Relatos 2020: Dioni Arroyo con "Escuchando el parte de guerra desde la trinchera"

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  Relatos 2020

ESCUCHANDO EL PARTE DE GUERRA DESDE LA TRINCHERA

Dioni Arroyo

 

“Hoy tampoco va a amanecer”, escucho a mis espaldas a uno de mis compañeros, otro desgraciado con el que me va a tocar pasar las próximas veinticuatro horas en la pecera, como llamamos a la cabina que comparte el control de los dos módulos. Le respondo que no he pegado ojo en toda la puñetera noche, a lo que resoplan los demás con paciencia. Un cielo plomizo amenaza tormenta, se mastica la humedad en la boca y el calor húmedo se palpa en la fina pátina de sudor que recorre nuestra frente.

         Camino pisando charcos de cloro mientras mis fosas nasales aspiran el aturdidor olor a lejía y a desinfectante de alta graduación. Me lavo las manos en el hidroalcohol que me está dejando los dedos sin sensibilidad y sin huellas dactilares, y me recoloco la mascarilla que no deja de agobiarme.

        Los internos bajan por las escaleras con el ritmo pausado, con una mirada que recuerda, echándole imaginación, a la servidumbre medieval cuando se enfrentaba a la nobleza, con los rostros cabizbajos sabiendo que será otro día aciago e interminable sin actividades tratamentales, sin escuela, sin sociocultural, sin polideportivo, sin voluntarios que vengan a verlos, sin vises, sin visitas de estrafalarios religiosos de exóticas religiones, sin comunicaciones intermodulares; recibiendo una medicación psiquiátrica racionada con la que mercadean y trapichean hasta la saciedad para mantenerse al otro lado de la trinchera, en la realidad paralela que han construido y donde nosotros no existimos, donde no existe ni este país, ni su privación de libertad, ni su historia personal desde el maldito día en el que ingresaron. Parece mentira, pero extraño el habitual tumulto de voces amontonadas.

        Hay un interno con el que me llevo muy bien y con el que acostumbro a hablar durante horas sobre la vida, siempre en actitud reflexiva y tranquila. Pertenece al grupo de los desarraigados totales, de los que fueron cazados en el aeropuerto con el estómago a reventar de bolas de coca, y se notaba a la legua que tuvo que transportarlas bajo amenaza de muerte, pero, como él me confiesa, y a pesar de carecer de antecedentes penales, le tocó aguantar a un juez que, “descarado que era de Vox”, y le cayeron casi dos lustros de condena. Con su frente horadada de arrugas, se lamenta en que solo conoce de nuestro país un aeropuerto, un juzgado y una prisión, lo más “representativo de una sociedad”.  Me pregunta con confianza, “¿es verdad que afuera está todo muy jodido y que, si pillas el bicho, pierdes los pulmones?” Sin pensarlo y sin saber por qué le doy esa respuesta, le explico que en la calle la situación es mucho peor de lo que dicen los telediarios, que hay más contagiados que no se cuentan, y más muertos que no aparecen en el censo, y que si “pillas el bicho”, te pasas diez días como si sufrieras una gripe que siempre va a más, para acabar con problemas respiratorios graves, necesitar oxígeno y acabar con los pulmones destrozados o luciendo una bella sonrisa en un ataúd.

        No le hablo  desde la trinchera, me encuentro en el patio, pero discretamente nos hemos distanciado dos metros.

       Entro en el comedor y los internos me escrutan con desconfianza, diciéndome con sus ojos encendidos que yo sobro en aquel lugar, que el virus viene de la calle, de donde acabo de estar, y que somos nosotros los que cargamos con él, que les traemos la muerte. A pesar de llevar guantes y mascarilla, se respira el miedo a algo que no conocen y que no controlan, a algo de lo que no se deja de hablar por la radio, algo diminuto e invisible capaz de cargarse la economía del planeta. Los internos viven otra realidad, otro mundo alejado del mío, y solo a través de la televisión conocen lo que padecemos cada día, el confinamiento y el pánico al contagio, el distanciamiento social y la soledad del hogar, en ocasiones, en pisos que ni siquiera llegan a los sesenta metros cuadrados para familias de muchos miembros.

