Relatos 2020: Dioni Arroyo con "Berenice, Berenice"

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  Relatos 2020

BERENICE, BERENICE

DIONI ARROYO

 

 

 

 

 

         En homenaje a Edgar Allan Poe, cuyos relatos me enseñaron a soñar y a vivir un sueño dentro de otro sueño.

 

  

Llevaba meses sin sufrir esas trágicas pesadillas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Siempre es el mismo sueño, despertarme envuelto en sudor en el interior de un ataúd, bajo tierra, sepultado vivo por culpa de mi mal tratada catalepsia. Afortunadamente, la lámpara de parafina me devolvió la luz y las esperanzas: seguía en el mundo de los mortales, podía relajarme y descansar ante el largo viaje que me aguardaba.

      Mi buen amigo de infancia Tob Levi, me había escrito un telegrama urgente en términos inquietantes:

       Estoy desolado, no sé si Berenice ha muerto, pero en dos días será enterrada. Por favor, ayúdame”.

        Controlé mi estupor para intentar pensar de forma racional, y tomé la decisión esperada en una situación así. Recogí algunas de mis pertenencias, di órdenes a mis criados, y contraté la mejor carreta de la ciudad para desplazarme hasta aquel país montañoso de Europa Central y así estar con mi amigo acompañándole en aquel terrible suceso. Él llevaba casi un año trabajando allí, desde que conoció a Berenice y establecieron una relación sentimental que todo lo cambió. De escribirme cartas todas las semanas, pasó a una cada dos meses, pero mi actitud fue comprensiva y resignada, se trataba del evidente resultado del amor.

       Tardé dos eternas jornadas en llegar a mi destino. Mi cochero fue raudo y diligente, y tuvo la amabilidad de facilitarme la entrada hasta la residencia donde se velaba el cuerpo de Berenice, la mujer que había arrebatado el corazón de Tob.

       Apenas tuve que buscar entre la muchedumbre congregada, porque le reconocí en el acto, de pie, solo, con el semblante cabizbajo, frente al cuerpo de su amada, una mujer cubierta hasta el cuello con una sábana blanca, postrada sobre una cama. Algunos cirios dignificaban el ambiente, y la siempre presente estrella de David, junto a un menorá de enormes dimensiones, otorgaban a la sala la espiritualidad propia de aquel ignoto país.

       -Marcos, ¡por fin te veo!- La voz rasgada era un reflejo de su rostro, con profundas ojeras que intentaban en vano ocultar sus vidriosos ojos. –Dame tu consuelo, amigo, necesito tu apoyo ahora más que nunca.

       -Tob, no sabes cuanto me duele lo sucedido.- Ambos nos fundimos en un emotivo abrazo y pude sentir cómo contenía las lágrimas. A nuestro alrededor, las personas que parecían ser familiares, rumoreaban observándome, y alejándose de forma discreta.- Tienes que contármelo todo.

       -He hecho algo horrible- su tembloroso tono de voz se convirtió en un permanente susurro, y me vi obligado a aproximarme para poder comprender sus palabras. – Berenice no es la mujer que ahora reposa en paz…es un ser peligroso…es…

      -Pero qué dices, Tob, estás delirando por el dolor, debes recuperar la compostura y no perder los estribos.

      -Tienes que creerme, no dejes que tus ojos te engañen, no es un ser humano…Berenice…si no me crees, ¡mira sus dientes!

       Su rostro demacrado y la vehemencia de sus gestos, llamaron la atención de los familiares, cuyos ademanes de desprecio no pasaron desapercibidos. De repente, franquearon la puerta varios policías, y cuál sería mi asombro cuando se llevaron esposado a Tob sin contemplaciones, y sin que él se resistiese.

      -¡Pero qué hacen! ¿Por qué se lo llevan?

      -Está acusado de asesinar a esa joven.- Las firmes palabras del agente me dejaron atónito.

       Salí detrás de ellos sin dar crédito a lo que ocurría, pero de poco me sirvió, porque le introdujeron en un coche y desaparecieron de mi vista por una amplia avenida. Sintiendo que mi corazón se desbocaba ante la sinrazón de todo aquello, volví a entrar en busca de explicaciones, intentando que alguno de los familiares me lo aclarase, pero solo pude admirar el juvenil y angelical rostro de Berenice. De repente, me vi embargado por su belleza. El cuello de gacela dejaba paso a un rostro de suaves formas, redondeado por la naturaleza para asombrar al ingenuo que se cruzase con ella. La comisura de sus labios dibujando la obra de arte que los dioses habían esculpido para causar mi asombro, y las mejillas sonrosadas todavía despedían vida por todos sus poros. A través de la sábana, pude admirar la geometría perfecta de sus pechos, y mis ojos se dejaron seducir por la hermosura que destilaba en aquellos cabellos lustrosos y negros como el azabache.

        Suspiré para buscar en mi entorno a alguien con quien poder conversar, pero todos parecían evitar mi mirada, y la expresión de sus ojos era de verdadero y feroz rechazo. Salí del velatorio con la mayor de las frustraciones, dolido por la misteriosa muerte de aquella joven, y por el hecho de que mi mejor amigo fuera acusado de asesino. Me dirigí hasta el hotel más próximo para descansar unas horas y planear los siguientes movimientos, habida cuenta de que Tob precisaría de abogado y ayuda económica.

