Relatos 2020: Dominique Elfman con "Nadie"

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  Relatos 2020

“NADIE”

por Dominique Elfman

Versión ampliada de un microrrelato del mismo nombre publicado en agosto de 2015 por Ediciones de Letras

 

Era innegable, las interferencias magnéticas existían desde hacía tiempo. Sus mentes se habían librado de la voluntaria ceguera que les impedía verlo muy poco a poco, a un ritmo parsimonioso, típico de las mentes teóricas, habitual en el mundo intelectual, normal en el método científico.

 

Tantas y tantas generaciones antes que ellos lo habían ignorado, negado o despreciado, que la dificultad técnica de capturar y analizar el fenómeno físico había sido menor que la de romper una tradición y desdecir a sus predecesores. La comodidad, la costumbre, la incredulidad… habían dominado sobre la responsabilidad y la curiosidad. Pero una vez hecho todo eso y superada la ignorancia, la necesidad de acción era acuciante. Una vez aceptada la evidencia, la búsqueda de su origen era urgente.

 

Cuanto menos de eso, su origen. El método por el que se generaban las radiaciones electromagnéticas -si había uno voluntario-, la causa -si existía alguna-, o la intención -si es que cabía-, podrían ser averiguaciones más complejas y provocar investigaciones más largas aún. Pero si el origen estaba en aquellas alturas, en aquel entorno de bajísimas temperaturas, escasísima presión, lleno de gases y con tantísima inestabilidad, había que saberlo cuanto antes.

 

Si su origen estaba en una entidad inteligente o una sociedad, en aquel hábitat imposible, había mucho que replantearse. ¿Cómo se podía sobrevivir allí? ¿Desde cuándo estaban allí arriba? ¿Qué influencia podían tener sobre ellos? ¿Eran un peligro? ¿Qué otras sorpresas les daría el universo a partir de ese momento?

 

Pero ya se sabe cómo es la sociedad y la burocracia, sobre todo cuando se trata de hacer algo que se ha prohibido antes ya mil veces. Ya se sabe la cantidad de permisos que hay pedir, explicaciones que dar, exigencias que acatar. Así que la idea tardó en materializarse.

 

La condición más estricta: que la investigación de campo la tendría que llevar a cabo un solo individuo, sin más restricciones en cuanto a su elección que las que dictara la imperiosa necesidad de lograr el objetivo. Un individuo solo, que abarcase todo poder total de decisión, que no delegase en nadie ningún aspecto de la tarea, que no desatendiese ningún dato, ninguna sensación, y sacara por tanto la conclusión más completa, más válida.

 

La selección sería difícil, porque ¿qué cualidades se necesitan para llevar a cabo una tarea nunca antes realizada, jamás imaginada? Un individuo capaz intelectual y físicamente, informado y formado en profundidad en la búsqueda a realizar, sus orígenes, su relevancia, el método… y también bien adoctrinado en comunicar el resultado de forma inmediata al resto de la comunidad. Un individuo capaz de soportar no sólo el peso de tan mayúscula responsabilidad y el peligro de un medioambiente hostil, sino el impacto de los resultados de la propia investigación.

 

Toda una historia solos, o al menos incomunicados de otras inteligencias, no era la mejor preparación para lo que podría encontrarse allí arriba. Ni siquiera toda la comunidad científica compartiendo su información como una mente única podía predecir lo que podría encontrarse: ni el tipo, ni el número, ni la intención, ni el talante… de esos seres que habían sido invisibles durante tanto tiempo.

 

O peor aún: ¿y si las supuestas interferencias no fueran tal cosa, sino el resultado aleatorio de algún fenómeno exterior? ¿Y si no fueran actuales, sino un eco de algo ocurrido en la noche de los tiempos? La expectación social ya era máxima, tanto en aquéllos que consideraban que cualquier hallazgo sería algo hostil y peligroso que combatir, algo contra lo que hacer frente único, algo con lo que dinamizar la vieja y lenta sociedad… como en los que anhelaban encontrar en ello nuevas y mejores respuestas a las viejas preguntas, nuevas preguntas a las que buscar respuestas, satisfacción a las más altas aspiraciones… y salir así de la monotonía y la rutina. Traer evidencias de la ausencia de lo uno o de lo otro tampoco sería tarea fácil de manejar.

 

El proceso de selección fue efectivamente muy largo. Sólo se acortó en cierta forma por la corriente de pensamiento que abogaba por incluir, entre los criterios con los que se juzgaba a los candidatos, la cualidad de representar dignamente a la especie y a la mayoría de sus congéneres. Se encontrase con quien se encontrase, en el explorador se debía reflejar la imagen de su sociedad tal como era. No valía un elemento discordante, una excepción, un bicho raro. Y así fue sintiendo que el cerco se estrechaba en torno a sí. Miembro conocido de la sociedad, correcta, integrada, familiar, formada, informada, interesada en la búsqueda: tenía que ser ella.

 

Se pasó meses escabulléndose, tanto interiormente, distrayendo su mente en otros aspectos de las novedades cotidianas, como metafóricamente en su comportamiento, sin brusquedad, fluyendo con suavidad hacia donde nada ni nadie le recordase su intuición: tenía que ser ella.