        Son las doce, me llama mi compañero y entro, para alivio de los internos, en nuestra protectora pecera. Según avanzo, disparan con descaro el aerosol de cloro por mis pasos, rociamos la pantalla del ordenador y las llaves, el walkie-talkie y nos lavamos las manos con más hidroalcohol. Son las doce, y por la tele aparece nuestro ministro de sanidad rodeado de emperifollados militares, guardias civiles y polis con mirada ausente, en un escenario castrense y trasnochado. Es el momento más triste. Nuestro ministro, con su voz melancólica, va desgranando el parte de guerra diario y habitual, la subida de contagiados, el censo actualizado de los muertos, y la buena noticia: las altas médicas en la UCI, que, aunque es la parte positiva, con su ritmo cadencioso y melodramático, pasa desapercibido. Mi compañero interrumpe la rueda de prensa para recordarnos los más de cuarenta funcionarios del talego en cuarentena o infectados, y lo que se rumorea, que a uno le ha fallado el hígado por el corona y seguramente no vuelva al trabajo nunca. “La cosa está jodida y la culpa de todo la tiene el gobierno”, escucho la arenga a otro compañero que sigue sosteniendo el aerosol mientras no cesa en su empeño de rociarlo todo, de expandir ese olor que nos quema por dentro. Escucho en sordina las palabras sentenciadoras de otro, interrogándose si esta no será la vida que nos merecemos.

      Abro la ventana y el calor húmedo y asfixiante, propio del ambiente estival mesetario, me fuerza a estornudar, lo que crea un impacto muy negativo en los demás. A pesar de llevar mascarilla, podría suponer la incubación del bicho, o de una gripe común o de una alergia típica de la primavera, pero las explicaciones sobran y el silencio por respuesta comienza a imperar. Hace tiempo que se nos agotaron las ganas de conversar y además, tengo la boca reseca.

        Lo importante para mí, es que el interno con el que hablo a diario, que por cierto, es uno de los kies que controla el módulo, me haya asegurado con discreción que hoy no habrá peleas, que los chicos ya saben a lo que se enfrentan, que no hay más pastillas de las ya repartidas y que no entrará nada del exterior, por lo que les está presionando para la resignación, un término y una actitud que adquiere un halo de misticismo en la dura vida que les ha tocado vivir. Resignación para apaciguar los ánimos, para no perder los estribos, para mantener la tensa calma que se respira día a día desde que se decretó el Estado de Alarma.

         Los internos empiezan a ser conscientes de la situación –no les queda más remedio- a su manera, sabiendo que tienen que colaborar de alguna forma, y reducir la violencia es lo que más agradecemos, y no porque uno ya no tenga años para restregarse como un perro por el cortante suelo de hormigón, sino porque, dadas las circunstancias, vivimos en actitud de duelo permanente, y no podemos permitir que nada perturbe esa sensación. A la mínima irán a engrosar la larga lista de los “articulados en aislamiento”; en un módulo que en estos momentos supone una aglomeración humana por el inevitable hacinamiento, obligados a convivir, cualquier atisbo de violencia puede ser la mecha que encienda la llama de un motín o de un plante, y de sobra saben que cuanto menos contacto físico tengan con nosotros, cuanto menos intervengamos, mejor para su salud y para reducir las posibilidades de contagio, algo que sería letal, dado el estado físico de muchos de ellos: toxicómanos con ojos hundidos y acostumbrados a sobrevivir con toda una colección de enfermedades de colorida índole.

        Comienza la tormenta y la lluvia empaña los cristales por los que se deforma la realidad del patio. Los internos corren despavoridos hasta el soportal del taller ocupacional, y desde mi trinchera intento extraer conclusiones etnográficas, los grupos que se forman por nacionalidades, etnias y religiones, el comportamiento de los kies y el liderazgo de cada clan, así como los roles que desempeñan. Me detengo a observar a los más curiosos, los que deciden, al margen del resto, correr por el centro del patio bajo la lluvia, tras un balón que se pinchó el día que lo estrenaron. Me dedicaré, como el antropólogo obsesionado que soy, a estudiar la conducta de los diferentes grupos y su evolución a lo largo de la jornada.

        Echo de menos un café y mi estómago rabia de hambre. Miro el reloj y suspiro. Aún me restan más de veinte horas de trabajo y la rutina, como la lejía, va a poder conmigo.

 

Dioni Arroyo Merino

Facebook: dioniarroyomerino.escritor

Twitter: @DioniArroyoM

Instagram: dioniarroyoescritor

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