      Y la noche, lejos de amenazar con la peor de las pesadillas, aquietó mi castigada salud soñando con el rostro de Berenice, que abría sus ojos, de un verdor mágico por el que se vislumbraba el paraíso. Ella me hablaba con una voz sensual, sonriendo con cada una de sus palabras, y extendiendo su frágil mano para sentir el cálido roce de su cuerpo. Me desperté en varias ocasiones sintiendo su fragancia, como si se encontrase junto a mí en el lecho, percibiendo su respiración afectada. Volví a cerrar los ojos y el sueño me condujo por un torrente de ardientes aguas para sentir el deseo más vergonzoso y vergonzante por el cuerpo de aquella joven fallecida. ¿Cómo podía tener esos sueños eróticos? Me decepcionaba a mí mismo, trataba de evitarlos, pero…es tan placentero caer en la tentación… incluso en el último momento, cuando los primeros rayos solares aterrizaban en mi rostro a través de la ventana, sentía que mis labios rozaban los suyos, y un hormigueo incontrolable recorría mi estómago.

         El día fue horrible, lo perdí buscando la comisaría donde había sido retenido Tob, y al final, después de varios intentos fracasados, me comunicaron que el juez había decretado su ingreso en prisión sin fianza. Lo peor de todo, que sería en régimen de incomunicación, debido a la gravedad de su crimen. No me lo podía creer, tenía que ser un error, mi amigo no era capaz de un acto tan deplorable, pero los agentes me insistían en que su confesión no dejaba margen de duda, que reconocía los hechos, y las causas, una sarta de incoherencias sobre la supuesta  naturaleza diabólica de Berenice, y que todavía no estaba muerta, que había que extirparle los dientes y quemar su cuerpo…

        Cuando anocheció, solo deseaba volver al hotel para dormir. Reconozco que estaba deseando descansar, y no por sentirme desfallecido o superado por el cariz de los acontecimientos, sino porque un calor abrasador emergía desde mis entrañas hasta mi garganta, el deseo más ardiente de volver a soñar con ella. ¡Cómo es posible que tuviera unos deseos tan miserables sabiendo que el bueno de Tob se pudría en la cárcel!

 

       Apenas reposé mi cabeza en la almohada, un sopor insoportable se adueñó de mi voluntad y me cerró los ojos, al tiempo que abrió los de Berenice en la primera imagen que se me apareció, hablándome con dulzura de amor, de la necesidad de aceptar nuestro destino y vivir unidos bajo el manto de la pasión, de recibir su calor, de abrazar su cuerpo, insistiéndome en que le rescatara de su cautiverio. Sus ojos eran dos refulgentes luceros en la noche, me seducían y cautivaban transportándome al edén, por lo que, en el mismo momento en que amaneció, tomé la decisión más disparatada de mi vida. Y nada ni nadie podría disuadirme de hacerla realidad.

       Ordené a mi cochero que preparase el carromato y portara una serie de herramientas que le dejaron estupefacto, pero no le permití objetar nada en absoluto: debía obedecer y callar la boca. A media mañana partimos rumbo a mi destino maldito, y he de confesar que una parte de mi interior se rebelaba contra semejante determinación, contra la locura que iba a cometer.

       A media tarde por fin se detuvo el cochero en la misma puerta del cementerio. Allí se hallaba el cuerpo de Berenice, y yo estaba convencido que incorrupto, vivo, esperando mi rescate. Pedí al cochero que se alejara, que cenara en la aldea más próxima y que no se preocupase por mí.

        Cuando me quedé solo, salté el insignificante muro de piedra y busqué entre las lápidas a mi amada, a la mujer que reclamaba mi presencia para liberarla. Un viento fresco se había levantado, pero no impediría cumplir mis propósitos. En muy pocos minutos, me encontré en frente de su sepulcro, un humilde rincón adornado por una enorme estrella judía y unos claveles blancos. Saqué el pico y la pala y me dispuse a desenterrar su cuerpo, y os aseguro que escuchaba sus lamentos, los sollozos de Berenice suplicando que me diera prisa. La luna llena iluminaba el entorno con su macilenta y brillante luminosidad espectral, de un azul turquesa que me permitía continuar excavando hasta llegar al ataúd. Resoplé extenuado y sentí que mi corazón se aceleraba como un caballo desbocado, sabiendo que no había vuelta atrás. Por fin, tras mucho excavar y unos golpes certeros, llegué al ataúd y me armé de valor para abrir la tapadera; sentí como un torrente de gélida agua recorrer mi espalda ante la pérdida de cordura de aquel acto sacrílego.

       Os he de confesar que Berenice, mi Berenice, sonreía igual que una niña.

         Me arrodillé ante ella recuperando la respiración, y por fin pude admirar la hermosura de sus ojos verdes y sus labios de un rojo intenso. La inocencia más purificadora que jamás un hombre haya presenciado. Pero aquella paz se extinguió en un instante: de pronto su sonrisa se volvió turbia, y desapareció todo gesto juvenil, algo en su semblante se tornó amenazante. Se incorporó como si flotase con una energía asombrosa, y me caí de espaldas dentro del ataúd, junto a ella, con mis ojos clavados en sus dientes, que me los mostraba con gesto desafiante. Los colmillos afilados, largos como alfileres, parecían más propios de los felinos, de los lobos, más que de un humano. Recordé las palabras de mi amigo Tob y un sentimiento de peligro me obligó a levantarme para huir de aquel pernicioso lugar… pero fui incapaz. Berenice me retuvo con un poder increíble, derribándome con sus poderosas manos que parecían garras en aquel frío lecho mortuorio, y ante mi impotencia, tapó el ataúd. A continuación, escuché cómo removía la tierra que caía demoledoramente sobre mí.

        Solo pude llorar mi desgracia, paralizado por el terror y sin comprender lo que había sucedido. Cerré los ojos y seguí embriagándome del recuerdo de su belleza, dispuesto a disfrutar del placer de mi último sueño.

 

 

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