma escribió la primera línea. Así que toma. —Me dejó caer entre los brazos el pesado armatoste.

—Espera, quizás no sea para mí. Ni siquiera he entendido el relato de Lorenzo y Catalina, ¿por qué iba el destino a dejarme a mí con el libro del amor?

—¡Libro del amor! ¡Qué bonito! Yo lo llamaba Cupido, por todo lo que representa, pero tú quizás tengas más maña de escritor que yo. El relato de Catalina y Lorenzo se refiere al Sol y la Luna, al principio de toda la magia de los enamorados. Ni idea de por qué el autor los personificó con esos nombres, probablemente se sentiría identificado con el sol y él se llamase Lorenzo y su amada Catalina.

—Oye, Gianluca, de verdad, yo no valgo para estas cosas. No quiero nada de esto —le dije desesperado, suplicándole con los ojos que cogiera la máquina y se la llevara.

—De eso nada amigo, es tuya. Y si no es para ti, seguramente tú se la darás a la persona adecuada.

Y allí me dejó, solo, con el libro y la pesada máquina.

Miré el reloj, ¡la hora de coger el tren si no quería perderlo de nuevo!

 

 

«Pablo debía de haber llegado a Roma hacía dos días. Pero, por fortuna para él, había coincidido con una huelga de trenes en Bolonia. El retraso solo sería de dos días, pero sería tiempo suficiente para reencontrarse con su destino.

Encontró a un escritor, algo alocado, llamado Gianluca. Este había perdido su gran tesoro: un libro al que había llamado Cupido. Pablo hizo todo lo que pudo por devolverle a «Cupido» a su legítimo dueño, pero se dio cuenta de que no hacía falta, que el libro lo había buscado a él, y no había sido una vana casualidad. Así que, con él se quedó, llevándoselo consigo a su destino.

La entrevista que debía haber hecho hacía dos días, ya no tenía validez alguna. El trabajo le había sido entregado a otro. Así que, en medio de la gran ciudad romana, se dijo que no pasaba nada; que ya tendría otra oportunidad de enmendar su error. No obstante, y con la fortuna que había tenido hasta el momento, decidió ir a la Fontana di Trevi, quizás lanzando una monedita… podría tener algo de suerte. Cerró los ojos, contó hasta tres y lanzó la moneda hacia atrás, de espalda a la fuente. Afortunadamente, la moneda no cayó dentro de ella, sino en el mismísimo centro del helado de la chica que había a su lado. Sin duda, no fue la forma más ortodoxa de conocer a Giulia, pero así fue y así lo contó en las páginas que añadió al «Libro del Amor».

Así pues, Pablo el incrédulo, pasó a la historia de los embrujados enamorados».

 

 

Blog: destellosliterarioss.blogspot.com.es

 Página de facebook: https://www.facebook.com/Emma-MaesEmma-Maldonado-310147912521626/

 Twitter:  @EmmaMaldonado99

 Instagram: @emmamaldo

 (234)    (3)    0

Su comentario ha sido enviado con éxito. Gracias por comentario!
Deja un comentario
Captcha
Comentarios de Facebook