 

Cuando se lo comunicaron, lo que más le sorprendió fue haber vuelto a tener una intuición acertada. Más que el hecho de su elección, con el que hasta ella misma compartía criterios y conclusión, sino haber estado segura todo aquel tiempo. Pensó que seguramente aquella capacidad era parte de la lista de razones por las que finalmente tan importante tarea recaía en ella. Ahora ya no podía escabullirse, ahora ya no tenía motivo.

 

La preparación fue larga, la procesión de exposiciones teóricas y prácticas de los más detallistas fue interminable; la revisión de cómo se debía afrontar cada paso de la búsqueda, exhaustiva; la mecanización de cuál debía ser el proceso de comunicación de cada novedad, agotadora; la lista de diferentes reacciones que se podrían dar en el buscador y el análisis de su impacto, inacabable. En aquella sociedad el concepto del tiempo, los plazos, las fechas… era peculiar, pero incluso así el inmenso retraso parecía cobarde, insultante, vergonzoso.

 

Llegó un punto en que la sociedad entera, rechazando al unísono que tanto esfuerzo de preparación pudiera haberse hecho vano, entró en resonancia, sus vibraciones crearon reacción en cadena, elevando súbitamente la temperatura del debate y de los ánimos y provocando que la aventura de la búsqueda comenzara de improviso, sin más posibilidad física de esperar. Y, sorprendida a pesar de tanto esperarlo, un segundo antes de aparecer en el “punto 0”, de sentir la baja presión, el frío y la fragilidad de allá arriba, ella se sentía más sola y llena de ansiedad que nunca en toda su existencia.

 

Pero al menos la rutina adquirida en el entrenamiento surgió sola, como una cálida manta bajo la que esconderse. La rutina ordenó sus acciones, de ejecución casi automática, independientes de sus posibles caminos mentales, haciéndole inmune de momento al entorno. Fluía, en su tarea, casi insensible, anestesiada, mientras acallaba sus dudas. “¿Me percibirán? ¿Estarán ahí? ¿Darán conmigo antes que yo con ellos? ¿Cómo serán? ¿Qué querrán? ¿Qué me harán?” eran preguntas que sonaban cada vez más débiles en su interior, aplacadas por su aplicación sistemática de las instrucciones, superadas por su intento de mantener la mente en blanco mientras cumplía su misión eficiente, concienzuda, implacablemente.

 

Aumentando poco a poco el radio de su búsqueda, marcando mentalmente las zonas ya exploradas y compartiendo el resultado con el código y la frecuencia acordada, la tensión y la incertidumbre primero fueron, momento a momento, aumentando, atenazando, abrasando. Evitando sacar conclusiones, el radio aumentaba y aumentaba mecánicamente, ortopédicamente, sin acelerones, sin frenazos, sin quejas.

 

Pero ese radio que crecía y crecía era el de una búsqueda infructuosa, y así lo iba compartiendo con la comunidad, y en un determinado momento la tensión descendió lo suficiente como para empezar a prestar atención a las certezas: el entorno era realmente extraño, duro, hostil hasta el extremo. La misión era realizar la búsqueda… y volver. Más de la mitad de la extensión a explorar estaba ya cubierta sin hallazgos. La probabilidad de que el número de seres capaces de generar las interferencias fuera tan reducido era muy baja. La de que fueran muchos más pero que estuvieran concentrados en un punto, más baja aún. Pero la de perecer en el intento de una búsqueda tan concienzuda, empezaba a crecer preocupantemente.

 

Aceleró, aumentó el ritmo, redujo las comprobaciones haciendo que su paso fuera, más que fluido, etéreo y vaporoso, más bien humo.

 

Así, atrevida, imprudente y con la urgencia de quien busca su salvación al final del camino, recorrió rauda hasta el último rincón, entró hasta en el más pequeño recoveco, subió a la más gélida cumbre, descendió al más profundo valle…pero nada.

 

Y acabó. Aliviada, bajó de nuevo silenciosa y lentamente. Dejó enfriar sus tentáculos, dejó solidificar sus lenguas. Liberada de la tenaza de la angustia, se comunicó por última vez antes de acabar el camino de vuelta a casa. Saltándose códigos y protocolos, sentenció: “No sé si hemos llegado tarde o si nunca hubo otra inteligencia allí; pero no, no hay nada, no hay nadie”.

 

            La interferencia intermitente nunca más se detectó. Como si hubiera sido un fantasma, nunca más volvió. Como si hubiera sido fruto de la consciencia de su conformidad y la arriesgada ceguera en la que se había sumido aquella sociedad, desapareció tras la búsqueda. Como si hubiera sido un aviso generado allí mismo para provocar aquel cambio, aquella revolución, se esfumó tras cumplir su cometido.

 

Lo cierto fue que tras revisar hasta el último guijarro de la superficie del planeta, Lava, la exploradora, volvió a Nife, el caliente, cerrado, oscilante, magnéticamente musical hogar de la, ahora sí, única inteligencia presente en la humeante Tierra.

 

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